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sábado, mayo 11

Libros que recorren países, ciudades, manos

Nos cruzamos años después, en una de las calles del centro y, como si fuésemos amigos de toda la vida y no desconocidos que el azar puso en los asientos contiguos de un avión que volaba a Berlín, sonreímos al reconocernos entre el gentío y, durante unos segundos, uno frente al otro, nos miramos, agradecidos de que nuevamente el azar nos hubiera puesto en el mismo camino.
Me gustó tu libro, le dije. Han pasado muchos años y no sé dónde estará ahora. Yo lo dejé apoyado contra el muro, en el East Side River. Gracias, contestó. No volví a Berlín desde entonces, continué. Yo lo hice un par de veces más, por motivos de trabajo. La segunda hace seis meses. ¿Dónde estará? Quién sabe, contestó. Bueno, ¿tienes algún otro libro para mí? No, respondió riendo. No he vuelto a escribir. Qué pena, dije. Prometías. Se encogió de hombros y en la superficie lacustre de sus ojos flotó un destello de tristeza. Está bien, entonces hasta la próxima, concluí. Hasta la próxima.

Durante aquel tiempo, yo soñaba todavía con ganarme la vida como diseñadora y le pedí a mis padres el dinero que necesitaba para pagar la matrícula de un curso sobre confección que se impartía en la Bauhaus de Berlín. Creo que mediaba marzo y estaría en la ciudad hasta primeros de abril. Ocupé uno de los últimos asientos del avión. El de mi derecha estaba libre y no quedaban muchas personas por entrar, así es que pensé que tendría suerte y podría viajar sola. Si no recuerdo mal, fue el último en llegar. Se acercó, dijo hola y se sentó a mi lado. Desprendía un agradable olor a manzanas. Cerró los ojos hasta que el avión hubo despegado. Lo sé porque me sorprendió su silencio. Y lo agradecí porque no soporto a la gente que te obliga a convivir en los lugares comunes de la conversación: el clima, el trabajo o la ciudad a la que viajas.
Cuando el avión alcanzó velocidad y altura suficiente, abrió los ojos, desabrochó la hebilla del cinturón de seguridad y, de una pequeña mochila negra que había colocado en sus pies al sentarse, sacó un libro y un lápiz. Yo decidí escuchar algo de música e intentar, sin éxito, dormir un rato. Al menos pude comprobar, una vez más, que U2 no eran santo de mi devoción, a pesar de la insistencia de mi hermano en que escuchara el que, para él, era el mejor grupo de la historia de la música moderna, pasada, presente y futura. Lo cambié por un disco en directo de Irma Thomas.
La señal acústica y sonora recomendó abrocharse el cinturón de seguridad. Él cerró el libro, encajó las dos piezas metálicas de la hebilla y, cuando yo pensaba que iba a cerrar los ojos hasta que las ruedas del avión tocaran tierra en Berlín, se giró levemente y me dijo ¿te puedo molestar un momento? Claro, contesté. Mira, soy escritor y ésta es mi primera novela. No pretendo ganarme la vida con ello ni creo, por otra parte, que lo merezca. Lo que estoy haciendo es abandonar el libro en las ciudades a las que viajo. No te voy a pedir que lo leas. Hazlo sólo si te apetece. Pero sí me gustaría que lo dejaras en algún lugar de la ciudad, donde tú quieras, para que otros puedan encontrarlo y leerlo o abandonarlo en otra parte. Me ofreció el libro y lo tomé en mis manos. Lo haré encantada, le dije. Gracias, contestó.
El avión aterrizó y él se levantó de inmediato. Yo continuaba con su novela en las manos, aunque no me atrevía a hojearla en su presencia. Adiós, dijo. Adiós. Nos despedimos como si no hubiéramos hablado. O como si estuviéramos seguros de encontrarnos de nuevo en cualquier parte. 

londres.mayo2012. 

domingo, abril 14

Un día cojonudo para destetar hijos de puta


A los azules y, sobre todo, a los blancos.



Tardó horas la marea en borrar la huella que el cuerpo tendido de Dimas dejó en la arena. Y los pasos de todos los que alrededor observamos como, Guillén primero y los de la ambulancia después, intentaron salvarle de una muerte que después se demostró inevitable. Cuando por fin lo hizo, Tadeo y yo, que habíamos estado observando, con la cabeza apoyada en las manos, los hombros en la barandilla y la espalda vencida, como las aguas y la noche se acercaban lentamente, dimos media vuelta sin mediar palabra para regresar a casa, convencidos de que, una vez cubiertos por las olas los restos de lo sucedido, Dimas se marchaba para siempre y podíamos, al fin, descansar. Seis días después, siete desde la muerte de Dimas, nos daríamos cuenta de lo equivocados que estábamos.

Frío. Cinco grados centígrados. Lluvia a ráfagas y nordeste. Pleamar hace quince minutos. Hace un día cojonudo para destetar hijos de puta, ¿eh? gritó Dimas a modo de saludo cuando llegó a la ocho. Jorge, Corvera, Lucho, Javito y Tadeo discutían sobre el caótico sistema defensivo del Sporting, reían chistes, fumaban un pito y hacían estiramientos musculares que hubieran sonrojado a cualquier profesor de gimnasia con un mínimo de decencia. Dimas, rubicundo, compacto, enorme y de perfiles redondeados como una roca de granito en mitad del desierto, una verruga como un botón de alarma en el entrecejo, las manos para abarcar ciudades, el vientre que le anunciaba y la piel de las piernas zambas arrugada en las rodillas, perdida la turgencia después de tantos años de extenderse y volverse a encoger, acompañó la frase hecha con una larga risotada y tres salivazos que, tras describir una parábola perfecta, terminaron su vuelo en las baldosas grises del muro, dos de ellos, y en la camiseta azul del Olympique de Marsella que siempre vestía Lucho, el tercero. Los cinco le miraron, asintieron y esbozaron una sonrisa tímida. Las cosas del Dimas, seguro, pensaron. Dimas se agarró con ambas manos a la barandilla y cuando parecía que se disponía a estirar los gemelos, en lugar de eso se tiró un sonoro pedo, otra risotada y dos salivazos. Después palmeó con la mano derecha la espalda de Tadeo quien, a su lado, miraba al horizonte donde el mar parecía papel de aluminio, pensó, pero no dijo nada. Vete poniendo las porterías y marcando las líneas, Tadeín, que hoy vamos a dar pal pelo a los azules. Lo presiento, bramó Dimas. De uno en uno los demás, azules y blancos, fuimos llegando a la playa.

Tadeo se acercó por la espalda a Jandro, que jugaba de lateral derecho, y al oído le dijo Jandro, que Dimas está tieso. Cagondiós, Tadeo, qué susto me has dao. Qué tieso ni qué ostias. Tadeo, calvo prematuro, ojos tristes, la nariz afilada y certera en captar aromas, de galibo rayando el metro ochenta y cinco si alguna vez en su vida hubiera caminado erguido, los pies desparramados por el suelo, más parecido a un buitre que a un paisano y tímido hasta el punto que nadie entiende, aún hoy, como fue capaz de casarse porque es imposible imaginarlo acercándose a a una chica por primera vez, a no ser el alcohol, claro, que hay algunos a los que el vino transforma, agarró con fuerza el brazo izquierdo de Jandro y le obligó a agacharse junto al cuerpo de Dimas, que ya estaba muerto. Mírale bien, dijo.

Nos quedamos mudos cuando vimos aparecer a Cova en la playa, con esa cara de mal augurio, que ni la reciente viudez había sido capaz de cambiar, y abrazada a la urna negra con detalles dorados donde ya todos sabíamos que estaba el cuerpo de Dimas convertido en cenizas, que parece mentira un cuerpo tan grande en una urna tan pequeña. Samuel se adelantó dos pasos al grupo y salió al encuentro de la mujer. Pero Cova, ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres, Samuel? ¿Cuántos años llevo estando sola en casa los domingos por la mañana? De repente, ahora está conmigo y no sé qué hacer. Sólo puedo sentarme en la cocina, mirar por la ventana, contar los barcos que salen del puerto y echarme a llorar. Así que os lo traigo, para que siga estando con vosotros. Cuando terminéis, me lo llevas a casa. Lo hacemos así, si te parece, cada domingo. Yo lo traigo y después tú me lo devuelves. Samuel, zurdo de pierna y de pensamiento, era el mejor futbolista de cuantos yo he visto jugar en la playa. Con sonrisa de seminarista y caderas de trilero que volvían cuando tú aún no habías ido, regateaba a cualquiera, imagínate a nosotros. Qué hubiera sido de ti, Sam, si te hubiera gustado bailar, le decía a veces Corvera, o tiés que follar como un rey, contenta tié que estar María, si el que hablaba era Dimas. Playu de nacimiento y de convicción, como Dimas, no había derramado por él una lágrima, aunque bien sabíamos que, de todos, era el que más le echaba de menos. Cogió la urna con ambas manos, con un cuidado excesivo para que no se le escapara, besó en la frente a Cova y musitó, de acuerdo, como tú quieras. Se dio media vuelta y, temeroso de perder pie, nos enfrentó con la mirada un segundo, se encogió de hombros al ver que todos le estábamos mirando, agachó la cabeza, se dirigió a la portería de los blancos y, una vez allí, como quien viste un santo, colocó a Dimas, a lo que quedó de Dimas, al lado del poste derecho.
Cuando Cova se hubo alejado lo suficiente, Corvera, que allá por los cincuenta se quedó en el metro sesenta, el pelo negro, espeso y vedijoso, los ojos pequeños y verdes, siempre listos para la furia o para la carcajada y las manos inquietas, se acercó a Samuel y le gritó, pero, ¿qué cojones haces, Sam? El primer balón que pase por ahí se lleva por delante la urna y Dimas a tomar por culo, todas las cenizas mezcladas con la arena y con el agua, ostias. Tadeo, elevando la voz apenas un poco más que de costumbre, dijo colóquenlo detrás de la portería, estadísticamente es la zona del fondo por la que menos veces transita el balón y, cuando suceda, las mallas impedirán el contacto. La puta, Tadeo, tanta cabeza y tan poco uso, contestó Corvera.

Guillén, voluntario ocasional de Protección Civil, clavó las rodillas en la arena blanda, a la derecha del cuerpo, zarandeó a Dimas agarrándolo por los hombros, gritó su nombre y buscó con la punta de los dedos índice y medio el latido del corazón en el cuello. Las gaviotas se arremolinaban en el aire y sus chillidos parecían invocar a una muerte que se acercaba sin remedio. Javito decía Dimas, Dimas, Dimas, mientras intentaba, sin éxito, abrirle los párpados con las yema de los pulgares. Cuando nos dimos cuenta, Guillén, con la palma de la mano izquierda sobre el esternón, la de la mano derecha sobre el dorso de la izquierda, los dedos entrelazados y el peso de su cuerpo cargado en los hombros decía Javito, apártate y estate tranquilo y comenzó a presionar el pecho de Dimas a un ritmo constante para devolverle al corazón su capacidad milagrosa de latir. Que alguien pida una ambulancia, exclamó Lucho. Lo hago yo, dijo Jandro, que ya tenía el móvil en la mano. Cuando te pregunten qué ocurre, explica que es una parada. No digan luego que no venían avisados. Una parada. ¿Entendido?, contestó Guillén, sin detenerse. Los demás, rodeando en círculo la escena, no hacíamos nada porque no sabíamos hacer nada. Se oyó un crujido, como de astillas, y Tadeo, en voz baja, apenas audible para Javito, que estaba a su lado, dijo una costilla se acaba de partir. Guillén sudaba y contaba en voz alta. Las gaviotas habían dejaron de chillar y las olas parecieron detenerse o, al menos, ese es el recuerdo que yo tengo. Todos permanecimos en un silencio que, minutos después y de repente, la sirena de la ambulancia quebró, acercándose a toda velocidad, como intentando llegar antes que la muerte. Perdona Guillén, creo que le has roto una costilla, dijo entonces Javito. Mecagoentumadre, Javito, y ¿qué cojones importa eso ahora, si se está muriendo?, contestó Guillén entre jadeos, los dientes apretados, el gesto enfurecido, el pelo gris y lacio pegado en la nuca y en la frente por un sudor que el nordeste enfriaba, el sol reclamando fulgores en el cráneo humedecido por la lluvia pasada donde el pelo no alcanzaba ya a cubrir el cuero cabelludo. Qué viejo le vi, la espalda arqueada, las manos apoyadas en las rodillas, buscando desesperado aire con la boca abierta cuando uno de los técnicos de la ambulancia le dio un respiro. Qué viejo.
Después fuimos todos al hospital, impregnados de sudor, de arena y de cansancio. Pasó una hora hasta que un médico vestido de verde entró en la sala de espera, preguntó por los familiares de Dimas Daniel Iglesias Solís y a Cova, que se levantó de inmediato, y a todos los que detrás de ella le mirábamos con los ojos llenos de salitre y de tristeza, azules y blancos como un ejército de soldados vencidos, nos dijo lo que ya sabíamos. El médico dio media vuelta, desapareció y, entonces, Guillén se echó a llorar como lloran quienes descubren que su esfuerzo ha sido en vano y se abrazó a Cova. Samuel tuvo que acercarse y pedirle que la soltara.

No es fácil jugar cada domingo con las cenizas de Dimas detrás de la portería. Es como si estuviera presente. Incluso dos o tres ya no bajan. Que esto es una playa, joder, que no es el cementerio, dijo Sevilla aquí mismo hace tres domingos y no le hemos vuelto a ver más. Tenemos que hablar con Cova, Sam, esto no puede ser. Vale que Dimas diese por culo cuando estaba vivo; pero que lo siga haciendo después de muerto es demasiado. Con lo tocahuevos que era, siempre gritando, protestando, riñendo, creando mal ambiente. Era uno de los nuestros, sí, de los de toda la vida. Por eso, con sus cosas, las cosas del Dimas, y con todo, le aguantábamos. Aunque se creyera Beckenbauer y no llegara ni al gaviotu de Tocornal. O aunque pensara que su zurda y la de Maradona estaban hechas de la misma madera y lo más redondo que viera en su vida fuese una pastilla de chocolate. Pero se murió y ya está. Aquí todos le hemos llorado lo suficiente. Además, es una responsabilidad, joder, imagínate que el día menos pensado se nos cae. Menuda papeleta. Con la viuda y con la policía, que me parece que te multan y todo. Que se quede con Cova, en su casa, que es donde tiene que estar. Que lo aguante ella, ahora que ya da poco que hacer. Limpiarle el polvo de vez en cuando y pedirle consejo, como a la almohada. Pero que nos deje en paz, joder, ¿no ves, Sam, que jugamos medio acojonados? ¿Que nos pasamos el partido en silencio? ¿Que ya no hay voces ni hay risas? ¿Que cada vez que tiro a puerta tengo miedo de que falle la red y el balón tumbe el puto jarrón ese?, coño, que Dimas defiende mejor muerto que vivo, manda cojones. Y, a veces, miro a Guillén y le imagino ahí en la arena, rompiéndole las costillas. Que fue sólo una, joder, contestó Guillén con paciencia, subiéndose las medias. Bueno, es igual, continuó Corvera. Y después, de camino a casa, me paso el rato recordando aquella mañana, que no se me va de la cabeza. Sam, hay que hablar con Cova. Dimas se fue y Dimas se tiene que ir. Así de clarito. Samuel le miró en silencio y sonrió. Después apoyó su mano derecha en el hombro de Corvera, mientras se ayudaba de la izquierda cerrada sobre el empeine para alcanzar con el talón el glúteo y le dijo, muy bien, Corverita, cuando termine el partido te vienes conmigo a casa de Cova, le devuelves a Dimas y se lo dices. 

El balón llegó por el aire desde la derecha y Dimas dio un paso al costado para enfrentarlo. Seguro de poder despejar, levantó la pierna izquierda y, flexionando la rodilla, se preparó para el impacto. Con un golpeo certero de su empeine, interceptaría el peligro que, en forma de balón, se cernía sobre sus dominios de central. Lo que ocurrió en realidad fue que la tibia, y no el empeine, contactó con el esférico y, entonces, éste describió una parábola, en sentido contrario al esperado, que le llevó hasta la escuadra de la portería que Dimas defendía. Tadeo, que estaba de arquero, ni tan siquiera se movió. La red mató el vuelo del balón y los azules, al unísono, gritamos gol. Dimas cayó de espaldas. Todos creímos que era el peso del error el que lo había tumbado. Sin hacerle caso, los blancos sacaron de centro y el partido continuó. Ganábamos uno a cero.



gijón.abril2013.

 


sábado, noviembre 10

Cuando llueve tanto

“Cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre”
El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina


Romeo y Julieta se odian del modo en que sólo pueden hacerlo quienes se han querido. Con un odio sordo, consciente y aplacado. Labor de zapa. Pero con un odio revestido de la pátina del cariño y de la rutina. Uno puede aprender a odiarse y ocultarlo para seguir queriéndose una mentira. Creyéndose. Queriéndose. Hay gente capaz de vivir después de aprender a odiar si consigue encontrar otros asideros en los que mantenerse y dejar que el tiempo pase. Si las dos personas que llegan a odiarse son así, no habrá problema. Resistirán juntos, y con una sonrisa, el asedio del tiempo, cada vez más tranquilos, acostumbrados, sostenidos en asideros a cada paso más lejanos, pero a cada paso odiándose con menor intensidad. Si las dos personas no son capaces de aprender a odiarse, no habrá problema. Aguantarán juntos el tiempo que tarden en ajarse los asideros. Se separarán después de un par de voces o un par de besos o un polvo de despedida, triste, desprovisto de la culpa, pero cierto. Cuando uno es de los primeros y el otro de los segundos, habrá un problema. Y así son ellos.

Son las seis de la mañana. Por las venecianas de la cocina se filtra una luz tenue de farolas que precede al alba. Romeo está sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la nevera. Julieta, de pie, le da la espalda y ceba la cafetera. Comienza a llover.

¿Y si de esta no salimos? Es que no vamos a salir, joder, Romeo. ¿No te das cuenta? Llevamos discutiendo toda la noche y no llegamos a ningún lado. Bueno, entonces te equivocas. Si no hemos llegado a ningún sitio, al menos quiere decir que hemos salido de algún otro. Lo que tú quieras, Romeo. Lo que tú quieras. Pero ya son las seis de la mañana... Como si son las seis de la tarde, ostias. Habrá que seguir hablando hasta que demos con la solución. Estoy cansada... Yo también estoy cansado, ¿qué te crees? Dentro de una hora tengo que ponerme el traje y la corbata y salir a trabajar. Pero, me importa un carajo ir sin dormir. Es más, si decidimos largarnos a otro lado, voy y presento la dimisión, me despido. Que le den por culo a todos y que le den por culo a esta ciudad. Hacemos las maletas y empezamos de cero en otro lado. ¿Lo ves? Ese es el problema. Da igual el tiempo que discutamos o las cosas de las que hablemos. Yo te digo que estoy cansada y tú me hablas de empezar de cero en otro lado. No lo entiendo. Joder, Romeo, es que tú nunca entiendes nada. Explícamelo. Romeo se pone en pie. Julieta suspira y deja el mechero en la encimera. Posa la cafetera sobre el fuego que acaba de encender. Se da media vuelta y mira fijamente a los ojos negros de Romeo. Estoy cansada, Romeo, estoy cansada de esta vida, de nuestra vida. Estoy cansada de los sábados en el bar con tus amigos, de los domingos en el cine, del polvo de los martes por la noche, después del gimnasio, porque no puedes dormir, de los quince días de vacaciones en octubre con tu primo en Palma y de los diez en Navidad con mi familia en el pueblo, cansada de seguir pensando si tener un hijo, diez años después. ¿Y? A la mierda todo, joder, Julieta. Es lo que intento decirte. A la mierda todo y nos vamos lejos. Pero Romeo. ¿No te das cuenta de que eso no serviría para nada? ¿Que nuestra vida la hacemos los dos y seguiremos siendo los dos en cualquier lugar del mundo? Y, además, ¿a dónde cojones vamos a ir, si tú trabajas vendiendo seguros y yo reponiendo latas de espárragos, ostias? Ya, entiéndelo de una vez, que de aquí no salimos juntos, que esto se acaba, que estoy hasta las narices de mi vida contigo, que ya no te quiero, maldita sea, me obligaste a decirlo y no hacía falta y no quería, que me masturbo todos los días porque hace meses que no consigo correrme contigo, que estoy seca, triste, hastiada, dormida. Que quiero salir corriendo de aquí y no parar hasta que todo lo que conozco haya desaparecido. 

Julieta llora. Se escucha el frenazo de un coche en la calle, la alarma para ciegos de un semáforo en verde, el grito de una gaviota en vuelo, el agua que comienza a hervir dentro de la cafetera.  

Yo también quiero salir corriendo hasta que todo lo que conozco haya desaparecido. Excepto tú. Julieta asiente. ¿Lo ves? De esta no salimos. Romeo agacha la cabeza y, con las manos en los bolsillos, se dirige a la ventana donde las gotas de lluvia estallan al golpearse contra el cristal, tan violentamente como las palabras de Julieta acaban de golpear su cabeza. Cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre, dice.

gijón.mayo2012

sábado, octubre 13

El guardián del fuego


No puedo volver a subir. El doctor Almán dice que no debo repetir la misma acción más de tres veces. Y sería la cuarta. Desde que tomo las pastillas pequeñas y azules que me recomendó estoy más calmado. Aunque no recuerdo haberla tomado esta mañana. Si duermo mal por la noche, el día siguiente es extraño. Pero no, no puedo volver a subir y comprobar si he cerrado la puerta de casa con dos vueltas de llave. Ya lo he hecho tres veces. Tres es el número, Ismael, me dice siempre el doctor Almán. Si tus rituales se repiten más de tres veces, tienes que venir a verme. Tres veces he abatido la ventana de la habitación, tres veces he cerrado la manija del gas, tres veces he abierto el grifo de la ducha, creo, no, estoy seguro, tres veces he apagado la televisión. Y tres veces, estando ya en la calle, he subido a comprobar si había cerrado la puerta de casa. No habrá una cuarta, Ismael, recuérdalo. Camina.


Desde esta cristal puedo ver como la ciudad se ha curvado. Las líneas paralelas y perpendiculares han desaparecido y todo parece temblar y estar a punto de desmoronarse. Lo mismo sucede con los colores. Han mudado los neutros. Este paisaje urbano del Vedado es una mezcla policroma, como paleta de pintor. Los jacarandaes, que florecieron el mes pasado, ahora tienen el mismo color que el del caribe que baila con el muro de los Desamparados, al final de las calles. Las ventanas, con las jambas curvadas y ondulantes, parecen aguardar, como lo hicieron hace años los francotiradores, que la danza de colores de la tarde, rojos, pardos y anaranjados, apacigüe este calor y el tiempo se detenga en el estuco desconchado de las mansiones sin derecho a permuta, en el pecho desnudo de las cariátides que sostienen noviembre y las bóvedas agrietadas de los palacios comunales.
Qué dulce despertar he tenido. Por fin he dejado atrás las noches insomnes. Quizás pueda desprenderme al fin de esta tristeza, ahora que las cenizas de mi hijo vuelan en el viento y estarán siempre conmigo. Me siento más tranquila. Anoche, antes de dormir, me pregunté si las cenizas de un niño de nueve años serían más livianas que de las de un hombre de setenta. No tiene importancia, ya lo sé, lo único cierto es que el viento las mantendrá suspendidas en el aire para que formen parte de La Habana y de mí. Quizá este sea uno de esos pensamientos que el doctor Almán dice que debo intentar aflorar, afrontar... no conozco más palabras que empiecen por a y por efe. Tal vez la medicación está comenzando a funcionar. Voy a bajar a la calle, por primera vez desde que Raúl murió. Quiero temblar con la ciudad. Quiero que el guardián del fuego sepa que las cenizas de mi hijo forman parte de La Habana. Para que cada noche le cuide y le libere al amanecer.


Todo va bien. El seis aún no ha pasado. Si soy más rápido que él, si soy capaz de llegar a la 23 con la L antes de que el autobús lo haga, será un buen día. Es la señal. Pero hace demasiado calor. Ayer en la asociación, aquel tipo que ganó la partida en seis movimientos dijo que hoy bajarían las temperaturas; pero no ha sido así. Tal vez no tengan nada que ver el ajedrez y la meteorología. Y ahora estoy pasando calor con esta chaqueta. No puedo quitármela. No puedo llevarla sobre los hombros ni, mucho menos, atadas las mangas a la cintura. No, definitivamente no puedo. ¿Dónde he metido la cartilla de abastecimiento?


Lo que observaba desde la ventana era cierto. Las líneas de la ciudad se han desdibujado. Y algunas personas siguen siendo tan pequeñas como vistas desde el segundo piso. Puedo atraparlas en el espacio entre el índice y el pulgar. Sin embargo otras no, otras son grandes como lo soy yo, tal vez seres humanos de una raza distinta. Así habrá de ser el guardián del fuego. Debo encontrarlo.
Qué lindo está el día. El sol aún no calienta demasiado, pero su luz es maravillosa. Tal vez pueda ver las cenizas de Raúl en los remolinos que las corrientes de aire forman al entrechocar en las esquinas, donde los rayos oblicuos iluminan las líneas curvas y cambiantes que han transformado los perfiles de las calles. Tal parecen hilos de cobre incandescentes tras el fuego de estos días. Caminaré por la L, hasta el Yara, el mismo trayecto que hacíamos cada mañana. Yo le acompañaba hasta la esquina y le veía cruzar la 23. Cuando alcanzaba la otra vereda se daba media vuelta y, levantando la mano derecha, se despedía de mí antes de desaparecer entre la gente que a esas horas caminaba por la avenida, a los pies del hotel. Yo daba media vuelta y regresaba a casa. Raúl caminaba hasta Universidad. Cerca de allí estaba su escuela.


Tomates. Manzanas. Cebollas. Queso. Bien. La lista está bien escrita. Todas las palabras empiezan por mayúscula. Un kilogramo de las dos primeras, medio de cebollas y un cuarto de queso. Sólo espero que el ángulo sea recto. Si vuelve a cortarlo como el mes pasado, tan torcido, no lo quiero. Bien. Ya estoy llegando a la esquina. Sin rastro del seis. Llegaré antes que él y será un buen día. Encenderé un cigarrillo. Tengo ganas de fumar. ¿Por qué ese hombre, sentado en el portal, me está mirando? ¿Tengo alguna mancha en el pantalón? No ¿Olvidé peinarme? ¿Olvidé peinarme?


Raúl se reía como yo y tenía los ojos de mi padre. Si en su cara o en su cuerpo o en su infantil forma de ser había algo de su padre, yo no supe descifrarlo, no supe reconocerlo. De todos modos, fue muy poco el tiempo que Javier y yo estuvimos juntos, un par de meses quizás, o menos. Desapareció como ahora lo hace su hijo. Yo estaba sentada en la cocina y lo vi salir con la maleta. No recuerdo si me dijo adiós, pero sí estoy segura de que dijo que no volvería. Tenía una familia en otra parte, cerca de Santa Clara, al parecer. Otra casa, otra mujer, otros hijos. Aquí dejó uno; pero no dejó nada. Ni en mí ni en Raúl. Y Raúl ahora ya no está. Un día comenzó a adelgazar y a ponerse pálido, mucho antes de que me diera cuenta de que esas dos cosas estaban sucediendo. Después yo me quedaba a su lado todas la noches porque a veces despertaba llorando. Entonces yo le abrazaba hasta que se calmaba y, es curioso, a la vez eso me tranquilizaba a mí. Los dos dejábamos de temblar al mismo tiempo. Después se fue, sin más. Aquel médico en el hospital dijo que todo estaba muy avanzado. Y se fue. Yo no pregunté nada. Sus cenizas forman ahora parte de la ciudad porque yo las coloqué en el alféizar y, durante días, el viento se las fue llevando poco a poco. Y ahora que vuelvo a tener fuerzas, salgo a buscar al guardián del fuego, para darle a conocer el nombre de mi hijo. Cuando lo haga, podré vivir con esta tristeza. No hasta entonces. El doctor Almán dijo que las pastillas podrían ayudarme.


El doctor Almán dice que aún es pronto para intentar dejar de fumar, que podría hacer que empeorara. Debo estar más estable y calmado, reducir al mínimo los rituales y, entonces sí, desengancharme. Un momento, esas dos chicas, las que están sentadas en el banco, me miran, murmuran, se ríen. ¿Por qué lo hacen? Yo estoy bien. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueve y diez. Todos los dedos de la mano. Estoy bien. Genial. He llegado a la esquina. En un par de minutos estaré en el colmado. Ni rastro del seis. Hoy he ganado. Tranquilo, Ismael, tranquilo. Aspira profundo. Siente el sabor amargo del tabaco en el paladar. Traspasa el humo. No te detengas. Estás haciéndolo muy bien.


Si extiendo las manos y las observo detenidamente aún tiemblan. A pesar de la medicación. Pero me siento mejor, más tranquila. Sólo debo caminar hasta encontrar al guardián del fuego. ¿Sabrá ya que las cenizas de Raúl forman parte de la ciudad? Debo informarle, de todos modos, para que pueda custodiarlas, igual que tantas otras. El guardián del fuego recorre las calles desde el amanecer hasta el ocaso. Después regresa a su morada y hace recuento. Le encontraré y entonces podré dormir tranquila, dejar esta tristeza, olvidar aquel día y el de después, cuando todas las madres y todos los padres y todos los que estaban me miraban con pena, pero también, lo sé, con alegría porque sus hijos y sus hijas estaban a salvo, sólo Raúl se había ido. Debo calmarme. Si no lo hago, mis manos comenzarán a temblar y no podré dominarlas. Debo calmarme y seguir caminando, encontrar al guardián del fuego y explicarle, en un idioma que comprenda, que las cenizas de Raúl vuelan en el aire de La Habana porque durante días el viento se las fue llevando del alféizar. Escribiré el nombre de mi hijo en la palma de su mano.


Trescientos metros. Desde la esquina trescientos metros hasta llegar al colmado. Ni rastro del seis. Espero que no se haya averiado. En ese caso, no valdría. Todo va bien, Ismael, ahora sólo encuentra tu línea, la línea recta por la que has de caminar hasta el colmado. Y que sea tuya, por la que sólo tú camines. Los demás pueden atravesarla; pero no caminar por ella. No puedes compartirla. Si alguien lo hace, debes apartarte y buscar una nueva. Una calada. Una calada profunda. Vas bien, Ismael, vas bien. Eso es, ya la tienes. Continúa por ella, como un equilibrista a ras del suelo. Ese hombre ha dicho algo sobre ti. No lo escuches, da lo mismo. Tararea, llora si quieres, ve más deprisa o más despacio, pero no lo escuches. Continúa. Un kilo de tomates, uno de cebollas, un cuarto de queso cortado en un ángulo recto perfecto, noventa grados, líneas perpendiculares como las que buscaba el Babirusa en El Camino de los Ingleses. Pero no te pares, Ismael, por lo que más quieras. No te pares.


Puedo verle. Es él, estoy segura. Sostiene el fuego entre las manos y las volutas de humo gris rodean su rostro, como un aura etéreo y cambiante. Le he encontrado. Antes de lo que yo esperaba. Tal vez él también me estaba buscando. Tal vez ya sepa que Raúl vuela en el aire de la ciudad. Ya sólo debo acercarme, ir a su encuentro y revelarle el nombre de mi hijo. Así podré regresar a casa, ya más tranquila, con el tiempo detenido o a una velocidad adecuada y, desde el alféizar de la ventana contemplar la ciudad que mengua cuando las sombras que ya no son negras crecen y sentir que formo parte de La Habana porque mi hijo, que murió porque estaba todo muy avanzado, me dijeron y yo no pregunté nada, formará parte de La Habana para siempre.


Mierda. Peligro. Esa mujer camina por mi línea. ¿Qué hago? No se detiene, no cambia de dirección, continúa por ella y me mira. Debo ser rápido, buscar otra línea y seguir avanzando. Estoy muy cerca del colmado, apenas unos pasos. Detente, Ismael, piensa un segundo, da una calada, respira hondo. Se acerca. ¿Qué hago?

Es él, estoy segura. Y se ha detenido. Aguarda. Tal vez me haya reconocido, sepa quien soy, sepa cual es mi misión. Estoy frente a él.

¿Qué dice? ¿El guardián del fuego? Oh, Dios, me coge del brazo. ¿Qué es eso? Un bolígrafo. No puedo moverme. Estoy perdido. ¿Qué hace? Me estoy mareando.

Ya está. He cumplido mi misión. Regreso a casa.

Da media vuelta y se aleja por la línea que era mía. ¿Qué pone aquí? No entiendo nada. ¿Quién es Raúl? Mierda, joder, ostias, si no subí una cuarta vez a comprobar la cerradura, si llegué a la esquina antes que el seis, si caminé por mi línea, sin compartirla con nadie. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué todo ha salido mal? El seis estaba averiado, seguro. De no ser así, hubiera alcanzado la esquina antes que yo y entonces yo hubiera dado media vuelta, hubiera vuelto a casa y nada de esto habría sucedido. Nada. Y, ahora, ¿qué hago?

gijón.unlunesdeverano.olahabanaendíasdeinvierno.

sábado, septiembre 15

Estate quietecito, Jacinto

He dejado de acostarme con putas y de leer libros de Vila Matas. Me ducho todas las noches y me afeito cada mañana, excepto los domingos. He conseguido un trabajo como repartidor de golosinas y, cada día, mañana y tarde recorro la ciudad de punta a punta, al menos tres o cuatro veces. Me gusta el trabajo porque estoy solo. A las seis llego al almacén y el jefe, un tipo que siempre finge estar de buen humor, me entrega el recorrido del día y las llaves de la furgoneta. Y me pongo en camino. A ratos escucho la radio y, a ratos, la ciudad. Odio a los tipos de las tiendas que quieren darme conversación. Prefiero dejar la mercancía encima del mostrador, cobrar, recoger el albarán firmado y desaparecer. Tengo derecho a una parada de treinta minutos a las doce, para tomar el café, pero nunca lo hago. A las tres tengo una hora para comer. Aparco en cualquier parte, me ventilo en dos minutos el bocadillo que hice en casa por la mañana después de desayunar, reclino el asiento y duermo hasta las cuatro. Nunca sueño. Las tardes son más tranquilas si no llueve. Cuando lo hace, el tráfico es caótico en la ciudad. A las ocho regreso al almacén. A esas horas, el jefe ya no está, que para eso es el jefe. Dejo las llaves y la carpeta con los albaranes firmados en la consigna que tiene mi nombre. 
 
Salgo del trabajo y regreso caminando a casa. Ya no me quedo en los bares bebiendo cerveza hasta la madrugada. Algunas noches veo la televisión. Otras hago pesas en el salón mientras escucho uno de los dos vinilos que tengo, el de Tom Waits o el de Tom Jones. Después, apago las luces para que el recibo a fin de mes no me destroce el presupuesto y enciendo un par de velas. Leo un libro, que nunca es de Vila Matas como ya te he contado, o escribo en cualquier papel, que después engullo, algún poema pensando en ti o en cualquier otra. Cuando empiezo a bostezar, y no tardo demasiado, dejo lo que estoy haciendo, apago de un soplo las llamas diminutas y me meto en la cama. Casi todas las noches sueño que me quedo dormido y olvido apagar las velas y, en mitad de la noche, la casa primero y después mi cuerpo arden. Despierto y no siento miedo. No me parece tan mala idea.

Esta mañana, el encargado de una tienda salió a buscar el deneí al coche. El cajón de la caja registradora estaba abierto y pude contar dos billetes de cien, seis de cincuenta, cinco de veinte y doce de diez. Sentí tan fuertes las ganas de meter el dinero en los bolsillos, esperar a que el encargado regresara, partirle el cuello y salir de la tienda como si nada, que me temblaron durante unos segundos las piernas y las palmas de las manos se llenaron de agua. Pero me acordé de ti y de los libros de Vila Matas y decidí alejarme unos pasos del mostrador, sonreír al encargado que regresaba, como si nada, y estarme quietecito. Estate quietecito, Jacinto, cuántas veces me decías. 

gijón.mayo2012

viernes, julio 20

El postmodernismo o en silencio sentado en la barra mientras la luna mengua


Hasta llegar a esta habitación de hotel con vistas al parque del Retiro y que la organización de la Feria del Libro se encargó de pagar, el recuento: setenta y cuatro años, tres divorcios, cinco hijos, más de cien ciudades, una buena novela escrita a los cuarenta, otras dos decentes que, dijeron, completaban una trilogía y después mierda. Mierda que, firmada por mí, Román Rancel, dijeron máximo exponente de la vanguardia postmoderna en castellano, huele mejor.

Y ahora, antes de dormir, pensaba tal vez en marcar el número de la recepción y pedir, mediante contraseñas del tipo necesito una almohada o sería posible que el servicio de habitaciones me subiera el postre, el teléfono de una de esas putitas de trescientos la mamada que, después a cuatro patas, si los restos de la viagra mecidos en el fondo de las venas por el bombeo de la sangre cumplen su función, me llamará papi por no llamarme abuelo o vejestorio o, peor, momia. Mujeres de pechos demasiado turgentes como para ejercer su oficio en los asientos de atrás de los coches, pero de piernas demasiado cortas como para acompañarte, depositarias de envidas y maldiciones, colgadas del brazo en las fiestas trimestrales del Círculo de Bellas Artes. 
 
O quizás conseguir de algún modo, y conozco muchos, los dos gramos de cocaína que me mantendrán despierto durante toda la noche para poder escribir las memeces que el año que viene los dos o tres críticos que la editorial mantiene en nómina convertirán en la novela del año, en lo mejor que he escrito hasta la fecha, en el culmen literario del mejor escritor español de la segunda mitad de siglo, la obra donde autores jóvenes, a los que probablemente sus putitas también llaman papi, se inspirarán para escribir las gilipolleces pretenciosas que escriben, seguros todos, como yo lo estuve, de perdurar, de alcanzar la inmortalidad sin que ésta les pida nada a cambio, convencidos de ser los mejores de una generación de imbéciles de campeonato. 
 
O, mejor, llamar a Mónica, la única de los cinco que aún contesta a mis llamadas, sospecho más por tocarle los cojones a su madre que por hablar conmigo, y preguntarle qué tal todo y qué tal todos, aunque todos, excepto ella, me importen un carajo, ahora ya sí, ahora que ya comprendí que no van a perdonarme uno solo de los errores que, al parecer, he cometido en estos años y que aguardan con paciencia y fingido desinterés el día de mi muerte, mamarrachos mis cuatro hijos y su estirpe, para empezar a cobrar los derechos de autor con los que creen van a poder vivir una vida mejor de la que viven, vida podrida de seres grises que se conforman con quemar los domingos con sus mujeres gordas y con sus hijos gritones subiendo y bajando las escaleras mecánicas de los centros comerciales.

O, por qué no, tomar un vaso de agua en el que previamente habré sumergido seis orfidales y aguantar la duermevela oscura en que se convierten las noches gobernadas por una dosis excesiva de benzodiacepinas y despertar aturdido, mediado ya el día, por los golpes insistentes que el puño de mi agente literario estampará en la puerta de la habitación para no llegar tarde a la entrevista, a la firma de ejemplares, a la mesa redonda donde sentiré la boca seca, como toda repleta de arena, la cabeza doliente, transida de nubes y de sueños que seré incapaz de recordar, escenas inasibles que duran apenas un par de segundos para después desvanecerse como tinta en agua y sentirme entonces torpe y viejo, ser gris acabado, incapaz ya de desprenderme, a pesar de los afeites, de las lociones para después del afeitado, del desodorante de piedra de alumbre o de la colonia francesa, de este intenso olor a viejo, de este pito flojo que las putas ya no sienten o de las arrugas que arroyan mis mejillas, de los hongos que, atrincherados en los espacios interdigitales de los pies, alancean constantes las horas con un picor inconsolable, de las hemorroides sangrantes, del par de dientes flojos, funámbulos a punto de desprenderse de las encías, de la piel de papel de fumar de la tripa, de las rodillas deformes y temblonas, de las manos consteladas de manchas parduzcas que, como una plaga divina o como un ejército imparable, avanzan hasta las tierras de mi pecho donde un vello blanco, ralo y, estoy seguro, ya muerto, me aguarda, o de los ojos brillantes, de mirada bovina por culpa de una miopía de décadas, lacustres, desprovistos ya de alegría, pero también de tristeza, ojos patéticos, desencantados, cuya imagen está presente en mi cabeza todos los días para someterme. 
 
Lo mejor será bajar al bar y, en silencio sentado en la barra mientras la luna mengua, macerarme en güisqui libado a sorbos de vasos de culo ancho, sin agua ni hielo, o ingerido de un trago hasta sentir en el gollete el calor metálico del veneno y después la náusea, cuando ya estaré borracho y alguien se acercará al reconocer mi cara e intentará saludarme y dirá que ha leído mis libros, algunos o, quién sabe, quizás todos, y que le gustan y entonces yo, sin mirarle siquiera a los ojos, le gritaré que me deje en paz y que se vaya, por ejemplo, a follar a su madre y golpearé airado la barra con las manos y, al intentar ponerme en pie, perderé el equilibrio y tras tropezar con la pata del taburete o con el aire, tal vez caiga al suelo y allí, tendido y entre risas, aguardaré que dos trabajadores serviciales del hotel me recojan para acompañarme en un abrazo de tres hasta esta habitación de hotel con vistas al parque del Buen Retiro donde, después de quitarme la ropa, tumbarán mi cuerpo que tiembla. Y entonces yo, al fin dormido, sin putas, sin hijos, sin pastillas ni cocaína y, sobre todo, sin haber escrito desde hace años una sola palabra, lastrado por una fama de pequeñas dimensiones que me otorgó una novela escrita con rabia cuando era joven y, a ratos, feliz y tenía una mujer que me amaba, embarazada de nuestro segundo hijo, y un trabajo de corrector decente y, por ello, aburrido y una casa alquilada cerca del centro y un coche azul de segunda mano, los domingos descalzos en el parque, una vez al mes una pizza en un restaurante de las afueras en una capital de provincias, las vacaciones de verano con mis padres, el sexo esporádico sin dinero, ni a cuatro patas ni viagra ni papi, aguardaré la mañana de Madrid en la que, de nuevo, habré de despertarme solo. 

madrid.alanochecer. 




viernes, junio 22

La decisión correcta o, tal vez, a modo de autorretrato


A veces tomaba la decisión de parar, pero eran las menos. La mayoría continuaba bebiendo hasta que era incapaz de mantener el equilibrio o el camarero le decía la anterior fue la última o la luz fría del amanecer dominaba las sombras del bar. Presumía de las mujeres con las que se había acostado, un número cambiante que nunca alcanzaba la decena y que no parecía excesivamente alto si tenemos en cuanto los años que ya no cumpliría, y enumeraba los amigos que tenía repartidos por el mundo, aunque siempre tuve la impresión de que, durante los años en que la vida nos juntó, yo fui lo más parecido a un amigo que supo tener.

Era alto, como sólo pueden serlo los hombres que no alcanzan el metro setenta, con la espalda vencida por el tiempo y la cifosis y el fuelle de los bronquios a menudo gobernado por la disnea. Delgado, sin llegar a hacer uso del último agujero del cinturón. Barbado, como los cubanos que en los cincuenta conquistaron primero una ciudad y después un país bajando por sorpresa desde los montes. Tenía los ojos azules de color violeta, son iguales que los de Liz Taylor le diría una noche un tipo cualquiera y él, aturdido por la comparación, como si en vez de un símil le hubieran dado un puñetazo en la nariz, quedó callado y pensativo. Porque si alguna vez quiso ser alguien, fue Paul Newman en El largo y cálido verano o, tal vez, Robert Redford en Los tres días del Cóndor. Pero jamás imaginó ser Elizabeth. Recuerdo aquella tarde en San Telmo, cuando un artesano de un puesto de bisutería le dijo che, pibe, prestame uno de tus ojos y te haré un bello collar para que se lo regales a quien tú quieras. La mirada estrábica, a pesar de las dos operaciones quirúrgicas que un oftalmólogo calvo y patológicamente tímido le realizó cuando era aún niño y que depositaron en su vientre un miedo cerval al que intentó vencer, y no pudo, estudiando medicina durante más de diez años. Las manos nervudas de pianista, que escribió Casariego, cuando desaparecen los pianos. Y, entonces, bajo, flaco, barbudo, la espalda combada, el pecho escaso de aire, el vientre aterrado, los ojos violetas y estrábicos y las manos fuertes, decía que caminaba cuando en realidad la mayor parte del tiempo estaba parado. Olía a tierra.

En verano calzaba sandalias de piel y vestía camiseta de algodón y pantalones vaqueros que en invierno cambiaba por pantalones de pana, zapatos de cordones, camisa de cuadros y americana oscura que compraba en tiendas de ropa de segunda mano.

Era de café solo en el desayuno, cortado después de comer y una manzana en la cena. Nunca escribía en servilletas de papel, ni leía los periódicos desde la contraportada, ni tendía la ropa en las azoteas, ni hacía el amor de noche en la playa. Decía que eran actos manidos de tan literarios, o literarios de tan manidos, no recuerdo bien. Y una cosa es la vida y otra muy distinta los libros, concluía. Soñaba, y estoy seguro de que aún hoy lo hace cada noche, con ser el siete en el pasillo del ocho y dar el pase certero de gol para no tener que celebrarlo como propio, porque no hubiera sabido como.

Cuentan que marchó de aquí cuando se bebió todo el dinero que había heredado de sus padres y que vive en pueblos de nombres como La Ría, Banciella o Güemes, topónimos desconocidos porque sólo en lo desconocido reside lo posible. Le imagino sentado a la mesa de alguna cocina, escribiendo en las hojas blancas de un cuaderno historias tristes en las que siempre aparece la palabra noviembre o la palabra acerbo y una mujer menuda de pelo corto y moreno se enamora de uno de los personajes y alguien, a veces el protagonista, se suicida. Entonces llega el alba y, con él, el café solo, la fruta del tiempo, un paseo en bicicleta hasta el trabajo los días en que algún enfermo le necesita, la rutina como una conquista de la vida, la lluvia, el cortado, la siesta, los abrazos, un hijo, una mujer que son cientos, manzanas.

Y cuentan también que, últimamente, casi todas las noches, la decisión que toma es la correcta. 

cimadevilla.mayo2012 

jueves, mayo 10

Nocturno de furia


Como hay tipos que parecen necesitar siempre un corte de pelo, Madero parecía necesitar siempre un abrazo de consuelo, una palmada muelle en la espalda o un gesto mudo de aprobación en la mirada. De no ser así, corría el riesgo de desarmarse a cada paso, que daba siempre como si fuera el último de su vida. Cuando sucedieron los hechos que se relatan a continuación, José Luis Madero Cortés, policía de profesión, aficionado a la marquetería y viudo desde hacía seis años, tenía sesenta y cuatro. Hoy hubiera cumplido sesenta y cinco. Pero murió hace dos días, acribillado a tiros por un compañero con demasiada adrenalina disuelta en la sangre y demasiadas respuestas sin haber tan siquiera preguntado. En el juicio alegará, como atenuante, que Madero estaba armado.

La noche arrastraba a duras penas el calor sofocante de julio y la ciudad se resistía a oscurecer anudando en las antenas y en los álabes los últimos hilos naranjas de luz que pertenecían al sol. El horizonte, recortado por la silueta angulosa y errática de los edificios, comenzaba a desvanecerse en grises y en negros.

Madero dejó atrás la comisaría y atravesando Vía Augusta, se dirigió por la calle de Gracia hacia su piso en Bailén. En la acera, el olor dulzón de las cafeterías se mezclaba con el salobre que el mistral transportaba desde el mar. A lo lejos se escuchaban los motores de los vehículos que circulaban por la Diagonal.

Dentro de tres días, a estas horas, ya estaré jubilado, pensó Madero. Y ese pensamiento no le llevó a ninguna parte. Después de trabajar durante más de treinta años en la comisaría del Eixample, no estaba seguro de querer dejar de hacerlo, porque temía, por desconocidos, los días que vendrían después. Desde la muerte de Mara, el trabajo aplacaba un dolor que, de otro modo, hubiera sido insoportable. Sin la rutina como salvavidas, Madero sabía que el dolor florecería intacto, tal y como lo sintió durante las primeras semanas. Un vacío opresivo y cruel que sólo la repetición gris de los días mantenía a raya.

Mara, susurró.

Metió la mano derecha en el bolsillo de la camisa y extrajo de él un paquete de tabaco que estaba vacío. Maldijo en silencio mientras lo hacía desaparecer en el puño y lo lanzaba a una alcantarilla. Torció a la derecha en Francisco Giner. En la gasolinera de la calle Mallorca podría comprar tabaco. Poco tiempo después, con la vida ya entrecortada, pensó que esa decisión fue la que le llevó a la muerte. Diez minutos tardó en encontrarla.

En la playa de la gasolinera, el conductor de un renault Megane verde botella observaba las cifras en el surtidor. Madero saludó con un leve movimiento de cabeza y entró en la cantina. Al fondo, la dependienta colocaba las revistas en una de las estanterías.

En las gasolineras se echa gasolina. En los estancos se vende tabaco. No sé por qué carajo tengo que venir a una gasolinera a comprar tabaco si jamás fui a un estanco a echar gasolina. Este país se va a la mierda, pensó Madero, siempre nervioso cuando sentía que los cambios del mundo lo arrollaban.

Buenas noches, dijo la dependienta mientras regresaba al mostrador.

Buenas, contestó Madero. Un paquete de Coronas, por favor.

La mujer inició el gesto de inclinarse hacia la torre de cajetillas de tabaco que estaban colocadas a su izquierda pero, a mitad de camino, se detuvo y, lentamente, recuperó la posición de la que partía. Apoyó las palmas de ambas manos en el mostrador, abrió los ojos al mismo ritmo que se dilataban sus pupilas y, durante un par de segundos, miró fijamente a Madero, que no entendía qué pasaba. Como la noche se había instalado en la ciudad, así el rostro de la dependienta palideció.

¿Se encuentra usted bien, señorita?

Las palomas, que dormían con un ojo abierto en el tejado de la gasolinera, despertaron asustadas por el grito y emprendieron súbitamente el vuelo. La dependienta salió del mostrador y, tras derribar un estante de bolsas de patatas fritas, abandonó la cantina.

Un policía en día libre observó la escena desde la acera de enfrente y, mirando a ambos lados para comprobar que no venía ningún coche, echó a correr, cruzó la calle y se dirigió al encuentro de la mujer.

Soy policía, señorita ¿qué ocurre?

La mujer, sin detenerse, continuó su carrera hacia ninguna parte. 

Madero, de pie frente a nadie, no sabía aún qué había sucedido ni qué debía hacer. De pronto, tras el mostrador, escuchó un crujido apenas audible. Apoyó las manos para asomarse y descubrió en el suelo una enorme rata, cubierta de pelo negro y graso, que le miró con unos ojos pequeños y vivos. Aferraba con las patas delanteras, lampiñas al igual que las traseras, la cola, las orejas y el hocico, un mendrugo de pan sucio que roía con avidez. Madero, entonces, cansado de no estar ya en casa, cansado del calor agobiante del verano en Barcelona que la noche no vencía, cansado de treinta y nueve años de servicio, cansado de un mundo tan rápido y, sobre todo, cansado de que la ausencia de Mara doliera tanto cada día, sacó de la funda del costado la Beretta nueve milímetros, retiró el seguro y apuntó a la cabeza del roedor.

Dese la vuelta despacito y ponga las manos donde yo pueda verlas, abuelo.

Madero, sorprendido por la orden que acababa de escuchar, levantó la cabeza, se irguió y, girando sobre sus pasos para explicar a quien fuera lo que estaba sucediendo, recibió un disparo en la oreja izquierda, uno en el hombro derecho, dos en la parte central del pecho, otro más en el vientre y el último, que le derribó, en la rodilla izquierda.

La ciudad se detuvo apenas un instante mientras Madero, tendido en el suelo, se moría.

La rata se acercó al olor de la sangre.

Hija de la gran puta, masculló el policía.

Y la última bala del cargador partió en dos el cuerpo del animal. 

cimavilla.abril2012

viernes, abril 27

Días de invierno en Berlín


Una vez estuve alojado en un hotel sin estrellas en Berlín, cerca de Alexanderplatz, justo enfrente de las ruinas. Era diciembre y hacía mucho frío. Hace años de aquello y yo estaba más gordo de lo que lo estoy ahora, bastante más, aunque procuraba no comer demasiado y salía a correr casi todas las mañanas con un amigo que, una noche durante una cena, años después, quiso decirnos que era gay y nosotros le miramos un par de segundos de silencio y retomamos las conversaciones donde las habíamos dejado. Llegábamos hasta Bebelplatz y dábamos media vuelta. Allí los nazis quemaron libros.

A veces eso no es posible, lo de comer poco y correr, digo, y me dejaba vencer, como ahora, por la pereza y por la gula.

Por aquella época yo salía con una chica a la que le gustaba chupármela mientras yo hablaba por teléfono. A mí, a veces, no me apetecía. Pero era difícil resistirse porque, cuando me daba cuenta, la persona al otro lado del hilo telefónico ya había contestado y Delia, que así se llamaba, estaba arrodillada frente a mí, bajándome la bragueta y buscando bajo mis calzoncillos un miembro, la mayoría de las veces, dispuesto para la erección. Dejamos de vernos al volver de ese viaje. Y, es curioso, no me dolió romper con ella pero, a menudo, la echo de menos y echo de menos aquella ciudad que no será nunca la misma, porque no habrá otro diciembre de mil novecientos noventa y siete y echo de menos aquellos días. Delia me abandonó después de decir que no le gustaba el modo en que estaba parado en la vida. Repito muchas veces en silencio esas palabras cuando recuerdo el momento en que las dijo, sentados en una cafetería de la calle Delicias, con dos gin-tonic entre medias. Será porque nunca he llegado a comprenderlas bien del todo.

Recuerdo también que una noche de las que pasamos en Berlín salimos a tomar cervezas y, a las tantas de la madrugada, en el servicio de uno de los pocos bares que quedaban abiertos, una chica más alta que yo y con el pelo cortado al dos me ofreció una de las tres rayas de cocaína que estaba preparando sobre la tapa del váter. Yo decliné la invitación porque estaba ya demasiado borracho. Pero no pude reprimir las ganas de avalanzarme sobre ella y besarle la boca. No era guapa, pero tenía unos labios gruesos y sonrosados que me atrajeron al instante. Ella me recibió como si estuviera esperándome desde hacía años y nos besamos durante un buen rato, hasta que la empujé dentro de uno de los cubículos y, bajándonos con ansiedad los pantalones, yo los míos y ella los suyos, y después las bragas y los calzoncillos, yo las suyas y ella los míos, comenzamos a follar, echando a perder con nuestros movimientos torpes y bruscos las rayas de cocaína que ella con tanto esmero había estado preparando. Después nos vestimos en silencio y no recuerdo habernos despedido. Tampoco recuerdo cuál fue mi respuesta cuando Delia me preguntó por qué había tardado tanto. Pero sí recuerdo que, abrazados para no caernos, rescatamos a Roberto, el amigo gay con quien corría por Unter den Linden casi todas las mañanas, que dormitaba en un sucio sillón de pana negra, y subimos las escaleras del bar a la misma velocidad que el sol. Los cuatro alcanzamos a la vez la calle. El frío era intenso. 

Caminamos por Oranienburger hasta llegar al hotel. Cuando entramos en la habitación decidí darme una ducha y lo hice con el agua muy caliente. El espejo se empañó de vapor al instante y, desde entonces, soy incapaz de mirarme en los espejos. Me da miedo. Mucho. Delia se tiró encima de la cama y, vestida, se quedó dormida. Al día siguiente, último de los que pasamos en Berlín, desayunamos en silencio en el restaurante vacío del hotel, junto a Roberto que, de aquella, ya era gay, aunque nosotros no lo supiéramos y yo, ni tan siquiera, lo sospechara. Después recogimos la habitación y nos duchamos juntos, con el agua templada y sin sexo. Devolvimos la llave de la habitación en la recepción y pagamos lo que debíamos. El mozo del hotel miró a Delia de arriba a abajo. Ella fingió no darse cuenta y yo miré fijamente a los ojos del tipo hasta que no pudo aguantar la mirada. No soy celoso, ni mucho menos, simplemente me divertía tener las riendas de la situación. Roberto se echó a reír de un modo exageradamente amanerado. Yo le miré y me eché a reír también. No entiendo cómo no sospeché entonces que era gay.

Salimos del hotel, cruzamos Alexanderplatz en diagonal y entramos en el vestíbulo de la estación. Compramos tres billetes para el tren que nos llevaría a casa. Salía cinco horas más tarde. Alegres por disfrutar de más tiempo libre en la ciudad, dejamos las mochilas en la consigna y decidimos pasear sin rumbo, en busca de algo que no sabíamos lo que era y que no encontramos.

berlín.marzo2012

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