jueves, octubre 29

En el palacio de invierno de los zares de Rusia

En el palacio de invierno de los zares de Rusia, Nadia limpiaba el polvo de los salones tres días por semana, de una a cuatro de la tarde. Después recorría la perspectiva Nevski hasta llegar a su casa. En invierno caminaba deprisa, sorteando las sombras de los cadáveres que cincuenta años atrás se cobró el asedio de los nazis. En verano, si tenía dinero, compraba flores, claveles blancos, y una botella de vodka. Lanzaba las flores al río y brindaba por el calor del sol con los borrachos y por las aguas frías del Neva con los policías que dirigían el tráfico en los cruces. A veces, se quedaba dormida de pie. Si despertaba, medio azumbrada observaba a las parejas hacerse un amor apresurado bajo los ojos de los puentes. Nadia tenía veinticuatro años y no conocía más ciudades que San Petersburgo ni más estaciones que el invierno a pesar del verano.

Sin dejar de mirar atrás en todo el camino para comprobar que nadie les seguía, llegaron a casa y escondieron el lienzo en el interior de un sofá. Brindaron con vodka por el éxito del robo y se despidieron. Alexei y Mitia se marcharon por separado, el primero cinco minutos antes que el segundo. Después Nadia se sentó en la cama, escuchó el paso de las horas a pesar del ruido del tráfico y, lentamente, con la ropa puesta, dejándose caer hacia atrás sobre el colchón vestido con sábanas blancas, se quedó dormida. Le despertó un ruido como de madera rota. En la puerta de su habitación, aparecieron dos policías. Uno de ellos le apuntaba a la cabeza con una pistola. El otro agarraba por detrás el cuello de Alexei. Sangraba por la nariz y tenía los ojos vencidos de lágrimas.

Los globos hinchados con el helio de los sueños están amarrados con nudos torpes a los asideros de la memoria. Cuando despertamos, se aflojan con extrema facilidad y desparecen para siempre en el cielo del olvido.

Alexei, ayudado por Nadia y Mitia, descolgó el cuadro de la pared y lo observó en sus manos durante diez segundos. Mitia puso su mano derecha en el hombro izquierdo de Alexei para apremiarle, vamos, Alexei, necesitamos el dinero, no la cárcel. Con habilidad y un pequeño buril, Alexei desenmarcó la tela. Una vez libre, la enrolló con cuidado y Nadia la introdujo en el hueco del palo de aluminio de la fregona.

El cuadro la observaba y no al revés. Nadia lo sentía, como una presencia, en cada uno de los rincones del museo, en cada una de las esquinas que Nadia se encargaba de mantener libres de polvo y de tiempo acumulados. De humedad en los largos meses oscuros del invierno. Bajo la luz rayada por la sombra de los barrotes en la última de las noches blancas, Nadia recuerda el primer día de trabajo en el palacio de invierno de los zares de Rusia y las sensaciones que la visión del cuadro hizo aflorar bajo su piel. Tardó meses en darse cuenta que, de todos los cuadros colgados en el museo, era el único que no compartía la pared con ningún otro. Nadia no sabía nada de pintura pero Mitia le había dicho que unos tipos holandeses estaban dispuestos a pagar mucho dinero por él. Suficiente para que Alexei y ella pudieran regresar al pueblo, comprar unas cuantas hectáreas de tierra y construir una granja en la que vivir. Nadia observaba de nuevo el lienzo, apoyado el peso de su cuerpo con dos manos en el palo de aluminio de la fregona. Sonrió. Cada vez que lo miro me entran unas ganas enormes de bailar.

No queda otra
Que aprender y olvidar
Acelerar el tiempo de la cicatrización
Estar preparado para cuando
Vuelva el invierno
Tener las armas limpias
Y las piernas fuertes
Dimitri dijo que además
Él podría encargarse
De que los tres tuvieran
Siempre alimentos
Adargas
Esperanza
Agallas para empezar de nuevo
Nadia lloraba
Lloraba sin fuerzas
Deseando que todo
Todo
Todo fuera una mentira

formentera.septiembre2009

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