viernes, abril 18

El viaje del colombiano



Uno pasa el día atento a las noticias y no sucede nada. Y cuando se despista ocurre lo que de verdad es importante. Como la caída de las torres gemelas, el fichaje de Gasol por los Lakers o la muerte de García Márquez.
MUERE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ leo en gran titular en la pantalla del ordenador y me siento un poco triste, un poco solo (claro) y un tanto resignado. No creo ser viejo aún, y menos formando parte de esta generación de niños-padres, de adolescentes cuarentones, de piterpanes en zapatillas deportivas; pero en estos últimos años me he ido acostumbrado a que algunas personas a las que admiro se vayan a Nueva York, que es la ciudad donde García Márquez ha ido a reunirse con sus amigos. 
Fue enterarme del viaje del colombiano y acordarme de Lucrecia, de un compañero de residencia universitaria y de Sebas, por orden cronológico. 
Lucrecia, porque en esas largas conversaciones sobre libros, discos, viajes y futuros inciertos que en el pasado mantuvimos, siempre, en un momento u otro, al despedirnos, al pedir la segunda o al sentarnos en las escaleras de la plaza, acabábamos recordando el día remoto en que el padre de Aureliano Buendía le llevó a conocer el hielo. 
El compañero sin nombre, porque todos los años ganaba el concurso de relato de la residencia universitaria en la que convivíamos escribiendo historias de realismo mágico tan de García Márquez que si, al final de la lectura pública que formaba parte del premio, hubiera dicho que eran fragmentos de El amor en los tiempos del cólera, los presentes no hubiéramos dudado un instante. Hace muchos años que no sé nada de este compañero del que olvidé un nombre que, por otra parte, tal vez no supe nunca. Sólo espero que la noticia de la muerte de García Márquez no le empuje a la depresión o a la desesperanza. Tiene que ser difícil leer la noticia de la muerte de una persona y darte cuenta, al mismo tiempo, de que te mueres tú también un poco. 
Y Sebas, porque me la ha jugado montándose en un avión que aterrizó ayer en Praga, como yo se la jugué durmiendo en un tren que llegó al amanecer a la estación de Chiang Mai mientras a cientos de kilómetros de allí Delibes, como hoy García Márquez, se marchaba a Nueva York. Y esta distancia, de tiempo y de espacio, impide que podamos salir esta noche a brindar por el coronel y por el patriarca, como lo hubiéramos hecho aquella vez por Mario, por el hereje o por las ratas, hasta estar lo suficientemente borrachos como para recorrer el muro a pasos lentos que no seguirían una línea recta y enfrentarnos sin miedo al mar, al frío, al amanecer, a la distancia, al espacio y al paso del tiempo que es la vida que sucede, a nuestro pesar, estemos o no atentos.  

gijón.desayunando.hoy

días

cuadernos