jueves, septiembre 13

dolor de corazón

Entra cojeando en la consulta y presiento que exagera. Dice buenos días, con tristeza, y respondo buenos días, con tristeza, para que la broma le arranque una sonrisa. Me mira dolida.
Los ojos arrugados y llorones me dan la clave. Nada grave le ocurre a su cuerpo.
Me duele mucho la rodilla, dice.
La exploro con atención, porque sé que en eso se fija mucho, y nada tiene.
No es nada, Eugenia. El tiempo.
Sí, el tiempo. Porque me duele mucho la cabeza y con el analgésico que me receta habitualmente, ya no se me pasa.
¿Quiere morfina? Bromeo de nuevo.
No sonríe.
Tómeme la tensión, doctor, porque siento palpitaciones. No quiero que me dé un infarto.
Trece, ocho, Eugenia, como siempre. Hay chavalas de diecinueve años más hipertensas que usted.
No me encuentro bien, doctor. Debe ser la gripe. Recéteme algo que me calme y me cure este catarro que me está entrando.
Cuando lo tenga dentro del todo, vuelve, y le prometo que se lo curo.
No se burle, dice, resentida. Quizá son los primeros síntomas del Alzheimer.
Ya me cansé de seguirle el juego. Cruzo los brazos en un gesto que revela paciencia, apoyo la espalda en la silla y le digo a los ojos:
Cuénteme qué le pasa, Eugenia.
Aparta la vista y se echa a llorar. Dejo que lo haga. No hay prisa y le vendrá bien.
Dos minutos después, entre sollozos aún, confiesa:
Ayer fue el día de la madre y estuve sola. Ninguno de mis cuatro hijos tuvo tiempo para venir a verme y, dos de ellos, ni tan siquiera llamaron.
Ahora, el que se pone sombrío soy yo. Olvidé llamar a mi madre.

aprendiz de dios.salamanca,junio2001

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