sábado, agosto 4

carta de un soldado (III)

José entró en la garita y descubrió al sargento degollado y sentado en la silla donde le sorprendiera la muerte. Antes de poder reaccionar, una sombra detrás de la puerta le propinó un fuerte golpe de culata en la cabeza que ahogó el grito de alarma y le robó la consciencia. Cuando despertó, se descubrió atado de pies y manos junto a sus cinco compañeros de retén en el cuarto donde antes escribía, robándole horas al sueño, a la familia.
Les trataron con dureza pero con respeto. No hubo ninguna agresión gratuita ni ningún insulto. No fueron torturados. Los milicianos parecían nerviosos y hablaban poco. Pero decían cosas con la mirada. Cuando José cruzó la suya con la del que parecía estar al mando supo que iban a morir. Intentó decir algo para defenderse, pero un terrible dolor de cabeza y la sangre reseca que le acartonaba el rostro y la nuca le hicieron desistir. Quiso hablar con Ramiro, el más joven y al que todos cuidaban como un hijo, al ver el miedo de sus diecisiete años reflejado en los ojos aterrados, pero de las sombras, donde había permanecido hasta ahora escondido, apareció un joven alto y delgado que, mirándole fijamente a la vez que se quitaba la gorra, le dijo: guarda silencio, José.
Era Román. José agachó la cabeza abatido. Sentía el peso del mundo en el cuerpo y tenía tantas preguntas por hacer que enmudeció. Román había abandonado el pueblo hacía un año, cuando Mosén Martín, desde el púlpito, acusó a varios vecinos, entre ellos el padre de Román, de ser enemigos de Cristo. Pero José no imaginaba que la guerra le convertiría en su verdugo.
Haz que la carta llegue a mis padres, por favor, le pidió señalando con la cabeza el pliego inerte encima de la mesa donde José lo abandonara para comenzar la guardia. Román asintió gravemente. Después, los dos se comportaron como desconocidos. Nadie adivinaría que fueron más que hermanos.

Los fusilaron frente a la tapia trasera del cementerio. Fueron seis detonaciones secas que rasgaron el silencio virgen aún en la amanecida del cinco de agosto de mil novecientos treinta y seis. Después, dos de los soldados que habían disparado, vomitaron. Un gallo cantó.
No se cumplía el plazo mínimo de cuarenta y ocho horas desde el apresamiento que las leyes militares imponían; pero eran tiempos de guerra y sublevación, y se ordenó el ajusticiamiento para no demorar la partida de las milicias hacia la capital y engrosar así, cuanto antes, las tropas que defendían Madrid como gato panza arriba. El parte interceptado por los nacionales era un simple ardid republicano para hacer bajar la guardia al enemigo y poder atacar amparados en el alba y la sorpresa. Madrid estaba bien provisto de defensas, más ahora que se acercaban, desde los Pirineos, los voluntarios de las Brigadas Internacionales. Pero nunca estaban de más armas y manos compañeras que ayudaran en la defensa de la ciudad.

En el remolque de un viejo tractor confiscado para la causa, los cuerpos fueron trasladados hasta la iglesia que, adornada por dos nidos de cigüeña en la torre, dominaba el pueblo desde lo alto. Una vez allí, los finados fueron colocados en hilera sobre el frío suelo de enormes lajas alisadas por el tiempo apilado y los pasos repetidos. Junto a los seis militares debelados, se situaron los cadáveres del sargento, del dueño del tractor, que se había negado a prestarlo, y del párroco, asesinado la noche anterior. Cubiertos con mantas, allí aguardarían hasta la llegada de los familiares que quisieran identificarlos y llevarlos a casa para darles descanso bajo la tierra que habían conocido.

La noticia de la muerte de José cayó en la casa de sus padres como rayo sobre árbol vencido. Su padre se refugió en el campo. Su madre perdió el habla y se quedó sentada en la cocina, con la vista perdida más allá de la ventana por la que se colaba la luz viva del verano, y con una carta en las manos que en días no soltaría. Muchas lunas pasaron hasta que se oyeron de nuevo sus palabras.

José Pérez Fonseca, cabo de infantería de Toledo nº 26 enrolado en el ejército nacional al inicio de la Guerra Civil, fue asesinado por las milicias populares en Villacastín, provincia de Segovia, el 5 de agosto de 1936. Contaba 19 años de edad.

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