Daniel dice visvaporús, entorrino y coldesterol, viste siempre jersey azul de cuello alto, americana de pata de gallo y pantalones de pana negra, peina su escaso pelo con la raya al medio y huele a Agua Brava en el cuello y a jabón lagarto en las axilas. Acude dos veces al mes a tomarse la tensión y a medirse el azúcar. Cuando la enfermera le pincha el pulpejo del dedo, mira al techo y exclama: no sufras, reina, no duele. La enfermera no sabe si la reina es ella; pero sospecha que es él. Después Daniel entra en la consulta del médico y le cuenta que no puede dormir, que no sabe hacer dieta y que no se le levanta desde los días de Marta Sánchez en la portada de la Interviú. El médico le da largas y a Daniel parece bastarle con repetir dos veces al mes las mismas penas. Se podría decir que ninguno de los dos toma demasiado en serio al otro. Pero esta mañana, cuando ha sonado el teléfono de la consulta y el médico ha escuchado la voz entrecortada de Daniel que decía llevo toda la noche respirando mal y creo que necesito instaladores, el médico ha dejado lo que estaba haciendo y ha salido corriendo camino del domicilio.
Las palabras son fruto de una negociación. Las acepto, esté o no de acuerdo con ellas, si me sirven para comunicarme con quien yo quiero. Uno rompe esa negociación cuando no quiere ser entendido. Expertos en esto último son los médicos, cuando hablan de éxitus o de incremento de riesgo cardiovascular, y los políticos, que dicen movilidad exterior o desaceleración. (Reinhard Cornwell. La tristeza de las noches de guardia. Ed. Oxford. Londres. 2009).
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