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miércoles, abril 4

los colores del invierno II

Testigos de ella y de su amor, las mira como un devoto ante su imagen, sentado en el sillón de nubes, en el ruido a borbotones de la comida bullendo en el fuego. Se queda pensativo, cara y cruz, cara o cruz, cara... cruz. Y les pregunta en voz baja, casi inaudible, decidme preciosas cómo es su tacto, cómo su olor, cómo su vida. Lanza una de ellas al aire a la vez que se levanta y abandona el salón dejando atrás el tintineo metálico que la moneda construye con las baldosas. Cara y cruz, cara o cruz, cruz... cara. No quiere mirar.

En la habitación rescata el violín de su funda y acaricia sus curvas y sus ángulos, su cuerpo. Tumbado en la cama, Dimitri se duerme a él abrazado...

... es el espacio colmado de sus cuerpos, los ojos zarcos de él, los negros de ella, que se mezclan en una mirada que rasga el aire de la habitación donde los colores se diluyen para formar el mar que azota, pausado pero constante, tam, tam, tam-tam, las paredes derribadas en el mundo levantado al abrigo de sus palabras ahogadas, sus gritos medidos, su sexo inacabado. Es el ruido de las manos que alisan su piel, más bello quizá que la música del violín, los labios posados en los párpados cerrados que se estremecen, sus dedos precisos que le amamantan, los dientes que atrapan un labio indefenso y lo hieren. Es sangre que mana, herida restañada con su saliva, remedio mágico o sortilegio. Su boca de luz, el movimiento imperceptible de las pelvis atrapadas. Armaduras batientes. Y dolor.

Es silencio en la casa agotada que ahora, al fin, descansa. Nada parece moverse. Momento eterno. Mas, de súbito, la ira del viento destroza los goznes, hace añicos los cristales de lo que fue una ventana. Tiemblan ya vencidas las cortinas blancas, viaje de ida y vuelta a merced de un dios alado. Y es entonces olor de carne amada, caminos que la saliva aún no ha abandonado, sábanas mancilladas que acunan un seno y abandonan el otro tras su doblez de sombras. Pasos desnudos regresan al santuario. El cuerpo ella recupera la forma, vuelve desde su quietud de cera amasada, de cuerdas tañidas, de pentagrama arrasado por sus labios.
Cerca, muy cerca, de pronto, se escucha un violín reír a carcajadas.

oviedo.enero2001

miércoles, marzo 28

los colores del invierno I

Una silueta de hombre, trazo negro acaso perfilado en el horizonte, lentamente empequeñece. Su mano izquierda, borrosa ya en la distancia, empuña el arma. Silencio en las calles colmadas de viento. La figura del hombre se funde con la línea del horizonte inalcanzable y los colores, entonces, dejan atrás el invierno...

... sombras pintadas por el sol, adormiladas tras las esquinas del barrio aún no construido. Cientos de pasos de rumbo incierto componen melodías: tam, tam, tam-tam. En el cielo afectado, nubes acompasadas al caer de los minutos. Tiempo presente en que, de repente, el quejido de un violín asombra la tarde.

En las aceras de la ciudad aún dormida, sólo el umbral de un piso bajo permanece vivo. Danza de un fuego tiempo atrás avivado. Con parsimonia, entre rutina y sortilegio, manos amasan el nuevo maná blanco, polvo de las alas de un ángel caído. Levadura que lo torna dorado y esponja. Valentina escucha y siente erizada la piel de sus brazos, cansados ya de amasar el manjar que nace de la tierra y del sol. A lo lejos, se escucha un violín sollozar.

Si el amor tuviera ojos sería con los que él la mira mientras le dice, en su idioma: un pan de cuarto. Le gusta observar el movimiento diminuto de sus pies sin alas, la dulce expresión de las manos al tocar el pan o al recibir las monedas del cambio, lágrimas doradas que dibujan el río de la vida común entre los dos, un hilo de oro que va y vuelve, que va y vuelve, que va...

... si el amor tuviera ojos sería con los que ella le mira mientras le dice, en su idioma: la vuelta, señor. Dimitri contesta gracias, ruborizado, aguantando la mirada antes de agachar la cabeza y posar los ojos en la palma de su mano, donde descansa ese pequeño tesoro, luces doradas que antes acariciaron la piel de Valentina y ahora están en su poder. Las siente en el bolso del viejo pantalón de fieltro, por encima del aire, entre sus pasos de vuelta a casa.


oviedo.enero2001

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