A finales del seis ellos descubrieron el secreto, pero hacía demasiado frío en las montañas como para bañarnos desnudos en la playa que estaba al lado de casa. Sería el primer diciembre en años que nos mantendríamos secos y sin tiritar. Si alguno de nosotros tembló, debió ser por el miedo. Durante el día comprábamos fruta y dulce de leche en el mercado de la rambla, dormíamos la siesta sin sexo y, al atardecer, fumábamos un cigarrillo que San liaba torpemente con el papel y la hierba que la mujer más alta del mundo nos regalaba. Dejábamos después que la noche diluyera en nuestra sangre el efecto de la droga, nos duchábamos raudos y alegres salíamos a la calle a cerrar algún bar del puerto. A ellos no les gustaba el pescado y a mí me encantaban los ojos de la camarera; pero nunca me atreví a decirle una sola palabra, ni a pedirle un plato, un tenedor, otra cerveza o la cuenta. Temblaba, no por frío ni por miedo, de pensar que sus ojos se fijaran en los míos. A veces nos daban las tantas, tantas que la mayoría de los bares de la playa, cansados de esperarnos, cerraban las puertas y se despedían de los borrachos durmientes en las hamacas. Cuando vengan éstos, decidles que no son horas, les gritaban.
Si San decía la palabra clave, salíamos corriendo y nos íbamos sin pagar y saltábamos las tapias y llegábamos hasta los acantilados un poco azumbrados y un poco disneicos. La primera noche la rubia perdió el sombrero, la segunda la nena la falda. Agotados fondeábamos en las playas, guiados por el fuego azul de las hogueras encendidas por los borrachos durmientes que no tenían más que las hamacas donde caerse muertos y tenían frío. Nos decían no son horas y compartían con nosotros lo poco o mucho del vino que les quedara en las botellas. Justo antes del amanecer, San se disfrazaba con una capa negra y un bombín de terciopelo rojo y, tras los aplausos que le brindábamos, con la voz ronca y las manos abiertas como palomas de plazas mayores al revuelo de migas de pan, nos contaba una historia de miedo, cada noche distinta pero con el mismo final hasta que, tras los primeros rayos del sol, borrachos durmientes y mendigos, el vientre dolorido de tanta risa, sin miedo, sin frío, sin falda, sobre las hamacas o entre la arena nos quedábamos dormidos.
Si San decía la palabra clave, salíamos corriendo y nos íbamos sin pagar y saltábamos las tapias y llegábamos hasta los acantilados un poco azumbrados y un poco disneicos. La primera noche la rubia perdió el sombrero, la segunda la nena la falda. Agotados fondeábamos en las playas, guiados por el fuego azul de las hogueras encendidas por los borrachos durmientes que no tenían más que las hamacas donde caerse muertos y tenían frío. Nos decían no son horas y compartían con nosotros lo poco o mucho del vino que les quedara en las botellas. Justo antes del amanecer, San se disfrazaba con una capa negra y un bombín de terciopelo rojo y, tras los aplausos que le brindábamos, con la voz ronca y las manos abiertas como palomas de plazas mayores al revuelo de migas de pan, nos contaba una historia de miedo, cada noche distinta pero con el mismo final hasta que, tras los primeros rayos del sol, borrachos durmientes y mendigos, el vientre dolorido de tanta risa, sin miedo, sin frío, sin falda, sobre las hamacas o entre la arena nos quedábamos dormidos.
gijón.febrero2010
1 comentario:
La mujer más alta. ¿Del mundo?JA!
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