Acaban de matarme. Estaba recogiendo
flores en el jardín. Cuando me he incorporado, con dificultad porque
llevaba un rato agachado arrancando nomeolvides, dos tipos, uno alto,
gordo, de manos grandes, brazos largos y ojos negros y pequeños que
no decían nada y otro más bajo, aunque también más alto que yo,
con barba descuidada, ojos verdes asustados y piel clara, me miraban
en silencio.
¿Quiénes son ustedes?, he
preguntado. Su repuesta ha sido una bala de gran calibre que ha
atravesado el corazón y, fracturando el omóplato izquierdo, ha
salido de mi cuerpo para empotrarse contra el estuco del muro trasero
del jardín. La docena de nomeolvides que llenaba mis manos ha
descrito doce tirabuzones erráticos en el aire hasta posarse en el
suelo como una alfombra de muerte sobre la que mi cuerpo, ya sin vida
por falta de riego sanguíneo, ha caído en una postura extraña de
miembros grotescamente flexionados. El gordo ha guardado el arma en
una cartuchera que colgaba del cinturón, el bajo ha mirado como lo
hacía, los dos se han dado media vuelta y se han largado.
Un
ser traslúcido se ha arrodillado a mi lado, ha leído mi nombre, que
estaba escrito en una pequeña libreta que ha sacado del bolsillo de
la chaqueta, y me ha dicho que tenía quince minutos antes de
adentrarme en la eternidad y que llevaría mi alma al tejado, que es
el lugar donde los que acaban de morir permanecen en tránsito a la
nada y desde el que pueden ver con claridad el escenario de su
muerte. Me quedan, calculo, menos de tres. Aguardo a que mi mujer, a
la que dejé pintándose las uñas de los pies de rojo en el salón,
salga corriendo y a los gritos hacia donde mi cuerpo sobre los
nomeolvides pierde poco a poco su color. Escuchaba un disco de Rocío
Jurado a un volumen demasiado alto, así es que es posible que no
haya oído el disparo. Acabo de descubrir por qué los perros no
atacaron a mi asesino y a su cómplice. También están muertos.
Aunque no les veo por aquí. Será que los perros muertos no suben a
los tejados. Un momento: mi mujer sale de casa, en la mano derecha
lleva un cigarrillo, juraría que dejó el hábito hace años, y un
cuenco con fresas en la izquierda. Se acerca hasta mi cuerpo, pone un
pie sobre mi pecho, sonríe y me echa la ceniza en la cara.
Hijadelagr...
gijon.diciembre2013.
No hay comentarios:
Publicar un comentario