Uno pasa el día atento a las noticias y
no sucede nada. Y cuando se despista ocurre lo que de verdad es importante.
Como la caída de las torres gemelas, el fichaje de Gasol por los Lakers o la
muerte de García Márquez.
MUERE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ leo en
gran titular en la pantalla del ordenador y me siento un poco triste, un poco solo
(claro) y un tanto resignado. No creo ser viejo aún, y menos formando parte de
esta generación de niños-padres, de adolescentes cuarentones, de piterpanes en
zapatillas deportivas; pero en estos últimos años me he ido acostumbrado a que
algunas personas a las que admiro se vayan a Nueva York, que es la ciudad donde
García Márquez ha ido a reunirse con sus amigos.
Fue enterarme del viaje del colombiano y acordarme de Lucrecia, de un compañero de residencia universitaria y de Sebas, por orden cronológico.
Lucrecia, porque en esas largas conversaciones sobre libros, discos, viajes y futuros inciertos que en el pasado mantuvimos, siempre, en un momento u otro, al despedirnos, al pedir la segunda o al sentarnos en las escaleras de la plaza, acabábamos recordando el día remoto en que el padre de Aureliano Buendía le llevó a conocer el hielo.
El compañero sin nombre, porque todos los años ganaba el concurso de relato de la residencia universitaria en la que convivíamos escribiendo historias de realismo mágico tan de García Márquez que si, al final de la lectura pública que formaba parte del premio, hubiera dicho que eran fragmentos de El amor en los tiempos del cólera, los presentes no hubiéramos dudado un instante. Hace muchos años que no sé nada de este compañero del que olvidé un nombre que, por otra parte, tal vez no supe nunca. Sólo espero que la noticia de la muerte de García Márquez no le empuje a la depresión o a la desesperanza. Tiene que ser difícil leer la noticia de la muerte de una persona y darte cuenta, al mismo tiempo, de que te mueres tú también un poco.
Y Sebas, porque me la ha jugado montándose en un avión que aterrizó ayer en Praga, como yo se la jugué durmiendo en un tren que llegó al amanecer a la estación de Chiang Mai mientras a cientos de kilómetros de allí Delibes, como hoy García Márquez, se marchaba a Nueva York. Y esta distancia, de tiempo y de espacio, impide que podamos salir esta noche a brindar por el coronel y por el patriarca, como lo hubiéramos hecho aquella vez por Mario, por el hereje o por las ratas, hasta estar lo suficientemente borrachos como para recorrer el muro a pasos lentos que no seguirían una línea recta y enfrentarnos sin miedo al mar, al frío, al amanecer, a la distancia, al espacio y al paso del tiempo que es la vida que sucede, a nuestro pesar, estemos o no atentos.
Fue enterarme del viaje del colombiano y acordarme de Lucrecia, de un compañero de residencia universitaria y de Sebas, por orden cronológico.
Lucrecia, porque en esas largas conversaciones sobre libros, discos, viajes y futuros inciertos que en el pasado mantuvimos, siempre, en un momento u otro, al despedirnos, al pedir la segunda o al sentarnos en las escaleras de la plaza, acabábamos recordando el día remoto en que el padre de Aureliano Buendía le llevó a conocer el hielo.
El compañero sin nombre, porque todos los años ganaba el concurso de relato de la residencia universitaria en la que convivíamos escribiendo historias de realismo mágico tan de García Márquez que si, al final de la lectura pública que formaba parte del premio, hubiera dicho que eran fragmentos de El amor en los tiempos del cólera, los presentes no hubiéramos dudado un instante. Hace muchos años que no sé nada de este compañero del que olvidé un nombre que, por otra parte, tal vez no supe nunca. Sólo espero que la noticia de la muerte de García Márquez no le empuje a la depresión o a la desesperanza. Tiene que ser difícil leer la noticia de la muerte de una persona y darte cuenta, al mismo tiempo, de que te mueres tú también un poco.
Y Sebas, porque me la ha jugado montándose en un avión que aterrizó ayer en Praga, como yo se la jugué durmiendo en un tren que llegó al amanecer a la estación de Chiang Mai mientras a cientos de kilómetros de allí Delibes, como hoy García Márquez, se marchaba a Nueva York. Y esta distancia, de tiempo y de espacio, impide que podamos salir esta noche a brindar por el coronel y por el patriarca, como lo hubiéramos hecho aquella vez por Mario, por el hereje o por las ratas, hasta estar lo suficientemente borrachos como para recorrer el muro a pasos lentos que no seguirían una línea recta y enfrentarnos sin miedo al mar, al frío, al amanecer, a la distancia, al espacio y al paso del tiempo que es la vida que sucede, a nuestro pesar, estemos o no atentos.
gijón.desayunando.hoy
2 comentarios:
Desde que leí esta entrada, llevo varios días entre el asombro y la admiración:
El asombro porque sigo preguntándome cómo es posible que yo que no tengo faceboc, ni tuiter, ni me encuentro en la internez, me haya identificado por dos ocasiones en un mismo texto de 30 líneas colgado en un blog. La primera porque yo soy uno de esos padres cuarentones adolescentes con zapatillas deportivas y camisetas de El Padrino que con tanto acierto describes y la segunda porque también soy ese compañero de residencia, devoto drogadicto de la literatura de Don Gabriel García Márquez desde aquella tarde remota en que leí cómo el Coronel Aureliano Buendía conoció el hielo, que escribía relatitos con más entusiasmo que calidad literaria y que dudo merecieran el gran elogio que tú les haces, pero que, en cualquier caso, te agradezco de corazón.
En cuanto a la admiración, he leído varias entradas de tu blog y me he quedado impresionado por la calidad de tu literatura pulcra y hermosa, tus figuras poéticas (“palabras que hoy son carbón y mañana serán diamantes”), tus ideas prodigiosas (“ese escritor declarado el mejor escritor del primer párrafo del mundo”), en definitiva que te hayas acordado de este humilde plagiador de realismo mágico, me emociona.
Finalmente, decirte que no soy digno de entrar en tu blog, pero unas palabras tuyas han bastado para sanarme de la tristeza por el último viaje del colombiano. Muchas gracias.
Un abrazo, poeta.
Carlos S.E.
P.D: Ha! La persona que me recomendó la lectura de tu blog fue Alvaro M.L., al que también envío un enorme abrazo y agradecimiento.
Qué sorpresa, Carlos (bueno, aunque durante el año de residencia que compartimos eras Segovia). Recuerdo, como si fuera ayer, la noche en que, sentado entre el público, escuché el relato que habías escrito para el concurso literario. Y lo hice con el asombro y la admiración que ahora describes en tu comentario, así es que me alegra un montón devolvértelos en esta ocasión, porque te los debía. Ya le dije a Álvaro que el compañero universitario cuyo nombre no recordaba era una licencia literaria que me cobraba. No olvidaré el nombre de quien me abrió las puertas a una literatura que, desde entonces, se me enredó en las tripas. Un abrazo fuerte y muchas gracias por tu comentario, Carlos.
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