sábado, agosto 29

Podíais iros todos a la mierda


Podíais iros todos a la mierda y dejarme ver
películas absurdas o leer los mapas
de ciudades oscuras, comprar un billete
de tren a la cuenca,
emborracharme, salir corriendo,
mirar durante horas como te desvistes,
solo el gesto de desabrocharte la falda
o el pantalón como un gif y después cenar
pescado al horno con puré de patatas

y encontrarnos por sorpresa en aquel bar
de la plaza donde cada tarde sonaba una canción de Los Ronaldos
o desayunar a media mañana con dolor de cabeza y de hombros,
nadar,
conducir hacia el norte, como escapando
de un sur que siempre nos atrapa,
verte sonreír,
saber que eres sincera,
abrazarte por el talle mientras paseamos
por la avenida, aunque llueva,
escribir, lo que sea, pero escribir todos los días,
convertirte en metáforas,

comprar el peso de tus brazos en fruta.

viernes, agosto 7

Otra historia de amor


La pangea como esta historia de amor y después
la creación de los continentes
por acción del movimiento imparable
de las capas que conforman la corteza terrestre.

Y nosotros ahí, mirándonos a los ojos,

yo, con los pies hundidos en la arena de alguna playa
cercana a Natal, tú,

en alguno de los barrios de la periferia en Douala.

lunes, agosto 3

Quimera

Tenía un perro al que puso por nombre Quimera.
Y aunque no tenía cabeza de león,
vientre de cabra, ni cola de dragón,
sino más bien era chico y feo; y aunque,
en vez de vomitar llamas,
emitía unos ladridos agudos e hirientes
que animaban a apartarlo de tu lado a patadas,
disfrutaba viéndolo correr por el parque y,
cuando se alejaba, poder gritar Quimera, ven aquí; Quimera vuelve,
como una especie de catarsis o de atrevimiento,
de conjura de planetas o equilibrio de estructuras
intangibles mediante el cual pudiera ocurrir
lo imposible, lo no posible (que no es igual), lo oculto,
lo impreciso, lo no verdadero.

Quimera regresaba a su lado, mansamente, bien domado,
agachaba su cabeza jamás leonina, se dejaba
acariciar el lomo a contrapelo, le temblaban
un poco los cuartos traseros y agitaba
con gracia la cola, animal sometido.
No te vayas lejos, Quimera, no te alejes demasiado,
le susurraba sin mirarle,

y el perro se tumbaba a sus pies,
ya algo cansado, de perseguir ardillas,
de olfatear aromas amargos de raíces y frutos purgantes,
de pisar la tierra húmeda y fría, tan distinta a las alfombras
que vestían los suelos de casa.

Mañana saldré a nombrarte de nuevo, pensaba él, de regreso.
Quimera, dócil, caminaba a su lado.

días

cuadernos