viernes, diciembre 23

Séptimo principio. Principio de ductilidad.

             Te pediría que te fueras de casa, si alguna vez estuvieras dentro. Como nunca es así, al menos nunca cuando las niñas y yo estamos despiertas, tengo que decírtelo por teléfono. Voy a pedir el divorcio, Andrés. Esto ya no tiene ningún sentido.
            No por esperado fue menos doloroso. Rosaura cerró los ojos y se mordió el labio superior. Pasados unos segundos, rompió el silencio que Teresa se empeñaba en mantener al otro lado del teléfono.
            Está bien, como quieras. Por mi parte, no tendrás ningún problema.
            De acuerdo, contestó ella.
            Las palabras quebradas, la voz sorda, el lugar inhabitado al que hubo un tiempo en que pensaron jamás llegarían, ellos dos no, tal vez los otros que no se aman como nosotros lo hacemos. El lugar inhabitado que ahora era de los dos, el más común, en el que se sentían resignados y, de tan resignados, ya cómodos. Lo único que realmente, desde hacía ya mucho tiempo, compartían.              
            ¿Desde cuándo?, pensó.
Escuchó un sollozo que su mujer intentó ocultar hablando de nuevo.
Una cosa más, Andrés. Las niñas se quedan conmigo y en este punto no admito discusión. Si quieres ir por las bravas, prepárate para dejarte el sueldo en abogados. Podrás verlas cuando ellas quieran.
Rosaura, manso, no contestó.
No tengo prisa, prosiguió Teresa, pero estaría bien que, dentro de dos semanas, tus cosas ya no estén en casa.
Rosaura pensó en las niñas, de once y siete años, en sus hijas, a pesar de lo extraño que se sentía en ocasiones cuando le llamaban papá, de lo lejos que estaban a menudo, de lo difícil que le resultó siempre acercarse a ellas, aprender a mostrarse, a pesar de ese amor que sabía sentía por ambas y que en demasiadas ocasiones, desde el nacimiento de la mayor, había sido un amor doloroso, feroz, un amor como un miedo invencible, él, que conocía probablemente lo más oscuro y venenoso de los hombres y sus vidas, a que algo terrible les pudiera suceder.
Te dejo. Tengo guardia.
Rosaura, rendido y sin palabras, colgó.
           
Una semana después de la conversación telefónica, aprovechó los dos días de ausencia de las tres, que le brindó una excursión a la montaña, para borrar todo aquello que le nombraba en la casa de Santa Doradía, el piso que compraron dos años después de casarse, empujados y ayudados por los padres de Teresa, que anhelaban un futuro cerca de su hija y de la nieta que  crecía en su vientre y a las que querían proteger, en parte, de un marido y de un padre demasiado tiempo ausente acechando a los malos, como decía el padre de Teresa con el poso del desprecio sordo con el que siempre trató a Rosaura.
            Lo hizo de un modo automático, inerte, aséptico. No se paró un segundo, ni a pensar ni a descansar, ayudado por las cervezas y por la marihuana que decidió beber y fumar antes de enfrentarse a un presente que se convertiría en pasado demasiado rápido.
Si ahora lo intenta, le resulta difícil recordar con claridad esos dos días. Y no lo intenta.

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