Cuando ya no quede de esta ciudad más que el viento que recorre sus calles desiertas durante la madrugada, en algún otro lugar, a cientos de días de lo que ahora somos, quedarán nuestras manos, las cuatro, y el sonido de un acordeón y un par de cervezas.
No lo creo, contestó ella. No quedará nada.
gijón.enero2010.
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