domingo, julio 13

Será que los perros muertos no suben a los tejados


Acaban de matarme. Estaba recogiendo flores en el jardín. Cuando me he incorporado, con dificultad porque llevaba un rato agachado arrancando nomeolvides, dos tipos, uno alto, gordo, de manos grandes, brazos largos y ojos negros y pequeños que no decían nada y otro más bajo, aunque también más alto que yo, con barba descuidada, ojos verdes asustados y piel clara, me miraban en silencio.
¿Quiénes son ustedes?, he preguntado. Su repuesta ha sido una bala de gran calibre que ha atravesado el corazón y, fracturando el omóplato izquierdo, ha salido de mi cuerpo para empotrarse contra el estuco del muro trasero del jardín. La docena de nomeolvides que llenaba mis manos ha descrito doce tirabuzones erráticos en el aire hasta posarse en el suelo como una alfombra de muerte sobre la que mi cuerpo, ya sin vida por falta de riego sanguíneo, ha caído en una postura extraña de miembros grotescamente flexionados. El gordo ha guardado el arma en una cartuchera que colgaba del cinturón, el bajo ha mirado como lo hacía, los dos se han dado media vuelta y se han largado.
Un ser traslúcido se ha arrodillado a mi lado, ha leído mi nombre, que estaba escrito en una pequeña libreta que ha sacado del bolsillo de la chaqueta, y me ha dicho que tenía quince minutos antes de adentrarme en la eternidad y que llevaría mi alma al tejado, que es el lugar donde los que acaban de morir permanecen en tránsito a la nada y desde el que pueden ver con claridad el escenario de su muerte. Me quedan, calculo, menos de tres. Aguardo a que mi mujer, a la que dejé pintándose las uñas de los pies de rojo en el salón, salga corriendo y a los gritos hacia donde mi cuerpo sobre los nomeolvides pierde poco a poco su color. Escuchaba un disco de Rocío Jurado a un volumen demasiado alto, así es que es posible que no haya oído el disparo. Acabo de descubrir por qué los perros no atacaron a mi asesino y a su cómplice. También están muertos. Aunque no les veo por aquí. Será que los perros muertos no suben a los tejados. Un momento: mi mujer sale de casa, en la mano derecha lleva un cigarrillo, juraría que dejó el hábito hace años, y un cuenco con fresas en la izquierda. Se acerca hasta mi cuerpo, pone un pie sobre mi pecho, sonríe y me echa la ceniza en la cara. Hijadelagr... 

gijon.diciembre2013. 

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