Sentado en un banco del parque
mientras A., de pie al lado de un columpio,
le pregunta a un niño si puede jugar
con él. Un hidroavión vuela por encima
de nosotros en descenso hacia el mar
para llenarse las tripas y apagar el incendio,
algún incendio. Sentada junto a mí,
una mujer vestida con ropa deportiva
ajustada grita ¡chocolatina! y, de entre
los arbustos, aparece un pequeño
perro escuálido y marrón de ojos saltones
y orejas puntiagudas. Caigo en la cuenta
de que hace horas espero la respuesta
al mensaje que, al fin después de días,
me decidí a escribirte esta mañana.
Para apagar el incendio. Algún incendio.
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