miércoles, septiembre 7

Morir con las zapatillas de estar en casa puestas

Natalia tiene noventa y un años y vive sola en una casa que tiene más de trescientos. En la habitación en la que duerme nació su abuela, su padre, seis tíos y sus ocho hijos, uno de ellos muerto. Hace treinta años vivían doce personas en la casa. Todos se fueron marchando, unos camino de la ciudad y otros del cementerio. El tiempo desgoznó las ventanas y los marcos de las puertas, abofó las paredes y combó la madera de techos y suelos. Por las rendijas de la casa, como una mano en forma de cuenco por cuyos dedos se escapa el agua, el frío del invierno o el calor untuoso del verano anuncian su llegada al valle. Natalia pasa las horas sentada en la cocina frente al fuego. Saluda con tristeza el paso de las estaciones y aguarda paciente la visita semanal de un sobrino que marchó a la ciudad hace unos meses en busca de trabajo. Natalia huele a orín y a humo, a halitosis de dientes podridos y a sudor rancio. Camina con ayuda de dos bastones o de un bastón y la pared o el borde de los muebles. La artrosis ha deformado por completo los dedos de sus manos. La micosis, las uñas. El corazón, de tan fatigado, ya no puede remover la sangre de las piernas, que se hinchan hasta impedirle calzarse los zapatos y salir de casa. Morirá con las zapatillas de estar en casa puestas. Dice tengo yo más miedo a la noche que el que tenía mi padre a los rojos. Dice no hay miseria comparable a esperar la muerte en silencio y sola. Dice no me abandone usted también, doctor. No me abandone y venga a verme de vez en cuando. 

En la forma de ser y de estar con el paciente, yo me siento mucho más cerca del trabajador social o de la psicóloga que de la nefróloga o del cardiólogo. (Gael Rubiralta. El médico poliédrico y otros disfraces. Ed. Txalapa. México D.F. 2010).

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