sábado, noviembre 6

LA MUERTE EN DIEZ PASOS y 1

Parecía como si la ciudad hubiera sido arrasada por un ejército de mercenarios. O como si un desastre natural hubiera alcanzado al amanecer los extrarradios. Todo temblaba. Imperceptiblemente. El color de los edificios al mediodía era el mismo que el de la ceniza, con lo difícil que para mí resulta describirlo con otras palabras. Pavesas.
            Desde la ventana de la habitación del hotel podía ver recortado en el horizonte el fuego que coronaba las azoteas. Recordé entonces instantes de los últimos seis años, como fotografías crucificadas por alfileres en el corcho de la cocina.
            La madrugada que el coche se quedó sin gasolina en mitad de la autopista. Tuve que saltar dos vallas metálicas para, campo a través, llegar a una gasolinera donde la dependienta quería llamar a la policía en lugar de venderme un bidón de cinco litros.
            La tarde que Livorno cayó de bruces en el porche de su casa después de haber estado bebiendo cerveza durante cuarenta y ocho horas seguidas.             Menos mal que lo trajo al hospital, dijo un médico más alto que una estantería, en aquel despacho tan pequeño de paredes verdes. Un infarto se ha cargado medio corazón.
            El día que Petra apareció en la pantalla de la televisión, interrogada en la calle de una ciudad a quinientos kilómetros de ésta por una reportera que, micrófono en mano, quería conocer su opinión acerca de las dietas milagro. Antes de contestar, miró fijamente a la cámara, segura de que yo la estaba viendo.
           
Di media vuelta. Ella dormía boca abajo y desnuda en la cama. En la piel de su culo permanecían las huellas de mis uñas igual que en mi pecho ardían sus dientes. Igual que la ciudad en llamas mantenía el paso firme. Se escuchó una explosión en algún lugar lejano. La alarma contra incendios se activó y ella despertó sobresaltada. Gritó
            mierda.
            El agua que manaba de los surtidores colocados en el techo empapó su pelo negro. Se tapó bajo las sábanas. Cogí el paquete de cigarrillos e intenté, sin éxito, encender uno. Lo aplasté entre los dedos y lo tiré al suelo. Me acerqué a la mesa y abrí la cremallera de la bolsa.

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