Es cierto el incendio.
Y es cierta la noche,
me dices.
Pongo encima de la mesa
los tiques arrugados
que se acumulan
en mis bolsillos.
Me gustaría escribir
de otra manera,
te digo,
palabras que sean queroseno
para apagar el incendio,
frío con el que iluminar
la noche.
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