Todas las mañanas
Adán se levantaba a las seis y media y, después de desayunar un café con leche
y el zumo de un limón con una cucharada de azúcar no totalmente disuelta,
caminaba hasta la estación de tren que gobernaba las afueras de la ciudad. Una
vez allí, en el quiosco que levantaron en el mismo centro del edificio, bajo una
claraboya que convertía la luz del sol en un haz tamizado de color verde por el
que Adán imaginaba que descenderían, deslizándose por cabos de seis metros, las
tropas de élite cuando los rebeldes liberaran la ciudad, compraba el periódico
del día anterior,
es más barato y, aunque no lo
parezca, el mundo no va tan rápido, decía,
se sentaba en uno de los bancos
vacíos que ocupaban el andén número cinco y aguardaba paciente la salida del
tren que se dirigía al mar. Cuando perdía de vista en el horizonte la parte
trasera del último vagón, doblaba el periódico por la mitad y lo posaba en el
banco, se ponía en pie y regresaba a casa.
Algunas
mañanas llegaba al andén número cinco y el periódico de antes de ayer
permanecía en el mismo lugar donde lo había dejado.
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