domingo, junio 5

Nada nunca es como la primera vez


Trabajo en una tierra habitada por una estirpe que se extingue, una raza que se ahoga, unos seres cuyo legado de siglos se desvanece lentamente cada vez que uno de ellos, de madrugada, muere o es trasladado al hospital en ambulancia, de donde no siempre regresan vivos. Y, cuando lo hacen, ya nunca son los mismos. No mueven la parte derecha del cuerpo o respirar tienen que hacerlo consciente, se mean encima, no comen, no hablan. Gastan noviembre mirando fijamente al techo de la habitación pero no ven nada. Y todo esto me hace recordar al señor de anteojos en un kiosquito de madera que vendía cervezas y maníes, maníes realmente extraordinarios, cuando le dijo a un escritor argentino, pelado y de bigote frondoso: nada nunca es como la primera vez, cuando no lo esperabas.

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