Ángel tenía las manos grandes, demasiado grandes
para un cuerpo tan pequeño. Y pronunciaba ragby cuando se
refería a su deporte favorito. Tardé un tiempo en comprender que el
deporte que le gustaba ver por la televisión y practicar en el campo
era ese en el que treinta tipos persiguen un melón y se persiguen
entre ellos. Simplista, ya lo sé. Pero es que nunca me ha gustado el
deporte. Mi padre se empeñó durante años en que me aficionase al
fútbol. Y acabé odiándolo. El fútbol también.
Nos presentó su hermana, una porteña de ojos
verdes con la que me había acostado un par de veces, al poco de
llegar a Buenos Aires. Coincidimos en una fiesta que organizaban unos
amigos comunes en un pequeño apartamento de Recoleta y compartimos
unas cuantas cervezas y un par de porros. En un momento de la noche
Ángel dijo tarde o temprano, todos acaban acostándose con mi
hermana. Es repiola la mina. Puse ragby, repiola
y mina en el saco de las palabras incomprensibles y sentí que
ese comentario me convertía en nadie. Me ha pasado muchas veces en
la vida. Palabras que te convierten en nadie. Hasta yo me acosté con
ella, continuó Ángel. Pásame el porro, por favor, le contesté.
Otra noche, meses después, volvimos
a vernos en un boliche. De aquella ya llevaba casi un año en el país
y las palabras ragby, repiola, mina y boliche
habían abandonado el saco de las palabras incomprensibles. Ángel se
acercó y me ofreció extendida su enorme mano derecha. ¿Te acordás?
Soy el hermano de la mina con la que te encamaste un par de veces.
Sonreí. Ángel guiñó un ojo y dijo tengo memoria de elefante,
mientras con el dedo índice apuntaba a su cabeza. Siempre me resultó
curiosa esa expresión. ¿Quién coño obligó a un elefante a
memorizar, por ejemplo, qué sé yo, la alineación del Madrid, para
preguntársela semanas después y comprobar que la memoria de los
paquidermos es prodigiosa? Sacó un paquete de Camel del bolsillo
trasero del pantalón y me ofreció un cigarrillo. Lo rechacé.
Llevaba cinco semanas intentando dejar de fumar. Nos acercamos a la
barra en el intento de escapar de la música que los altoparlantes,
palabra ya comprensible a esas alturas, vomitaban a un volumen
exageradamente alto. ¿Tomás una copa?, me preguntó. De acuerdo,
contesté. Ángel dio media vuelta y se inclinó sobre la barra para
asegurarse de que la camarera le escuchaba. Yo miré a mi alrededor
durante unos segundos, oscuridad y luces brillantes, gente en
movimiento y gente quieta. Y sin saber por qué, en ese instante,
once nombres irrumpieron en mi cabeza como una manada de búfalos.
Buyo, Chendo, Camacho, Maceda, Sanchís, Gordillo, Butragueño,
Míchel, Hugo Sánchez, Martín Vázquez y Valdano.
montevideo.febrero2013.