Te pediría que
te fueras de casa, si alguna vez estuvieras dentro. Como nunca es así, al menos
nunca cuando las niñas y yo estamos despiertas, tengo que decírtelo por
teléfono. Voy a pedir el divorcio, Andrés. Esto ya no tiene ningún sentido.
No por esperado fue menos doloroso.
Rosaura cerró los ojos y se mordió el labio superior. Pasados unos segundos,
rompió el silencio que Teresa se empeñaba en mantener al otro lado del
teléfono.
Está bien, como quieras. Por mi
parte, no tendrás ningún problema.
De acuerdo, contestó ella.
Las palabras quebradas, la voz
sorda, el lugar inhabitado al que hubo un tiempo en que pensaron jamás
llegarían, ellos dos no, tal vez los otros que no se aman como nosotros lo
hacemos. El lugar inhabitado que ahora era de los dos, el más común, en el que
se sentían resignados y, de tan resignados, ya cómodos. Lo único que realmente,
desde hacía ya mucho tiempo, compartían.
¿Desde
cuándo?, pensó.
Escuchó
un sollozo que su mujer intentó ocultar hablando de nuevo.
Una
cosa más, Andrés. Las niñas se quedan conmigo y en este punto no admito
discusión. Si quieres ir por las bravas, prepárate para dejarte el sueldo en
abogados. Podrás verlas cuando ellas quieran.
Rosaura,
manso, no contestó.
No
tengo prisa, prosiguió Teresa, pero estaría bien que, dentro de dos semanas,
tus cosas ya no estén en casa.
Rosaura
pensó en las niñas, de once y siete años, en sus hijas, a pesar de lo extraño
que se sentía en ocasiones cuando le llamaban papá, de lo lejos que estaban a
menudo, de lo difícil que le resultó siempre acercarse a ellas, aprender a
mostrarse, a pesar de ese amor que sabía sentía por ambas y que en demasiadas
ocasiones, desde el nacimiento de la mayor, había sido un amor doloroso, feroz,
un amor como un miedo invencible, él, que conocía probablemente lo más oscuro y
venenoso de los hombres y sus vidas, a que algo terrible les pudiera suceder.
Te
dejo. Tengo guardia.
Rosaura,
rendido y sin palabras, colgó.
Una semana
después de la conversación telefónica, aprovechó los dos días de ausencia de
las tres, que le brindó una excursión a la montaña, para borrar todo aquello
que le nombraba en la casa de Santa Doradía, el piso que compraron dos años
después de casarse, empujados y ayudados por los padres de Teresa, que
anhelaban un futuro cerca de su hija y de la nieta que crecía en su vientre y a las que querían
proteger, en parte, de un marido y de un padre demasiado tiempo ausente
acechando a los malos, como decía el padre de Teresa con el poso del desprecio
sordo con el que siempre trató a Rosaura.
Lo hizo de un modo automático,
inerte, aséptico. No se paró un segundo, ni a pensar ni a descansar, ayudado
por las cervezas y por la marihuana que decidió beber y fumar antes de
enfrentarse a un presente que se convertiría en pasado demasiado rápido.
Si
ahora lo intenta, le resulta difícil recordar con claridad esos dos días. Y no
lo intenta.
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