martes, octubre 26

La cisticercosis de ratones

1.

No tengo miedo, no tengo miedo, no puedo tener miedo. Tres y cuatro palabras que repitió mentalmente durante todo el tiempo que duró aquel día del infierno. Siempre miedo. Corría de un lado al otro. Por momentos, se detenía y observaba el horizonte del mar en el que, seguro, él veía ciudades. Avanzaba en puntas de pie, paraba y, en hinojos, tocaba la arena de la playa con las palmas de las manos y cerraba los ojos, abría la boca y el sabor del mar se le metía entre los huecos de los dientes, sentía la espalda mojada, los pies le dolían y la sangre manaba a borbotones intermitentes de una herida en la rodilla izquierda. Si no tengo miedo, si no dejo que me venza, podré encontrar el modo de salir de aquí. Yo he visto ciudades en el horizonte del mar y horizontes en las ciudades.


2.

Cada vez que alguien se lo recordaba, Damián fruncía el ceño, miraba al suelo y sonreía triste. Durante los dos o tres minutos siguientes, sentía un dolor que ardía en la boca del estómago y le sabía amargo el paladar.

Lo peor, a veces, era el silencio en el hueco de la escalera, el color de las paredes de la casa, la lluvia que tamborileaba en los cristales. No negaba que la mayor parte del día, casi todos los días, se sentía bien y se olvidaba. Pero el dolor siempre volvía y, cuando lo hacía, era como si no se hubiera marchado nunca.


3.

Si la guerra lo hubiese destruido todo, ahora sería más fácil. Pero quedaron las ruinas y, entre los escombros, demasiados recuerdos. Levantarse cada mañana le obligaba a sentir, una vez más, el frío de una primavera inquieta bajo las delgadas mantas que lo arropaban. Regresaba entonces a aquellos días y, al mirar por la ventana, podía ver como la luz del sol le precedía en los tejados de una ciudad que tuvo que soportar sobre su piel demasiadas bombas. Esas palabras fueron las que usó el alcalde en el discurso que leyó, ante el pueblo hambriento y deprimido, el día que la guerra terminó. Damián pensó entonces en quién era cuando comenzó la guerra y quién era ahora.


4.

Yo no sé si el problema radica en vivir en esta isla desierta o en llevar tres meses y cuatro días sin hablar con nadie o en las dos cosas. Pienso en voz alta y de igual modo leo lo que escribo. En un rincón de mi cerebro ha calado la fantasía de que esta voz que oigo no es la mía.


Hace un par de días caí en la cuenta de que no hay gaviotas en el cielo. Eso significa que, si son ciertas las historias de los libros que leía cuando era niño, la isla está muy lejos de las playas. En mitad del mar estoy y tan lejos del mar. En las novelas de marinos, la aparición de gaviotas era sinónimo de costa, cercanía, civilización, vida más allá de los seis meses que, calculo, podré aguantar alimentándome así, esquivando la disentería que, seguro se esconde en el agua del manantial, el anisakis, la cisticercosis de los ratones que, como yo, cayeron en la trampa.


formentera.octubre2009

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