Ana aguardaba paciente, de pie detrás de la barra, a que los cuatro de la mesa cinco pidieran la cuenta y se largaran. Eran dos mujeres rubias y un hombre calvo. Habían pedido tres ensaladas verdes, un arroz negro y dos botellas de vino blanco. Por fin, a las seis los cuatro de la mesa cinco se fueron del restaurante. Ana apagó las máquinas, barrió la terraza y cerró las puertas.
Caminaba deprisa por el malecón. El ritmo del mar se enredaba en sus piernas y las ventanas de la ciudad observaban distraídas su deambular. De pronto, cayó en la cuenta. Primero aminoró la velocidad. Después se detuvo. Se sentó en el muro y encendió un cigarrillo. A cualquier lugar al que fuese, llegaba tarde.
Caminaba deprisa por el malecón. El ritmo del mar se enredaba en sus piernas y las ventanas de la ciudad observaban distraídas su deambular. De pronto, cayó en la cuenta. Primero aminoró la velocidad. Después se detuvo. Se sentó en el muro y encendió un cigarrillo. A cualquier lugar al que fuese, llegaba tarde.
formentera.noviembre2009
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