Una silueta de hombre, trazo negro acaso perfilado en el horizonte, lentamente empequeñece. Su mano izquierda, borrosa ya en la distancia, empuña el arma. Silencio en las calles colmadas de viento. La figura del hombre se funde con la línea del horizonte inalcanzable y los colores, entonces, dejan atrás el invierno...
... sombras pintadas por el sol, adormiladas tras las esquinas del barrio aún no construido. Cientos de pasos de rumbo incierto componen melodías: tam, tam, tam-tam. En el cielo afectado, nubes acompasadas al caer de los minutos. Tiempo presente en que, de repente, el quejido de un violín asombra la tarde.
En las aceras de la ciudad aún dormida, sólo el umbral de un piso bajo permanece vivo. Danza de un fuego tiempo atrás avivado. Con parsimonia, entre rutina y sortilegio, manos amasan el nuevo maná blanco, polvo de las alas de un ángel caído. Levadura que lo torna dorado y esponja. Valentina escucha y siente erizada la piel de sus brazos, cansados ya de amasar el manjar que nace de la tierra y del sol. A lo lejos, se escucha un violín sollozar.
Si el amor tuviera ojos sería con los que él la mira mientras le dice, en su idioma: un pan de cuarto. Le gusta observar el movimiento diminuto de sus pies sin alas, la dulce expresión de las manos al tocar el pan o al recibir las monedas del cambio, lágrimas doradas que dibujan el río de la vida común entre los dos, un hilo de oro que va y vuelve, que va y vuelve, que va...
... si el amor tuviera ojos sería con los que ella le mira mientras le dice, en su idioma: la vuelta, señor. Dimitri contesta gracias, ruborizado, aguantando la mirada antes de agachar la cabeza y posar los ojos en la palma de su mano, donde descansa ese pequeño tesoro, luces doradas que antes acariciaron la piel de Valentina y ahora están en su poder. Las siente en el bolso del viejo pantalón de fieltro, por encima del aire, entre sus pasos de vuelta a casa.
oviedo.enero2001
... sombras pintadas por el sol, adormiladas tras las esquinas del barrio aún no construido. Cientos de pasos de rumbo incierto componen melodías: tam, tam, tam-tam. En el cielo afectado, nubes acompasadas al caer de los minutos. Tiempo presente en que, de repente, el quejido de un violín asombra la tarde.
En las aceras de la ciudad aún dormida, sólo el umbral de un piso bajo permanece vivo. Danza de un fuego tiempo atrás avivado. Con parsimonia, entre rutina y sortilegio, manos amasan el nuevo maná blanco, polvo de las alas de un ángel caído. Levadura que lo torna dorado y esponja. Valentina escucha y siente erizada la piel de sus brazos, cansados ya de amasar el manjar que nace de la tierra y del sol. A lo lejos, se escucha un violín sollozar.
Si el amor tuviera ojos sería con los que él la mira mientras le dice, en su idioma: un pan de cuarto. Le gusta observar el movimiento diminuto de sus pies sin alas, la dulce expresión de las manos al tocar el pan o al recibir las monedas del cambio, lágrimas doradas que dibujan el río de la vida común entre los dos, un hilo de oro que va y vuelve, que va y vuelve, que va...
... si el amor tuviera ojos sería con los que ella le mira mientras le dice, en su idioma: la vuelta, señor. Dimitri contesta gracias, ruborizado, aguantando la mirada antes de agachar la cabeza y posar los ojos en la palma de su mano, donde descansa ese pequeño tesoro, luces doradas que antes acariciaron la piel de Valentina y ahora están en su poder. Las siente en el bolso del viejo pantalón de fieltro, por encima del aire, entre sus pasos de vuelta a casa.
oviedo.enero2001
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