Sé muy bien
cómo resistir el asedio
y fingir
que no sucede nada,
mantener a raya
las ganas de acariciarte
por el cuello,
aunque se caigan los balcones,
escuchar impasible
la letra de ciertas canciones,
ver aviones despegar,
mirar por la ventana
mientras friegas,
repetir un número
incalculable de veces
al día: todo está bien,
todo está bien,
todo va a estar bien.
Y sentir que ha llegado ya
ese (puto) momento
en el que, a pesar de todo,
prefiero que te vayas.
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