viernes, junio 27

Uno siempre vuelve a la tierra que de chico le raspó las rodillas


Qué difícil fue decirle al Turco que me marchaba. Sabía que no se lo iba a tomar bien. Pensaría que por su culpa yo hacía las maletas y me largaba de la ciudad.
Desde el mirador hasta los Reyes no dijimos una palabra y, al cruzar un paso de peatones, antes de entrar en lo de Pilar a tomar una caña, la última que ya es de noche y estoy cansado, dijo, le dije Turco, escúchame, el mes que viene me largo. ¿Pa siempre?, preguntó. Pa siempre, contesté sin atreverme a enfrentar sus ojos. ¿Y quién va a enseñarme a querer a la Trini, si nadie como tú la ha querido tanto? Querer a la Trini es muy fácil, Turco, a eso no hace falta que nadie te enseñe, le contesté cuando ya estábamos sentados. Se bebió la caña de un trago y pidió otra. Supe entonces que esa noche acabaríamos borrachos en La Estrella o en alguno de esos lugares oscuros, húmedos y templados del Sacromonte que pocos conocían y a los que el Turco acudía cuando el alcohol y la cocaína le ponían demasiado triste y buscaba alegría o demasiado violento y sólo en esas cuevas encontraba la calma. Pero vas a volver algún día ¿verdad, Gato?, me preguntó después, en algún momento de la madrugada, cuando ya no recuerdo dónde estábamos. Tú eres de aquí, de toda la vida. Uno no se va sin más. Uno siempre vuelve a la tierra que de chico le raspó las rodillas. No lo sé, Turco. Además, continuó, la Trini y yo ahora estamos muy felices juntos, pero esos vientos cambian, bien lo sabes tú. Igual mañana se le pone dejarme, como hizo contigo, y entonces tendrás que estar aquí para llevártela de nuevo, porque, si no, ya sabes como es, se va con cualquiera. El Turco tiene razón, pensé mientras le escuchaba decir aquí cantó una vez Morente. Cuentan que la gente lloraba como la Virgen.
Debían ser ya las cuatro o las cinco de la madrugada y recordé, no sé por qué, la pregunta que el Turco me había hecho cuando le dije que me marchaba de Granada. Turco, le contesté, va a ser mejor que no aprendas a quererla. ¿Por qué?, preguntó con una sonrisa de malicia en los labios. Porque, si aprendes, va a hacerte mucho daño. El Turco andaba ya muy colocado. Me miró con los ojos bien abiertos y las pupilas ensanchadas, chocó el cuello de su botella contra el de la mía y la elevó en el aire. Salud, compadre, brindó, lo que tú digas. 


a900kmdegranada.marzo2014.


viernes, junio 20

El afán, la dulzura y tus ojos





De espaldas al mismo mar,
la distancia dejó de doler hace tiempo.
No recuerdo.
El afán, la dulzura y tus ojos
permanecen.
Como permanece el salitre
en la arena húmeda
cuando las olas se retiran
gobernadas por la marea.

El resto se ha perdido. 

gijón.ayeroantesdeayer. 

sábado, junio 14

En tus manos aterrizan los aviones perdidos


Sólo Jandro sabía escribir. A su lado, los demás éramos luces apagadas. De Jandro eran cosas tan bellas como en tus manos aterrizan los aviones perdidos o las cigüeñas ya no emigran por el miedo de perderte. Cómo no íbamos a admirarlo. Cómo no iba a sentirse querido. Pero, claro, todos sabemos que las frases bonitas no construyen relatos, no generan novelas, no convierten poemas en declaraciones de amor o en epitafios. Y por eso Jandro no llegó a ser escritor. El resto de la clase, ya ves, párbulos retrasados a su lado, todos. Mal que bien, periodistas, críticos, un novelista de mil doscientos lectores, un premio de poesía en provincias, la subdirección de un periódico regional o nacional en alguna de las colonias, como Cosme, con su fantasía erótica de follarse negras convertida a estas alturas en costumbre. Pero Jandro, nada. Sólo frases bonitas. Como tengo tus ojos pintados en el cabecero de mi cama o la luna crece hasta explotar de envidia para no verte. 

Qué tristeza ver su foto esta mañana en las noticias, detenido después de participar en el atraco a un banco. Algo más gordo, algo más calvo; pero con esa melancolía de genio desubicado en los ojos que ya tenía cuando nos sentábamos en las escaleras de Anaya a fumar marihuana y veíamos como el sol se escondía detrás de la copa inalcanzable de la secuoya y de las agujas ambarinas de la catedral nueva. Jandro, le decía a veces para arrebatárselo al silencio, ¿en qué piensas? En quiénes seremos mañana, contestaba antes de darle una calada profunda al porro. 

salamanca.abril2014. 

viernes, junio 6

Las palabras son cosas pesadas



Ella dijo tengo el invierno metido dentro
y se hizo un silencio incómodo.
De nada sirvió que la casa
estuviera llena de libros
o que quedaran tantas cartas escritas
pendientes de enviar y sin leer.
Yo te quise lo más fuerte que pude,
con los ojos cerrados y los puños dispuestos.
Me hubiera partido la cara con cualquiera
a sabiendas de que cualquiera
me la hubiera partido; pero
para escribir un poema o para
dormir tranquilo,
hay que excavar muy hondo en la tierra,
hasta que duelan las uñas.
Las palabras son cosas pesadas.
Si los pájaros hablaran, no podrían volar.
Lo dijeron en la televisión y nosotros
permanecimos en silencio. 

cimavilla.mayo2014

 

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