Sentado en la mesa de mármol de un bar frente al Cantábrico.
Tomando un café solo.
Mirando veinticuatro fotografías.
Leyendo.
Escayolado tras la ventana de un edificio levantado en una ciudad que jamás se detiene.
Ahora somos más grandes. En esta casa ya no cabemos. Debemos marchar y dejar atrás sucios los cristales de las ventanas, abiertas las puertas de los armarios y desgoznadas, cenicientas las huellas de tus manos en las paredes blancas de la habitación cuando te apoyabas en ellas y me dabas la espalda y las sirenas de los barcos sonaban cada mañana tan cerca, que a veces me despertaban, de pronto, y me mataba el miedo de pensar, entre el sueño y la luz, que la proa de alguno de ellos partía la cama en dos. Los yonquis del barrio, prematuramente envejecidos, aporreaban la puerta del vecino y gritaban amenazas terribles y sangrientas para después, tirados en el suelo o sentados contra la pared o nuestra puerta, llorar plegarias patéticas. Desnudos frente a los espejos convertíamos suicidios en promesas y reíamos abrazados. No quisimos saber entonces que alguna que otra ostia nos caería.
Vendimos todos los libros, los tuyos y los míos, y al aire de la tarde antes de la tormenta, las cenizas de lo que dejábamos de ser, crisálidas arrugadas, sustancias volátiles e inflamables, volaron una tarde camino de las afueras de la ciudad, que es el lugar donde reposan los despojos de todo aquello que soñamos y nunca se nos ve cumplido.
Tomando un café solo.
Mirando veinticuatro fotografías.
Leyendo.
Escayolado tras la ventana de un edificio levantado en una ciudad que jamás se detiene.
Ahora somos más grandes. En esta casa ya no cabemos. Debemos marchar y dejar atrás sucios los cristales de las ventanas, abiertas las puertas de los armarios y desgoznadas, cenicientas las huellas de tus manos en las paredes blancas de la habitación cuando te apoyabas en ellas y me dabas la espalda y las sirenas de los barcos sonaban cada mañana tan cerca, que a veces me despertaban, de pronto, y me mataba el miedo de pensar, entre el sueño y la luz, que la proa de alguno de ellos partía la cama en dos. Los yonquis del barrio, prematuramente envejecidos, aporreaban la puerta del vecino y gritaban amenazas terribles y sangrientas para después, tirados en el suelo o sentados contra la pared o nuestra puerta, llorar plegarias patéticas. Desnudos frente a los espejos convertíamos suicidios en promesas y reíamos abrazados. No quisimos saber entonces que alguna que otra ostia nos caería.
Vendimos todos los libros, los tuyos y los míos, y al aire de la tarde antes de la tormenta, las cenizas de lo que dejábamos de ser, crisálidas arrugadas, sustancias volátiles e inflamables, volaron una tarde camino de las afueras de la ciudad, que es el lugar donde reposan los despojos de todo aquello que soñamos y nunca se nos ve cumplido.
cimadevilla.febrero2010
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