UNO: Mi trabajo consiste en contar las gotas de lluvia. Soy el encargado de registrar periódicamente los datos del pluviómetro. Pero siempre que me preguntan en qué trabajas, contesto la primera de las dos frases anteriores que acabo de escribir. Supongo que se debe a la tendencia literaria que procuro adoptar en la vida. La realidad cruda y dura donde se desarrollan los tiempos del tiempo, la vida que crece a mi alrededor, el calendario arrugado y el aún por estrenar me resultan cuando menos aburridos, cuando más insoportables. Mi madre decía que el problema radicaba en la vida que llevo. Mi madre creía siempre tener la razón. Ella nunca entendió la utilidad de la literatura, el, llamémosle, pragmatismo poético. Decía no puedo entender el gasto de tiempo tan descomunal que leer libros produce. Sí, mi madre hablaba así. Descomunal era un adjetivo que siempre usaba cuando discutíamos y que yo siempre observaba con sorpresa cómo se agrandaba monstruoso en los labios de una persona que no alcanzaba el metro cincuenta de estatura y los cuarenta y cinco kilos de peso. Leer, leer y leer, concluía meneando la cabeza en horizontal. Descomunal y yo imaginaba que mi madre se agigantaba por momentos, verde y musculosa como la masa, tras pronunciar la palabra mágica. Sí, otra vez la tendencia literaria.
Habito una casa en la montaña, a treinta kilómetros del pueblo más cercano, en una de las regiones más lluviosas del país. Vine hasta aquí gracias a una beca de seis meses donada por el instituto meteorológico estatal. De eso hace ya seis años, tres meses y algunos días. A nadie más parece gustarle contar las gotas de lluvia. A nadie más que a mí, supongo. La casa en la montaña, la nieve del invierno, la lluvia y la primavera, el sol con el verano y las hojas caídas de los árboles despeinados por el viento del otoño. ¿Tendencia literaria de la vida? No tanto. Pero, de vez en cuando y cada vez más a menudo, Caterina viene a verme y se queda unos días.
Habito una casa en la montaña, a treinta kilómetros del pueblo más cercano, en una de las regiones más lluviosas del país. Vine hasta aquí gracias a una beca de seis meses donada por el instituto meteorológico estatal. De eso hace ya seis años, tres meses y algunos días. A nadie más parece gustarle contar las gotas de lluvia. A nadie más que a mí, supongo. La casa en la montaña, la nieve del invierno, la lluvia y la primavera, el sol con el verano y las hojas caídas de los árboles despeinados por el viento del otoño. ¿Tendencia literaria de la vida? No tanto. Pero, de vez en cuando y cada vez más a menudo, Caterina viene a verme y se queda unos días.
DOS: Caterina y yo nos conocimos en la librería del pueblo un sábado que no llovía. Sin percatarnos de la presencia del otro, estiramos el brazo para coger el mismo libro que dormitaba en la estantería, uno de Marsé, creo. Tímidos y nerviosos, nos miramos a los ojos más de lo previsto y nos echamos a reír. Perdón dijimos. Y buscamos otros libros en otras estanterías. Pero yo empecé a pensar que esa escena, de la que acababa de ser protagonista, la había leído en algún párrafo, en alguna página, en algún libro y conocía el final y quería vivirlo. Me acerqué a Caterina, empujado por esa maldita tendencia literaria que procuro adoptar en la vida. Ella leía la contraportada de un libro, ahora, de Bolaño. Tardó unos segundos en levantar la cabeza y al mirarme le dije, dominando los nervios a duras penas, yo no te llamo, tú no me llamas; pero si nos volvemos a encontrar, nos vamos juntos.
Aún recuerdo con nitidez su cara de sorpresa, la carcajada y el beso en la mejilla. Vamos a tomar algo, anda, contestó. Y te dejo que me regales este libro.
Cuántas veces, desde aquella primera, con una carcajada y un beso en la mejilla, Caterina desmorona mi tendencia literaria de la vida.
TRES: Suena la alarma del ordenador a las siete de la tarde. Llegó la hora de registrar la lluvia que colmó la cubeta del pluviómetro, la hora de contar las gotas. Una, diez, cien. Caterina aún duerme en la habitación una siesta de horas. Yo me desvelé y preferí sentarme en el salón y leer algo pendiente de Lobo Antunes.
Caterina se despereza en el quicio de la puerta. Lleva puesta una camiseta que le llega hasta las rodillas. Es la ropa que trajo el día que dijo me quedo esta noche. Observo, por encima del libro, su caminar pausado, casi en puntas de pie, hacia la cocina. Le digo ¿sabes?, me follaste como si fuera la última vez. Se ríe, retrocede y se inclina, me besa en la mejilla y, misteriosa, contesta tal vez lo haya sido.
Caterina se despereza en el quicio de la puerta. Lleva puesta una camiseta que le llega hasta las rodillas. Es la ropa que trajo el día que dijo me quedo esta noche. Observo, por encima del libro, su caminar pausado, casi en puntas de pie, hacia la cocina. Le digo ¿sabes?, me follaste como si fuera la última vez. Se ríe, retrocede y se inclina, me besa en la mejilla y, misteriosa, contesta tal vez lo haya sido.
CUATRO: Algunas mañanas no amanece. Me quedo en la cama leyendo un cómic de Liniers, escuchando canciones de Elvis Costello. Algunas mañanas no llueve. Caterina regresó hace tres días al pueblo. No hay mucho que hacer por aquí.
CINCO: No todas las mañanas arde el planeta
Ni los atascos para entrar en la ciudad
Son luces del tiempo
Dos tipos borrachos anuncian el fin del mundo
Sentados frente a unos grandes almacenes
Ni los atascos para entrar en la ciudad
Son luces del tiempo
Dos tipos borrachos anuncian el fin del mundo
Sentados frente a unos grandes almacenes
SEIS: Caterina me despierta con un beso en el hombro. Son las seis de la mañana. Diluvia ahí fuera, susurra. La meteorología como una aliada. No saldremos de la cama en todo el día. Tal vez un poco más de literatura. Miro por la ventana, guiñando el ojo derecho. Ciento cincuenta litros por metro cuadrado digo. Hoy hablarán de nosotros en el telediario.
formentera.octubre2009
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