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viernes, septiembre 19

Una ciudad y un tiempo


Ariel encuentra entre las páginas del libro que está leyendo una fotografía en blanco y negro y recuerda una ciudad y recuerda un tiempo.

Septiembre pinta de amarillo las aceras. Ariel camina durante horas bajo la lluvia. El crujido que sus pasos provocan al quebrar con su peso el armazón seco de las hojas caducas de plátanos y álamos temblones le acompaña. Hace días que se siente Horacio en esa espiral literaria que dibujara Cortázar. Desde el pretil del puente contempla la imagen de la ciudad como una aguja y el río, oscuro y veloz, el hilo que atraviesa su ojo. Al doblar la esquina, un viento frío arrastra el cadáver de un paraguas y, tras él, un gendarme, al que Ariel apenas ve aparecer, le pide la documentación antes de dejar que continúe su camino. Tiene hambre. Decide ocupar la única silla vacía en la terraza abarrotada de un café en Rue Mazarine. Beatriz, que sería desde entonces y para siempre su Maga y todas las beatrices que después conocería, está sentada a su lado. Ariel moja una galleta de canela en un vino caliente y ácido, la observa y, al cabo de unos minutos, descubre que, si no se ha enamorado, siente por esa mujer de pelo largo, negro y rizado, ojos oscuros y labios redondos y gruesos, india morena en un París tan pálido, una curiosidad y un deseo que nunca antes ha sentido y que, aún hoy, es incapaz de describir con palabras. Y la aborda sin ambages. ¿Te vienes conmigo?

Durante aquel otoño de hojas vencidas por la fuerza de la gravedad no desperdiciaron una noche, una cama, una sonrisa, una caricia, un beso. Se creyeron invencibles, inmortales, poderosos, convencidos de permanecer en ese estado cualquiera que fuese la medida del paso del tiempo. Pero se equivocaron. El amor no dura por la misma razón por la que no dura el otoño y, en el café de Rue Mazarine donde se conocieron, decidieron separarse antes de que el invierno lo hiciera por ellos.

Ahora ella mira desafiante a la cámara, atrapada y desnuda, bellísima, seria, joven, a salvo del paso imparable del tiempo. Ariel deja que la luz que se filtra por el cristal de la ventana alcance la superficie de la fotografía. Las yemas de sus dedos van tras ella y acarician los perfiles del cuerpo de Beatriz mientras, con la otra mano, cierra lentamente el libro.

parís.noviembre2013.

viernes, agosto 15

Lo de la novela


Aquel invierno en La Habana fue el más frío de cuantos se recuerdan. Desprovista de cualquier ingenio que generase calor, la gente soportaba el helor que se colaba por las junturas de las puertas y por las grietas de los muros de las viejas mansiones permaneciendo muy quietos bajo las mantas o moviéndose sin parar. Cuentan que, en los últimos meses de ese año, la tasa de natalidad se duplicó en la isla.
Mi padre llegó a la ciudad, procedente del este, el cinco de enero. Como un regalo de reyes, se presentó en la casa que mis abuelos ocuparon en Centro Habana y, junto a mi madre, una tarde que el frío era más intenso, en la habitación de ella consumaron un noviazgo epistolar que se alargaba ya más de dos años, desde que se conocieran en una zafra de otoño y mi madre accediera a recibir correspondencia. Después mi padre escribió de seguido, en cuarenta días, una novela de trescientas páginas. La entregó en el comité del barrio para que aprobaran su publicación y se echó a dormir un sueño que la escritura le negaba.
Cuando mi abuelo supo que su hija estaba embarazada, corrió con todos los gastos de la boda y le encontró a mi padre un trabajo de chófer en una de esas calesas que pasean a los turistas desde el Capitolio hasta la Rampa. Mi padre sólo quería esperar a que la primavera trajese la noticia de la publicación de la novela y, con ella, el comienzo de una prometedora carrera de escritor. Pero no supo negarse.
El nueve de septiembre vinimos al mundo mi hermano y yo. Los pegados, nos bautizaron en el barrio, porque nacimos siameses unidos por el índice, razón por la que ni yo en el derecho ni mi hermano en el izquierdo tenemos huella dactilar.

Este invierno está siendo cálido. Nada que ver con aquel, por lo que cuentan. En el año que comienza, mi hermano y yo cumpliremos cuarenta y cinco años y lo celebraremos por
separado, un año más y ya van veinte. Él, con su mujer, sus tres hijos y mis padres, en la casa que mis abuelos ocuparon en Centro Habana. Yo, con mi mujer y mi hija en Miami.
Mi padre, ya jubilado, pasa todas las mañanas por el comité a preguntar cómo va lo de la
novela. Pronto, compadre, pronto ya se va a resolver, le contestan. A veces, cuando hablamos por teléfono le pregunto ¿cómo va lo de la novela, pa? Pronto, mijo, pronto, me contesta. No van a ser tan comemierdas de esperar a que me muera.

lahabanaviejadegijón.marzo2014

viernes, julio 25

Mar Girgis


Maite, soy Daniel. Si estás en casa, coge el teléfono, por favor. Te he llamado al móvil, pero debes tenerlo apagado. Estoy en el aeropuerto y quería despedirme. Hablé ayer con los del Instituto en Madrid para decirles que me marchaba. Que busquen a otro traductor. La ciudad se ha puesto imposible. Y peor que se va a poner después de lo de esta mañana en San Jorge. No sé si te has enterado. Te lo dije muchas veces: nada bueno puedes esperar de un pueblo que no come cerdo. El Cairo no tiene solución. Egipto no tiene solución. Oriente no tiene solución. Me largo y tú deberías hacer lo mismo. Te llamo cuando llegue a casa. O te busco en el skype. El vuelo sale en dos horas. Tendré el móvil encendido, por si escuchas este mensaje. Voy a comer un bocadillo en la cantina. Un beso, princesa.

Maite observa las columnas de humo que se elevan hacia el cielo gris del amanecer, recuerdos del fuego que durante el día y hasta el anochecer consume lentamente la ciudad desde hace meses. En las aceras dormitan seres humanos heridos y agotados, quién sabe si alguno sorprendido por la muerte de madrugada, piensa. Mira el reloj y comprueba que tiene tiempo para ir caminando hasta la oficina. Se baja en Mar Girgis y se adentra en la vida detenida del barrio copto, quietud de calles estrechas, templos oscuros y frescos, cafeterías envueltas en aromas de hierbas desconocidas. Al pasar por la puerta entreabierta de una iglesia, decide entrar. Cinco minutos de silencio. Se sienta en el primer banco y cierra los ojos. Dos mujeres de rodillas y un sacerdote en el altar mantienen un discurso de susurros y letanías, una oración en sordina que el golpe violento de la puerta al abrirse hace cesar de repente. Tras la luz del día ya iniciado que invade todos los rincones del templo, se aparece una silla de ruedas que alguien ha empujado desde la calle. Avanza lentamente por el pasillo central. En su regazo transporta un paquete de color naranja que explota. La onda expansiva empuja a Maite y la tira al suelo. Una piedra colocada en el techo a mediados del siglo VI cae sobre ella. Y le parte en dos la vida. 

cimadevilla.septiembre2013 

domingo, julio 13

Será que los perros muertos no suben a los tejados


Acaban de matarme. Estaba recogiendo flores en el jardín. Cuando me he incorporado, con dificultad porque llevaba un rato agachado arrancando nomeolvides, dos tipos, uno alto, gordo, de manos grandes, brazos largos y ojos negros y pequeños que no decían nada y otro más bajo, aunque también más alto que yo, con barba descuidada, ojos verdes asustados y piel clara, me miraban en silencio.
¿Quiénes son ustedes?, he preguntado. Su repuesta ha sido una bala de gran calibre que ha atravesado el corazón y, fracturando el omóplato izquierdo, ha salido de mi cuerpo para empotrarse contra el estuco del muro trasero del jardín. La docena de nomeolvides que llenaba mis manos ha descrito doce tirabuzones erráticos en el aire hasta posarse en el suelo como una alfombra de muerte sobre la que mi cuerpo, ya sin vida por falta de riego sanguíneo, ha caído en una postura extraña de miembros grotescamente flexionados. El gordo ha guardado el arma en una cartuchera que colgaba del cinturón, el bajo ha mirado como lo hacía, los dos se han dado media vuelta y se han largado.
Un ser traslúcido se ha arrodillado a mi lado, ha leído mi nombre, que estaba escrito en una pequeña libreta que ha sacado del bolsillo de la chaqueta, y me ha dicho que tenía quince minutos antes de adentrarme en la eternidad y que llevaría mi alma al tejado, que es el lugar donde los que acaban de morir permanecen en tránsito a la nada y desde el que pueden ver con claridad el escenario de su muerte. Me quedan, calculo, menos de tres. Aguardo a que mi mujer, a la que dejé pintándose las uñas de los pies de rojo en el salón, salga corriendo y a los gritos hacia donde mi cuerpo sobre los nomeolvides pierde poco a poco su color. Escuchaba un disco de Rocío Jurado a un volumen demasiado alto, así es que es posible que no haya oído el disparo. Acabo de descubrir por qué los perros no atacaron a mi asesino y a su cómplice. También están muertos. Aunque no les veo por aquí. Será que los perros muertos no suben a los tejados. Un momento: mi mujer sale de casa, en la mano derecha lleva un cigarrillo, juraría que dejó el hábito hace años, y un cuenco con fresas en la izquierda. Se acerca hasta mi cuerpo, pone un pie sobre mi pecho, sonríe y me echa la ceniza en la cara. Hijadelagr... 

gijon.diciembre2013. 

viernes, julio 4

Memoria de elefante


Ángel tenía las manos grandes, demasiado grandes para un cuerpo tan pequeño. Y pronunciaba ragby cuando se refería a su deporte favorito. Tardé un tiempo en comprender que el deporte que le gustaba ver por la televisión y practicar en el campo era ese en el que treinta tipos persiguen un melón y se persiguen entre ellos. Simplista, ya lo sé. Pero es que nunca me ha gustado el deporte. Mi padre se empeñó durante años en que me aficionase al fútbol. Y acabé odiándolo. El fútbol también.
Nos presentó su hermana, una porteña de ojos verdes con la que me había acostado un par de veces, al poco de llegar a Buenos Aires. Coincidimos en una fiesta que organizaban unos amigos comunes en un pequeño apartamento de Recoleta y compartimos unas cuantas cervezas y un par de porros. En un momento de la noche Ángel dijo tarde o temprano, todos acaban acostándose con mi hermana. Es repiola la mina. Puse ragby, repiola y mina en el saco de las palabras incomprensibles y sentí que ese comentario me convertía en nadie. Me ha pasado muchas veces en la vida. Palabras que te convierten en nadie. Hasta yo me acosté con ella, continuó Ángel. Pásame el porro, por favor, le contesté.
Otra noche, meses después, volvimos a vernos en un boliche. De aquella ya llevaba casi un año en el país y las palabras ragby, repiola, mina y boliche habían abandonado el saco de las palabras incomprensibles. Ángel se acercó y me ofreció extendida su enorme mano derecha. ¿Te acordás? Soy el hermano de la mina con la que te encamaste un par de veces. Sonreí. Ángel guiñó un ojo y dijo tengo memoria de elefante, mientras con el dedo índice apuntaba a su cabeza. Siempre me resultó curiosa esa expresión. ¿Quién coño obligó a un elefante a memorizar, por ejemplo, qué sé yo, la alineación del Madrid, para preguntársela semanas después y comprobar que la memoria de los paquidermos es prodigiosa? Sacó un paquete de Camel del bolsillo trasero del pantalón y me ofreció un cigarrillo. Lo rechacé. Llevaba cinco semanas intentando dejar de fumar. Nos acercamos a la barra en el intento de escapar de la música que los altoparlantes, palabra ya comprensible a esas alturas, vomitaban a un volumen exageradamente alto. ¿Tomás una copa?, me preguntó. De acuerdo, contesté. Ángel dio media vuelta y se inclinó sobre la barra para asegurarse de que la camarera le escuchaba. Yo miré a mi alrededor durante unos segundos, oscuridad y luces brillantes, gente en movimiento y gente quieta. Y sin saber por qué, en ese instante, once nombres irrumpieron en mi cabeza como una manada de búfalos. Buyo, Chendo, Camacho, Maceda, Sanchís, Gordillo, Butragueño, Míchel, Hugo Sánchez, Martín Vázquez y Valdano. 


montevideo.febrero2013.

viernes, junio 27

Uno siempre vuelve a la tierra que de chico le raspó las rodillas


Qué difícil fue decirle al Turco que me marchaba. Sabía que no se lo iba a tomar bien. Pensaría que por su culpa yo hacía las maletas y me largaba de la ciudad.
Desde el mirador hasta los Reyes no dijimos una palabra y, al cruzar un paso de peatones, antes de entrar en lo de Pilar a tomar una caña, la última que ya es de noche y estoy cansado, dijo, le dije Turco, escúchame, el mes que viene me largo. ¿Pa siempre?, preguntó. Pa siempre, contesté sin atreverme a enfrentar sus ojos. ¿Y quién va a enseñarme a querer a la Trini, si nadie como tú la ha querido tanto? Querer a la Trini es muy fácil, Turco, a eso no hace falta que nadie te enseñe, le contesté cuando ya estábamos sentados. Se bebió la caña de un trago y pidió otra. Supe entonces que esa noche acabaríamos borrachos en La Estrella o en alguno de esos lugares oscuros, húmedos y templados del Sacromonte que pocos conocían y a los que el Turco acudía cuando el alcohol y la cocaína le ponían demasiado triste y buscaba alegría o demasiado violento y sólo en esas cuevas encontraba la calma. Pero vas a volver algún día ¿verdad, Gato?, me preguntó después, en algún momento de la madrugada, cuando ya no recuerdo dónde estábamos. Tú eres de aquí, de toda la vida. Uno no se va sin más. Uno siempre vuelve a la tierra que de chico le raspó las rodillas. No lo sé, Turco. Además, continuó, la Trini y yo ahora estamos muy felices juntos, pero esos vientos cambian, bien lo sabes tú. Igual mañana se le pone dejarme, como hizo contigo, y entonces tendrás que estar aquí para llevártela de nuevo, porque, si no, ya sabes como es, se va con cualquiera. El Turco tiene razón, pensé mientras le escuchaba decir aquí cantó una vez Morente. Cuentan que la gente lloraba como la Virgen.
Debían ser ya las cuatro o las cinco de la madrugada y recordé, no sé por qué, la pregunta que el Turco me había hecho cuando le dije que me marchaba de Granada. Turco, le contesté, va a ser mejor que no aprendas a quererla. ¿Por qué?, preguntó con una sonrisa de malicia en los labios. Porque, si aprendes, va a hacerte mucho daño. El Turco andaba ya muy colocado. Me miró con los ojos bien abiertos y las pupilas ensanchadas, chocó el cuello de su botella contra el de la mía y la elevó en el aire. Salud, compadre, brindó, lo que tú digas. 


a900kmdegranada.marzo2014.


sábado, junio 14

En tus manos aterrizan los aviones perdidos


Sólo Jandro sabía escribir. A su lado, los demás éramos luces apagadas. De Jandro eran cosas tan bellas como en tus manos aterrizan los aviones perdidos o las cigüeñas ya no emigran por el miedo de perderte. Cómo no íbamos a admirarlo. Cómo no iba a sentirse querido. Pero, claro, todos sabemos que las frases bonitas no construyen relatos, no generan novelas, no convierten poemas en declaraciones de amor o en epitafios. Y por eso Jandro no llegó a ser escritor. El resto de la clase, ya ves, párbulos retrasados a su lado, todos. Mal que bien, periodistas, críticos, un novelista de mil doscientos lectores, un premio de poesía en provincias, la subdirección de un periódico regional o nacional en alguna de las colonias, como Cosme, con su fantasía erótica de follarse negras convertida a estas alturas en costumbre. Pero Jandro, nada. Sólo frases bonitas. Como tengo tus ojos pintados en el cabecero de mi cama o la luna crece hasta explotar de envidia para no verte. 

Qué tristeza ver su foto esta mañana en las noticias, detenido después de participar en el atraco a un banco. Algo más gordo, algo más calvo; pero con esa melancolía de genio desubicado en los ojos que ya tenía cuando nos sentábamos en las escaleras de Anaya a fumar marihuana y veíamos como el sol se escondía detrás de la copa inalcanzable de la secuoya y de las agujas ambarinas de la catedral nueva. Jandro, le decía a veces para arrebatárselo al silencio, ¿en qué piensas? En quiénes seremos mañana, contestaba antes de darle una calada profunda al porro. 

salamanca.abril2014. 

viernes, mayo 30

Vargas Llosa


Durante años Vargas Llosa vivió en la misma calle que nosotros. A menudo nos cruzábamos en la acera, observábamos su espalda en la cola del colmado o compartíamos alguno de los bancos del parque Boolognesi, cuando don Mario llegaba y decía en voz baja: permiso. Al verlo, mi madre se ponía nerviosa, arrastraba las nalgas hacia un extremo y decía, niño, estate quieto, no molestes; aunque yo, la mayoría de las veces, no me había movido, intrigado como estaba en aquel hombre alto, de pelo entrecano perfectamente peinado, ojos grandes y amables y manos abiertas y pálidas que cuando se movían parecían peces. A veces estaba solo y abría un libro que leía durante horas. Otras le acompañaba una mujer, quizás su esposa, alta, de cabellos negros, frente ancha, labios gruesos y nariz afilada, que comenzaba a redondear los perfiles de su cintura, como le ocurre a veces a las mujeres que alcanzan cierta edad. Unas lo llevan bien, era el caso de la señora Vargas, y se visten con blusas largas, de talle amplio y estampado de buganvillas, a las que la brisa del Pacífico proporciona un vuelo distinguido y grácil. Otras, como mi madre, se empeñan, presas de un afán baldío por contener lo incontenible, en embutirse en puloveres de colores neutros, jeans ajustados y zapatos de tacón alto, que les hace parecer grotescas.

Un día Vargas Llosa y su mujer desaparecieron. Quién sabe si viajaron en avión a Europa o en barco al norte. Dejamos de cruzarnos por la calle y de compartir la cola del colmado o el banco del parque; y comenzamos a ver su fotografía en los periódicos y a escuchar su voz en los telediarios. Cuando por fin había decidido pedirle que me dedicara “La ciudad y los perros”, el único libro suyo que había en la estantería de nuestra casa, ya era demasiado tarde. Se había convertido en un escritor famoso y lejano.

Han pasado veinte años. Mi madre, de tanto intentar contenerse, acabó por conseguirlo y murió una tarde del invierno pasado en la que no paró de llover sobre Lima. Hoy don Mario Vargas Llosa, convertido ya en Premio Nobel de Literatura, firma su última novela en una de las librerías del centro. Cuando supe que venía a la ciudad, busqué “La ciudad y los perros” en la estantería del piso de mis padres y me vestí con el traje de mi segunda boda.

Para Jaime, don Mario, por favor. Vargas Llosa levanta el rostro y durante un par de segundos me mira fijamente. Mientras escribe la dedicatoria observo sus manos que, más pálidas y azuladas en el trayecto de las venas, siguen pareciendo peces. De pronto dice: Jaime, ¿sigue viviendo en Sucre? ¿Se acuerda de mí, don Mario?, pregunto sorprendido. Vargas Llosa me mira de nuevo y sonríe ¿Qué cree usted, si no la memoria, me ha traído hasta aquí? Firma, cierra el libro y me lo entrega. Dele recuerdos a su madre, concluye. Lo haré, don Mario, contesto sin atreverme a decir que está muerta.

Para Jaime y para su madre, ángeles custodios del banco que tantas veces compartimos, leo al salir de la librería. 

gijón.marzo2014.olima.

sábado, mayo 24

Los días putos


Septiembre deposita sobre la ciudad unas nubes grandes y gordas que cubren por completo el cielo y parecen aplastar con su peso de agua la altura imponente de los edificios que se construyeron, cuando conseguir dinero era fácil, en el centro de la ciudad. A estos días H los llama los días putos, porque en su interior se instala una tristeza sorda de la que no puede desprenderse, un sentimiento oscuro que le abraza como un náufrago lo haría a un tablón de madera en mitad del océano. Otro día puto, piensa mientras mira el cielo a través del parabrisas. A partir de hoy, las criaturas que nazcan serán libras. H está seguro de que su destino quedó marcado el día en que nació acuario. Qué vida tan distinta la mía, decía siempre, si hubiera nacido piscis. O tauro. Enciende la radio del coche y recuerda, como tantas veces hace a esas horas de la mañana de un día puto, las palabras que su padre le dijo cuando era un crío, aquella noche que llegó del puerto sudoroso y pálido, con apenas un hilo de voz en los labios y fuerza en las piernas para alcanzar la habitación, tumbarse en la cama y no volver a levantarse vivo, por culpa de una enfermedad que le irá llenando los pulmones de sangre hasta ahogarle, dijo el médico con voz solemne y engolada. Su padre, marinero y calafate, murió ahogado como siempre temió. Qué más da que fuera por dentro. Unas horas antes le dijo: H, somos tantos en el mundo, hijo, que a lo único que puedes aspirar es a ser necesario. H no entendió bien qué quiso decirle su padre mientras se moría. Quizás ahora tampoco lo entienda del todo. Pero no puede evitar recordarlo cuando amanece un día puto.

H se quedó con su madre, que fingía quererlo, algo que es peor que no querer, siempre lo supo, y transcurrieron años como transcurren días hasta que una noche en la cocina, cansado de escuchar una vez más cómo puedes hacerme esto con lo que yo te quiero, por no clavárselo en el pecho, le clavó a su madre un tenedor en el dorso de la mano abierta que tenía apoyada en la encimera. Y después de la mueca de dolor y del alarido inconsolable, llegó la policía, el reformatorio y los tres grados de la cárcel. Es curioso como de su padre, ahogado por dentro, y de su madre, de la que nada sabe porque no quiso volver a verla, lo único que conserva son palabras.

Una ambulancia atraviesa la ciudad a toda velocidad. El reloj del salpicadero marca las nueve y cuatro. Si todo va bien ahí dentro, falta un minuto. Enciende el motor del coche, desbloquea el cierre centralizado y se acerca lentamente, como si buscara aparcamiento, a la puerta del banco. 

gijón.septiembre2013. 

viernes, abril 18

El viaje del colombiano



Uno pasa el día atento a las noticias y no sucede nada. Y cuando se despista ocurre lo que de verdad es importante. Como la caída de las torres gemelas, el fichaje de Gasol por los Lakers o la muerte de García Márquez.
MUERE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ leo en gran titular en la pantalla del ordenador y me siento un poco triste, un poco solo (claro) y un tanto resignado. No creo ser viejo aún, y menos formando parte de esta generación de niños-padres, de adolescentes cuarentones, de piterpanes en zapatillas deportivas; pero en estos últimos años me he ido acostumbrado a que algunas personas a las que admiro se vayan a Nueva York, que es la ciudad donde García Márquez ha ido a reunirse con sus amigos. 
Fue enterarme del viaje del colombiano y acordarme de Lucrecia, de un compañero de residencia universitaria y de Sebas, por orden cronológico. 
Lucrecia, porque en esas largas conversaciones sobre libros, discos, viajes y futuros inciertos que en el pasado mantuvimos, siempre, en un momento u otro, al despedirnos, al pedir la segunda o al sentarnos en las escaleras de la plaza, acabábamos recordando el día remoto en que el padre de Aureliano Buendía le llevó a conocer el hielo. 
El compañero sin nombre, porque todos los años ganaba el concurso de relato de la residencia universitaria en la que convivíamos escribiendo historias de realismo mágico tan de García Márquez que si, al final de la lectura pública que formaba parte del premio, hubiera dicho que eran fragmentos de El amor en los tiempos del cólera, los presentes no hubiéramos dudado un instante. Hace muchos años que no sé nada de este compañero del que olvidé un nombre que, por otra parte, tal vez no supe nunca. Sólo espero que la noticia de la muerte de García Márquez no le empuje a la depresión o a la desesperanza. Tiene que ser difícil leer la noticia de la muerte de una persona y darte cuenta, al mismo tiempo, de que te mueres tú también un poco. 
Y Sebas, porque me la ha jugado montándose en un avión que aterrizó ayer en Praga, como yo se la jugué durmiendo en un tren que llegó al amanecer a la estación de Chiang Mai mientras a cientos de kilómetros de allí Delibes, como hoy García Márquez, se marchaba a Nueva York. Y esta distancia, de tiempo y de espacio, impide que podamos salir esta noche a brindar por el coronel y por el patriarca, como lo hubiéramos hecho aquella vez por Mario, por el hereje o por las ratas, hasta estar lo suficientemente borrachos como para recorrer el muro a pasos lentos que no seguirían una línea recta y enfrentarnos sin miedo al mar, al frío, al amanecer, a la distancia, al espacio y al paso del tiempo que es la vida que sucede, a nuestro pesar, estemos o no atentos.  

gijón.desayunando.hoy

viernes, abril 4

Verás llover en Mechnikovo


Cuentan que Alexandr Vorobiov dedicó los tres últimos años de su vida a coleccionar fotografías de charcos. Y lo hizo del modo irracional y absurdo con el que se llevan a cabo los proyectos inútiles. Sobre Kaliningrado, la ciudad en la que Alexandr había nacido, vivió y moriría una tarde (asediado y, al fin, vencido por una neumonía que le sobrevino días después de fotografiar, bajo una lluvia imparable y a dos grados centígrados de temperatura, los charcos que, como las flores de invierno, duraban un instante sobre la arena de Mechnikovo), llovía entre trescientos y trescientos quince días al año. Por qué se entregó a esa pasión recolectora que le habría de llevar a la muerte, nadie lo sabe. Soltero y sin familia que le sobreviviera, no se le conocía empleo, modo de subsistencia ni relaciones sociales más allá de un par de amigos de infancia, quienes, cuando fueron interrogados sobre el camarada Vorobiov, respondieron un lacónico “no era mal tipo”, con lo que conlleva el uso de una negación para definir a una persona. 

¿Quién era Alexandr Vorobiov que ni a buen tipo alcanzaba, según las dos personas que decían conocerle? ¿Por qué tres años antes de su muerte comenzó a coleccionar fotografías de charcos? De no haber tomado esta decisión, ¿seguiría aún vivo? Eran preguntas que el joven investigador de policía Dmitry Zaitsev, destinado un par de semanas antes al distrito portuario de Kaliningrado, se hacía mientras observaba los cientos de fotografías que colgaban de las paredes en la casa del fallecido. En todas, un charco. En todas, la puntera del par de zapatos de quien presumiblemente hacía la fotografía: Alexandr Vorobiov, muerto en la tarde del seis de marzo de dos mil uno a la edad, según su documento nacional de identidad, de sesenta y tres años. 

¿Qué hacemos con todas estas fotos, jefe?, preguntó un ayudante en la espalda de Zaitsev. Recógelas, mételas en un sobre y envíalas al museo de la ciudad. Una donación de Alexandr Vorobiov, si te preguntan. Un sobre grande, musitó el ayudante lo suficientemente alto como para que el joven investigador pudiera escucharle. Zaitsev recorrió sin prisa las habitaciones de la casa y concluyó que se trataba de una muerte natural. No encontró indicios de violencia. 

Sin despedirse de su ayudante, que se afanaba en despegar las fotografías de las paredes, salió de la casa y, envuelto en el frío invernal que marzo aún posee en esas latitudes, dirigió sus pasos hacia la comisaría. En la esquina de Manitskaya y Uprima observó la superficie de un charco que aún temblaba tras el paso de un coche. Sacó el móvil, que siempre guardaba en uno de los bolsillos traseros del pantalón, encuadró el contorno del agua oscura y sucia sobre el asfalto y la punta de sus botas negras de piel y capturó la imagen que veía en la pantalla. Devolvió el móvil al bolsillo y recordó en ese instante, sin saber muy bien por qué, las palabras que hace seis meses en Moscú le contestara Masha al preguntarle qué piensas: no lo sé, Dima, no eres mal tipo. Pero creo que buscamos cosas distintas.

domingo, marzo 10

Conozco el lugar, pero no encuentro el camino

Entró en la consulta como si la sala de espera estuviera a oscuras y, al abrir la puerta, el médico la hubiera enfrentado a la luz del mediodía que entraba por la ventana. Contestó al buenos días con un leve asentimiento de cabeza y quedó de pie, frente a él, a segundos del naufragio. Siéntese, por favor, le sonrió el médico, al tiempo que con el brazo señalaba el lugar donde aguardaban enfrentadas dos sillas vacías y, entre ellas, la mesa. La paciente, aún confusa, lo hizo en el asiento del médico y éste decidió dejar que la historia siguiese su curso, sin modificar con sus actos el azar que la estaba construyendo. Se sentó en la silla que ella dejó libre. Frente a frente, permanecieron en silencio unos segundos. De pronto ella, como si lo entendiera todo aunque no entendía nada, mudó el rostro y habló. Cuénteme, pues, ¿qué le sucede? El médico pestañeó, permaneció en silencio un par de segundos más, cerró los ojos como quien se desnuda y, despojado ya de sus hábitos, los abrió de nuevo para ser otra persona. En verdad, ambos eran ya otras personas. Conozco el lugar, pero no encuentro el camino, contestó. La paciente tomó en su mano entonces un bolígrafo y escribió en un papel la dirección de una tienda de brújulas. Se lo entregó. El médico leyó lo que ella había escrito, dobló el papel, lo guardó en un bolsillo del pantalón y le dio las gracias. Se levantó para marcharse y, cuando estaba a punto de desaparecer tras la puerta, desde su asiento, ella le dijo por favor, dígale al siguiente que pase. 

gijón.octubre2012 

sábado, enero 12

Descansar en Hakodate

De todas, la más bella es la cartografía de la costa sur de Hokkaido. Tardé meses en dibujarla. Elegí con cuidado el tono de las acuarelas y la densidad de la tinta negra. En ocasiones, permanecía sin avanzar una sola milla durante días. Revisaba minuciosamente mapas antiguos. Comprobaba una y otra vez las tablas de coordenadas. Perseguía el recodo perfecto o el ángulo preciso y no hallaba descanso hasta estar segura de haberlo conseguido. Aún hoy, si cierro los ojos, recuerdo nítidos los perfiles. Por eso, antes del asedio sin tregua, cruzo bajo el mar el estrecho de Tsugaru con la única compañía de aquel mapa que tantos meses gasté en dibujar y sobre el que escribo estas palabras.



Debo llegar a la isla antes de que lo haga el frío. El invierno es duro y, a menudo, cruel en Hokkaido. Tal vez descanse un par de días en Hakodate. Seré una espectadora ausente, voyeur que disfruta observando como la nieve desnuda y vacía las calles. Alquilaré después un coche. De madrugada conduciré por la dos setenta y ocho en dirección al cabo Esan. A un lado, los acantilados erguidos frente al Pacífico. Al otro, el malpaís de Kameda. Amanecerá. Detendré el coche y observaré el horizonte donde nace el sol. En poco tiempo, todo habrá terminado.

Gijón.Octubre2012.

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