sábado, junio 11

Segundo principio. Principio de dinámica clásica.


Todas las mañanas Adán se levantaba a las seis y media y, después de desayunar un café con leche y el zumo de un limón con una cucharada de azúcar no totalmente disuelta, caminaba hasta la estación de tren que gobernaba las afueras de la ciudad. Una vez allí, en el quiosco que levantaron en el mismo centro del edificio, bajo una claraboya que convertía la luz del sol en un haz tamizado de color verde por el que Adán imaginaba que descenderían, deslizándose por cabos de seis metros, las tropas de élite cuando los rebeldes liberaran la ciudad, compraba el periódico del día anterior,
            es más barato y, aunque no lo parezca, el mundo no va tan rápido, decía,
se sentaba en uno de los bancos vacíos que ocupaban el andén número cinco y aguardaba paciente la salida del tren que se dirigía al mar. Cuando perdía de vista en el horizonte la parte trasera del último vagón, doblaba el periódico por la mitad y lo posaba en el banco, se ponía en pie y regresaba a casa.
           
Algunas mañanas llegaba al andén número cinco y el periódico de antes de ayer permanecía en el mismo lugar donde lo había dejado.

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