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lunes, enero 13

Mundos


Entonces Jero, sentado en el suelo, seguro ya de no caerse de espaldas o de perder el equilibrio en el intento de comenzar a gatear, observa entres sus manos un cubo de plástico azul, dándole vueltas y más vueltas, como un modo de describir sus perfiles. Y creo que se siente seguro de esto modo, puesto que, de una u otra manera, es el centro desde el que gravita todo el mundo por él conocido, un mundo que a un adulto puede resultarle demasiado pequeño y que, si es así, estará equivocado, puesto que no creo que ningún ser humano pueda ser tan vanidoso como para creerse centro de un mundo que vaya más allá, un mundo cuyas fronteras sobrepasen los límites de una habitación, y que en su interior se encuentren los tres o cuatro objetos que nos pertenecen, una canción, el ruido de la calle a media tarde o la voz de nuestro padre o de nuestra madre. Mundos pequeños relacionados entre sí por el tiempo y por el espacio, mundos que el ser humano convierte en maleables, líquidos, perecederos, con el fin de que nos protejan durante toda la vida y nos acompañen en el cambio inevitable que nos llevará hasta la muerte. Un mundo, como el que Jero gobierna, donde podemos sentirnos seguros y libres.
Jero levanta la cabeza y me mira durante unos segundos, después regresa al cubo de plástico azul que tiene entre las manos y, de nuevo, me mira a la vez que extiende su brazo derecho para ofrecerme aquel objeto que conforma su mundo, si conformar significa dar formar a algo, la manera más frecuente en la que Jero comparte su mundo conmigo y me hace sentir dichoso. Un cubo de plástico azul que, junto con otros ocho de diferente tamaño y color, construyen una torre que Jero aún sólo puede derribar. Ya llegan los días en los que Jero comienza a construir su mundo y el mejor modo de hacerlo es derribando torres. No hay otra manera.
Rebeca, que está sentada delante del ordenador en la mesa de la cocina, dice entonces de acuerdo, nos vamos a Argentina. Jero permanece en su mundo, en el que sólo sus palabras son inteligibles, no las nuestras. Yo entro en el de Rebeca, sin abandonar el mío. Y pienso en un viaje tan largo. Y pienso en aquel amanecer cuando, desde la ventanilla del avión, descubrí la ciudad de Buenos Aires.

domingo, enero 5

Tienes que dejar de escribir de suicidios y de drogas


Sebas lee El Libro de las Ausencias y dice que me estoy encasillando. Tienes que dejar de escribir de suicidios y de drogas. ¿Quieres otra?, le ofrezco. Sebas asiente mientras observa su vaso vacío. Busco la atención de la camarera y con el dedo índice y el medio de la mano izquierda extendidos le pido otras dos. Así aprovecho el silencio que nos envuelve para pensar una respuesta. Ahora estoy escribiendo una historia en la que no hay suicidios ni hay drogas. Pero alguien se muere, me interrumpe Sebas, antes de estirar la espalda y beber un trago de cerveza. Posa después el vaso en la barra y le guiña el ojo a la camarera. Ella le mira sin que la expresión de su cara se modifique un ápice. Sí, es verdad, hay un par de muertes, continúo. Bueno, uno de los personajes comienza muerto la novela. ¿Qué dices?, contesta de repente Sebas, como puesto en acción por un mecanismo desconocido para mí pero que ha accionado mi respuesta. Yo, sorprendido y agitado por su pregunta, intento explicarme, digo que... Sebas levanta la palma de su mano izquierdo para pedir silencio. Te he oído, no hace falta que lo repitas. Mueve la cabeza en horizontal. Es un error, no es tu estilo, tú no puedes resucitar a nadie en una novela. No va a quedar bien. No vas a saber hacerlo. Bebo un trago de cerveza. Un negro, joven, alto y de facciones agradables, abre la puerta del bar y, cargado con copias ilegales de discos y de películas y pulseras de cuero anudadas en un cilindro de cartón, entra en el bar, se acerca hasta el lugar de la barra en el que estamos sentados y, con un gesto y una sonrisa, nos ofrece su mercancía. Sebas da media vuelta, se interesa y le pregunta de dónde viene. Senegal, contesta el muchacho. Lejos, murmura Sebas. Dame ésta roja, esta otra azul para mi amigo y este disco. ¿Quieres una cerveza?, le pregunta Sebas después de la compra. El muchacho nos mira y niega lentamente con la cabeza. No. Muslim. Dos palabras y nos damos por enterados. Gracias. La tercera. Recoge los discos que había expuesto en la barra para Sebas y se marcha por donde ha venido. Tal vez cuando camina por las calles de la ciudad, canta y se le llenan los ojos de lágrimas ¿Dónde estábamos?, pregunta Sebas a los pocos segundos. Ah, sí. Que no. Que no puedes resucitar a un personaje. Si empieza muerto, tiene que continuar y terminar muerto. Hazme caso. Escribe sobre lo que sabes hacer. Literatura dispersa y no te líes. Pero Sebas, yo no he dicho que vaya a resucitarlo. Eso te lo has inventado tú. ¿No? ¿Seguro? Ah, vaya, bueno. Por cierto, Coppi. Don Fausto Coppi, ganador de cinco Giros de Italia. Viajó en 1959 a África para participar en una carrera y en una cacería. Allí contrajo la malaria que le llevó a la muerte un año después. En la fotografía aparece compartiendo el agua con Bartali, su gran enemigo. Eran otros tiempos.

lunes, diciembre 30

Los gorriones de Rulán


Aunque los gorriones pertenecen a Rulán, hacedor de palabras y ñoarante, hoy le tomo prestados los dos que se posan en el alféizar de la ventana mientras Jero y yo, después de comer, jugamos encima de la cama un juego que consiste en que él golpea con la palma de sus manos en mi vientre, en mi pecho, en mi costado izquierdo, en el brazo del mismo lado, yo me quejo exageradamente y él ríe carcajadas que dejan escapar un hilo grueso de baba que, como un alambre de funambulista en el que harán equilibrio sus palabras futuras, y creo que esta imagen o alguna muy parecida pertenece también a Rulán, se extiende desde su labio inferior hasta el pecho.
Los dos gorriones de Rulán se posan en el alféizar e inquietos, temblantes, manteniendo con diminutos aleteos un equilibrio que el nordeste amenaza, recorren el pretil durante unos segundos. Yo llamo la atención de Jero para que los observe y señalo con el índice en la dirección donde los dos pájaros están posados. Jero sonríe al ver mi dedo e imita el gesto sin esfuerzo, ahora que, desde hace unos días, aprendió a hacerlo. Yo le digo, mira Jero, son dos gorriones, macho y hembra. La hembra es la más pequeña de los dos, la que tiene el plumaje pardo. Y el macho, ¿lo ves?, tiene un babero como el tuyo, aunque de color negro, y las mejillas blancas y la cabeza de color gris. Cuando seas mayor, te los mostraré de nuevo y te enseñaré el nombre de todos los pájaros que conozco. Y leerás, si te apetece, los cien libros de Rulán.
Los gorriones emprenden el vuelo hacia antenas en las que disputarse el aire y las migas de pan con las palomas. Jero y yo, agotados de pegar, de gritar y de reír, nos quedamos dormidos. Sueño con otros pájaros, zopilotes que en el campo pelean con perros por el cadáver de un burro. Paseo, con Jero en mis brazos y, al ver la furia de la carroña, decido dar media vuelta y regresar al pueblo. Todo el mundo en las calles comenta el espectáculo de los zopilotes y de los perros. Las tiñosas acabarán por invadirnos, dice un hombre que está sentado en la terraza de un bar. Jero continua en mis brazos, sonriente y con el dedo índice extendido, apuntando a todos lados. Me alegro de que sea pequeño aún como para tener miedo.
Despierto de pronto. Jero continua dormido a mi lado. Le miro durante unos segundos y pienso qué pequeño y qué valiente. Y pienso también qué triste será la primera vez que sienta miedo. Le beso en la frente. Los gorriones de Rulán, o quizás otros, regresan a la ventana. Durante unos segundos, con saltos diminutos, como antes lo fueron sus aleteos, buscan algo que no encuentran en la tierra de los cactus. Primero el macho. Después la hembra. Desaparecen.

sábado, diciembre 21

No necesitaba abrirlos para saber donde estaba

Ayer, de vuelta a casa desde el trabajo, en una de las pocas rectas que la carretera de montaña ofrece, de un salto desde la cuneta se apareció un corzo. Durante unos metros corrió a mi lado. Yo aminoré la velocidad para evitar atropellarlo si se cruzaba y el corzo se adelantó, corriendo ágil, sus pezuñas tocando apenas el asfalto, durante unos cien metros más, antes de desaparecer de nuevo en la maleza de la cuneta. Un animal dócil, pero salvaje, corriendo por una recta de asfalto en mitad de la montaña. Qué imagen tan bella. Pensé en Rebeca y en su vientre y en la línea aún cárdena que transversal la recorre. Pensé en Jero y en su sueño nunca interrumpido cuando por las mañanas, aún de madrugada, me despido de él y beso su frente. Cerré los ojos, apenas un instante. No necesitaba abrirlos para saber donde estaba.

                                                                 *

Rebeca grita para decir que no soy el mismo. Pega un portazo que convoca al silencio, un silencio que, de tan denso, resulta insoportable. Jero duerme, a pesar de todo. Hubiera querido preguntarle con qué yo me compara. No soy el mismo ¿Cuál? Y le daría la razón. Nadie es el mismo. Imposible no cambiar. Y creo que en realidad lo que Rebeca quería decir era que hemos cambiado de forma diferente y lo hemos hecho cada uno por nuestro lado, por nuestra cuenta y riesgo. Yo también podría decirle que no es la misma y pegar un portazo al cerrar la puerta de casa. Pero no es mi estilo. Yo soy más gota malaya. Ahora que, muy a mi pesar, soy el único que está despierto en casa, pienso que tendremos que hacer algo para volver al lugar en el que nos sentíamos seguros y empezar, de nuevo, a cambiar juntos. Si seguimos dando portazos y dejando que la gravedad nos venza con cadencia infinita, esta historia tendrá un final cerca del fuego o cerca de las cenizas. Entonces regreso a los días de verano encerrados en aquella habitación de la pensión del puerto de Ibiza, porque fue en ese momento cuando más cerca estuvimos el uno del otro, cuando nos cambiábamos sin oponer resistencia, es más, dichosos de hacerlo de ese modo. Nos moldeábamos, nos guiábamos, nos teníamos el uno al otro, nada más, el uno al otro y una habitación con ventanas a un patio interior en penumbra mientras afuera la ciudad ardía, los hombres se exhibían de la mano de mujeres que mostraban orgullosas sus tetas de silicona y el mar cambiaba con cada marea para no volver jamás a ser el mismo.

viernes, diciembre 13

Corro el riesgo de que esta historia se llene de despedidas


Probablemente aquí dentro esté todo lo que voy a echar de menos, dijo Ana antes de los postres. Rebeca contestó que no sabía cómo tomarse el que la comparara con un chipirón a la plancha o con un pedazo de tarta de nueces.
Después de cenar en Casa Zarracina nos despedimos con un par de besos y un abrazo. Olvidamos consejos inútiles de despedidas, pero Ana y Rebeca no pueden evitar las lágrimas. En Capua, envueltos por el frío del nordeste y el olor intenso de las algas en descomposición, nos separamos. Mientras Ana se aleja entre los coches, pienso que corro el riesgo de que esta historia se llene de despedidas.

*

Rebeca confiesa arrepentida haber leído sin permiso un poema que yo había dejado escrito en la pantalla del ordenador. Dice que leer sin permiso lo que escribo es horrible y que lo siente y que espera que no vuelva a suceder. Yo intento quitarle importancia, aunque la tiene. Pero me gusta que Rebeca lea lo que escribo. Y que lo haga sin permiso lo hace más interesante por furtivo. Me permite imaginármela. Me da una ventaja que no deseo, que no necesito, pero que no me incomoda. Todo. No tengo ningún secreto que ocultar, aunque guarde muchos. Comenzamos a besarnos en el sillón y volvemos, después de meses, a hacer el amor de noche, regresamos a lugares que permanecían deshabitados desde nuestra marcha. Y ese ruido tan triste que hacen dos cuerpos cuando se aman despierta a Jero. 
 
*

La cama huele a ella y mi cuerpo, antes de ducharme por la mañana, también. Me despido de los dos con un beso y conduzco despacio hacia el trabajo. Disfruto de la soledad y del silencio que me proporcionan el coche y el amanecer. Recupero sensaciones que había olvidado. Regreso a ella desnuda, dispuesta para la reconstrucción.
Apago el motor y me bajo del coche. Después de llenar el depósito le digo a la chica de la gasolinera que si puedo besarla y ella me mira con una cara extraña. Dice que no, da media vuelta y desaparece. No voy a dejar de luchar. No voy a olvidarlo.

sábado, diciembre 7

Toma, Jero, te regalo el mundo


Sebas cambia el decorado del escaparate. De rodillas, retira libros antiguos y coloca, sin mucho esmero, los de la nueva temporada, que acaba de recibir por correo. Pasa, el que me pediste está encima del mostrador. Yo no sé por qué son tan difíciles de encontrar las ediciones de bolsillo de los libros de Padura. Yo tampoco, contesto y me dirijo hacia donde Sebas indica, mientras pienso que hace unos días estuve hojeando la edición de bolsillo del libro de Padura que quería, La Neblina del Ayer, en la Casa del Libro.
Sebas se acerca. En las manos trae un balón de playa con el mapa del mundo dibujado en su superficie. Toma, Jero, te regalo el mundo. Sebas me mira, guiña un ojo y dice lo usaba como decorado en la estantería de libros de viajes, pero ya me he cansado de él, siempre acaba cayéndose al suelo. Jero atrapa el mundo con las dos manos, extendiendo bien los brazos para poder abarcarlo y me mira con los ojos grandes. Yo le acaricio la cabeza y sonrío. ¿Cuánto te debo, Sebas? Nada, contesta detrás del mostrador. Observo, colgadas en la pared, una fotografía de Hinault en las últimas rampas del Alpe d´Huez y otra de dos ciclistas que comparten un bidón de agua y a quienes no conozco. Mucho me temo que ya me has pagado el doble de lo que vale en cervezas. Sebas dirigie su mirada hacia donde se posa la mía y pregunta ¿quién de los tres murió de malaria a los cuarenta años? El de la fotografía de la izquierda es Hinault, el único de los de los tres que conozco. Y sé que aún está vivo. Los otros dos, ¿quiénes son? ¿Anquetil y Poulidor?. Sebas niega triste con la cabeza ¿Nos vemos esta noche en el Cantábrico?, pregunta cuando estoy a punto de salir por la puerta. Me temo que no, contesto. Rebeca trabaja.

sábado, noviembre 30

No pararíamos hasta encontrarnos


Durante un tiempo vivimos en ciudades separadas por cientos de kilómetros. Una vez, mientras hablábamos por teléfono, cogimos un mapa y elegimos al azar el número de una de las carreteras que unía ambas ciudades y nos pusimos en marcha. No pararíamos hasta encontrarnos. Supongo que la idea se nos ocurrió porque la teníamos guardada en algún rincón de la memoria cinematográfica o literaria.
Estaba anocheciendo cuando nos encontramos en una gasolinera a las afueras de un pueblo de montaña del que olvidé el nombre, aunque de esos días lo recuerdo todo. Alquilamos una habitación en el único hotel que había en el pueblo y encargamos en la cocina un par de bocadillos y unas cervezas. Cenamos sentados en un banco de piedra en la plaza del pueblo. Ya de madrugada, Rebeca dijo me estoy quedando helada y regresamos abrazados al hotel. Durante el camino, pensé en las palabras que, alguna vez leí, había dicho el subcomandante Marcos, eso de que sabrás que es la mujer de tu vida si cuando le dices que te duelen las muelas, se acerca y te abraza. Si no lo es, te mandará al dentista. Yo la abracé para quitarle el frío. No sé qué pensaría de eso el subcomandante Marcos. Ya en la habitación nos quitamos la ropa, apagamos la luz y tumbados en la cama compartimos un cigarrillo de marihuana. Sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos, a pesar de los mosquitos que invadían la habitación por la ventana abierta y nos asediaban.
Cuando desperté ya había salido el sol. Rebeca estaba sentada en el alféizar. Fumaba un cigarrillo y, pensativa, observaba la calle. Intenté no moverme para poder seguir mirándola, sin que ella se diera cuenta.
¿Cuánto tiempo llevas ahí? Nada. Acabo de despertarme, mentí. Me levanté y la besé en la espalda. Por encima de sus hombros pude ver la calle y más allá un viñedo y, a su lado, una piscina abandonada. Imaginé entonces que su piel era del color de los sarmientos. Y sus ojos del color del agua olvidada en las piscinas de invierno.

domingo, noviembre 24

Las complejas líneas imaginarias de pensamiento

Una de las complejas líneas imaginarias de pensamiento, que regresaron tras la llamada telefónica de mis padres, se enreda en las antenas erguidas sobre los viejos tejados del barrio cuando, a media tarde, me asomo por la única ventana de casa desde la que puedo ver el mar. Jero observa con curiosidad, tumbado en nuestra cama, el móvil de madera que le hemos comprado en el mercado esta mañana y Rebeca lee un libro de una escritora húngara que yo terminé la semana pasada. Me lo recomendó Sebas y me atrapó desde el principio. Está compuesto por tres partes que cuentan la misma historia, tres novelas diferentes reunidas en un libro. Dos son mentira y una es verdad. Pero, cuando terminas de leer las tres, no sabes cuál es la historia verdadera, que no real, porque las tres pueden ser fruto de la imaginación de la escritora húngara, y cuáles, por eliminación, las dos historias falsas. Me pareció un desarrollo muy original. Una línea de pensamiento simple y compleja a la vez. A Rebeca no le está gustando tanto. Dice que es por culpa del instinto maternal. Le hace sentir mal por la cosa más absurda. Si un niño sufre, ella lo hace también. Exageradamente.
            De un tiempo a esta parte, leemos libros que el otro ya ha leído. Se podría decir que hemos roto una regla no escrita que seguíamos desde que nos conocimos. Antes, cuando leíamos un libro que nos gustaba, se lo contábamos al otro hasta el final. Qué importaba, hay tantos libros que leer. Ahora leemos libros que el otro ya ha leído. Supongo que habrá influido el hecho de que la casa se nos está llenando de ellos y, probablemente, en las estanterías aguardan más no leídos que leídos. Y, por qué no decirlo, el hormigón de la rutina y de la convivencia que nos transforma poco a poco en seres más silenciosos y encorvados por el peso de líneas imaginarias de pensamiento que se enredan, como ésta, en las antenas de los tejados del barrio y que, a veces, gaviotas y palomas usan como reposaderos en sus vuelos y disputas de extrarradio.
            Una noche de invierno, de las primeras que salimos juntos, Rebeca me invitó a conocer su casa y, una vez allí, en la cocina me contó, entre besos y café, la historia de un libro de Murakami. Me gusta saber que nunca leeré ese libro porque ella me lo contó aquella noche. Después hicimos el amor despacio, me dijo que me quedara dentro, que no me moviera. Y nos mirábamos en la penumbra de madrugada, con las farolas dibujando espadas de luz en las paredes blancas de la habitación y yo pensaba en el gato que hablaba y en lo buena que era Rebeca contando historias. Y así también evitaba correrme.

 *

Llama Ana para decir que aceptó una oferta de trabajo de Médicos del Mundo y que se marcha a Birmania en un mes.



viernes, noviembre 15

Cambiamos nosotros, los libros no cambian.

Vuelvo a pensar en el tipo que reconocía a las actrices de cine porno sólo con verles el coño. Yo le preguntaba en qué te fijas. Qué sé yo, respondía, en un lunar, en un pliegue, en la manera de afeitarse el vello, en el modo en que se separa los labios. Descubro que me provoca la misma admiración que quien reconoce a los músicos que tocan jazz sólo con escucharlos. Recuerdo los días febriles y desordenados en los que leí Rayuela, días que, ahora lo sé, fueron los precisos para leer ese libro. Nunca antes y nunca después. Y sé que es así y que es cierto porque, si ahora lo rescato del polvo de la estantería y me siento a releerlo, pasados cinco minutos o seis páginas tengo que parar y preguntarme quién era yo cuando lo leí, por qué me enganchó de aquel modo, fogonazo de una luz naranja de tungsteno, mundo encendido. Qué tipo diferente a este que escribe. Cambiamos nosotros, los libros no cambian.
Días febriles. Días desordenados. Días en los que estaba loco o, simplemente, ya lo decía el tipo de los coños, qué sé yo, tal vez me fijaba demasiado en los detalles.

sábado, noviembre 9

Tristes, inocentes desordenadas gotas

Tal vez la vida sea esto: el hueso de la tristeza
rodeado de la pulpa jovial de sardinas asadas y cohetería.
Memoria de elefante, Antonio Lobo-Antunes


 
Rebeca dice que quiere pintar en fondo negro y lunares rojos una cafetera vieja que ya no usamos y después plantar un cactus en su interior. Jero despierta y se echa a llorar. Tal vez no soporta abrir los ojos y sentirse solo. Yo escribo el comienzo de muchas historias que, después, no sé cómo continuar. Todas terminan demasiado rápido. Sigo teniendo sueño, sigo estando un poco enganchado a nadar, a internet, a la pornografía. Me asusta descubrir que conozco el nombre de las actrices y buscar más videos de las que me gustan, descifrar si tienen las tetas operadas, un tatuaje en el ombligo o asombrarme con las que se lo hacen con varias pollas, casi nunca tíos completos, sin inmutarse, como quien sale a la compra o pasea por la orilla del mar al atardecer. Pienso en aquel tipo, compañero de residencia universitaria, que conocía a las actrices de cine para adultos, como le gustaba puntualizar, por el coño. No necesitaba ver nada más. Todavía no he llegado a eso, al menos. No creo que llegue.

*

Django Reinhardt, Chet Baker, Jhon Coltrane, Duke Ellington, Oscar Peterson, Stephan Grapelli, Tete Montoliú, Miles Davis, Santiago Biralbo.

*

Colocamos la vieja cafetera pintada en fondo negro y lunares amarillos, porque era la pintura que estaba de oferta, encima del piano. Y mientras, ayudado por la luz del sol, crece el cactus que Rebeca plantó en su interior, yo me sentaré cada tarde a tocar torpemente alguna de las partituras escritas en el cuaderno de fáciles que compré hace días en la tienda de instrumentos musicales que está cerca de la playa. Rebeca se acerca sigilosa, como la gata que es cuando quiere, me abraza por la espalda, se ríe de mí porque soy incapaz de acertar con las notas que deben pulsar armónicos los dedos de mi mano izquierda y dice la lluvia que golpea en los cristales de la ventana despertó a Jero. Todavía no ha cumplido dos meses y ya conoce el sonido de la lluvia que, tendrás que disculparme, escucha con atención, hoy suena bastante mejor que lo que tú estás tocando. Retiro las manos y las poso en mis rodillas. Sonrío resignado mientras escucho el golpeteo de las gotas de agua contra los cristales, tristes, inocentes desordenadas gotas que escribió Cortázar, y veo, a través de ellos, los geranios que planté en las jardineras el mes pasado, cimbreantes al viento que viene del mar, despeinados, como los besos de Rebeca, despojados de pétalos que reposan en la tierra húmeda y la tiñen de rosa, de rojo y de blanco. Y al descubrir la lluvia que se hace visible en los cristales, recuerdo la mañana del aguacero que Lucrecia, Sebas y yo pasamos en el barrio de Palermo de Buenos Aires fumando, escribiendo postales en las mesas de las cafeterías y entrando en las inmobiliarias con la firme intención de comprar entre los tres un piso en la zona y vivir todos los años un mes o dos en la ciudad. Qué mierda de vida preñada de sueños efervescentes. Y recuerdo ese viaje y lo radiante que estaba Lucrecia y lo perdidos que estábamos Sebas, que llegó un par de semanas después, y yo. Y pienso que la vida y la literatura tal vez sean lo mismo y tal vez sean esto: a partir de una vieja cafetera pintada en negro y amarillo con un cactus plantado en su interior, llegar hasta la ciudad de Buenos Aires seis años antes, cuando dos tipos sin rumbo se aferraban a la alegría y a la luz que irradiaba una mujer extraordinaria y no se querían soltar. Rebeca, grito desde el escritorio para que pueda oírme. ¿Qué pasa?, pregunta desde la cocina. Vámonos a Argentina.

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