La ambulancia llegó seis minutos después de que Mireia saltara. A veces decía no lo soporto más. No soporto despertarme cada mañana, levantarme de la cama y posar las plantas de los pies sobre los azulejos fríos de la madrugada. Erguirme con la fuerza de los brazos y de las rodillas. Y no ser capaz de volar. Abría las ventanas de casa y desayunaba medio desnuda en la cocina. A esas horas yo llegaba de la fábrica y colgaba el abrigo mojado por la lluvia en el perchero y las botas sucias de barro dentro del armario. Desnudos mis pies, igual que los suyos, entraba en la cocina guiado por el olor del café y le besaba la golondrina que volaba en su nuca. Los dos últimos meses había perdido esa costumbre. La olvidé, igual que tantas otras, en algún lugar que merece el olvido. Como si la rutina las hubiese ahogado bajo el barniz del tedio. Como si fuéramos estatuas tristes sobre pedestales demasiado altos para saltar. Como si la vida que construíamos se hubiera vuelto en contra nuestra y nos hubiera vencido.
Encontré un trabajo en turno de noche, seis por semana y dos mil euros al mes. Marchaba a la diez de casa y, al llegar a la calle, casi todas las noches llovía. Mireia se quedaba en el salón leyendo libros antiguos, viendo películas de miedo en la pantalla del ordenador, escuchando música hasta bien entrada la madrugada. En las últimas semanas, recuerdo, dormía inquieta tres o cuatro horas. Se levantaba despeinada y preparaba café antes de que yo regresara.
Abrí la puerta de casa, me quité el abrigo y las botas. Todas las ventanas estaban abiertas. Entré en la cocina con los ojos cerrados para sentir el cansancio en la espalda y el olor del café recién hecho. Cuando los abrí, la golondrina no estaba.
Mireia se hizo tatuar una golondrina en la nuca. Para el día que me anime a volar, decía.
Paseábamos el invierno por las ciudades a veces horas sin hablarnos, concentrados en el espectáculo del frío y de los escaparates. Esquivábamos los coches que ardían y las olas del mar que alcanzaban las calles nos empapaban de pies a cabeza. Mireia se reía a carcajadas en las esquinas y perdía la prudencia en los pasos de peatones. La golondrina, policroma e inmóvil en su nuca, aguardaba paciente su momento. Regresábamos después a casa, junto a la noche y, tumbados en la cama, el uno al otro nos descalzábamos, entrábamos en la ducha y Mireia decía, inténtalo anda, bórrala con la esponja. Yo frotaba incansable, primero lentamente, después con furia hasta que su piel enrojecía. Pero la golondrina no volaba, permanecía estática, indeleble, única. Entonces Mireia se daba la vuelta y me abrazaba, hacíamos el amor y dejábamos que llegara el frío y nos encontrara tiritando por algo que ya no era el miedo a un futuro indomeñable, a no tener armas con las que defendernos de nosotros mismos.
Fue apenas un zarpazo que no alcanza su objetivo, una lluvia de misiles sobre una isla del Caribe después de la caída del telón de acero. Las calles del barrio se retorcían y sacudidas por el estruendo enmudecieron. Las gaviotas, con las rémiges despeinadas por el viento, se acobardaron posadas en las antenas mientras las palomas, hinchadas de frío, custodiaban los álabes. Las hojas de las puertas se batieron contra el viento hasta que los cristales cedieron. Sólo los perros podían escuchar la sirena de los coches de policía que se acercaban por la avenida.
Encontré un trabajo en turno de noche, seis por semana y dos mil euros al mes. Marchaba a la diez de casa y, al llegar a la calle, casi todas las noches llovía. Mireia se quedaba en el salón leyendo libros antiguos, viendo películas de miedo en la pantalla del ordenador, escuchando música hasta bien entrada la madrugada. En las últimas semanas, recuerdo, dormía inquieta tres o cuatro horas. Se levantaba despeinada y preparaba café antes de que yo regresara.
Abrí la puerta de casa, me quité el abrigo y las botas. Todas las ventanas estaban abiertas. Entré en la cocina con los ojos cerrados para sentir el cansancio en la espalda y el olor del café recién hecho. Cuando los abrí, la golondrina no estaba.
Mireia se hizo tatuar una golondrina en la nuca. Para el día que me anime a volar, decía.
Paseábamos el invierno por las ciudades a veces horas sin hablarnos, concentrados en el espectáculo del frío y de los escaparates. Esquivábamos los coches que ardían y las olas del mar que alcanzaban las calles nos empapaban de pies a cabeza. Mireia se reía a carcajadas en las esquinas y perdía la prudencia en los pasos de peatones. La golondrina, policroma e inmóvil en su nuca, aguardaba paciente su momento. Regresábamos después a casa, junto a la noche y, tumbados en la cama, el uno al otro nos descalzábamos, entrábamos en la ducha y Mireia decía, inténtalo anda, bórrala con la esponja. Yo frotaba incansable, primero lentamente, después con furia hasta que su piel enrojecía. Pero la golondrina no volaba, permanecía estática, indeleble, única. Entonces Mireia se daba la vuelta y me abrazaba, hacíamos el amor y dejábamos que llegara el frío y nos encontrara tiritando por algo que ya no era el miedo a un futuro indomeñable, a no tener armas con las que defendernos de nosotros mismos.
Fue apenas un zarpazo que no alcanza su objetivo, una lluvia de misiles sobre una isla del Caribe después de la caída del telón de acero. Las calles del barrio se retorcían y sacudidas por el estruendo enmudecieron. Las gaviotas, con las rémiges despeinadas por el viento, se acobardaron posadas en las antenas mientras las palomas, hinchadas de frío, custodiaban los álabes. Las hojas de las puertas se batieron contra el viento hasta que los cristales cedieron. Sólo los perros podían escuchar la sirena de los coches de policía que se acercaban por la avenida.
cimadevilla.diciembre2009
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