Horacio camina por una ciudad en la noche. En las plazas, donde la silueta de palmeras, un tronco estrecho y alto que termina en hojas puntiagudas desplegadas en todas las direcciones del espacio como fuegos de artificio, recorta el horizonte de las postales que los turistas compran en las tiendas de recuerdos, la brisa del mar se detiene en las sombras y forma charcos salobres en las baldosas del suelo. Tiene las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Quiere perderse. Llegó a la ciudad a media tarde y se quedará tres días. Es un cantante famoso que dará un par de conciertos en el teatro real. Es un viajante al borde del despido que vende calcetines de algodón a los pequeños comerciantes de las calles peatonales que desembocan en el puerto. Es un marido abandonado por su segunda mujer y se dirige en busca de un lugar en el que empezar por tercera vez de cero.
Cruza un paso de peatones, pisa las líneas blancas y con las manos se levanta las solapas del abrigo. Tiene corto y gris el pelo y la barba crece en sus mejillas desde hace más de siete días. Después las manos vuelven a los bolsillos. Se adentra en una calle peatonal, vacía a esas horas de la noche. El suelo está mojado porque hace diez minutos dos operarios del ayuntamiento, encargados de la limpieza de las calles del centro, terminaron de regar las aceras. El aguda dulce se entremezcla lentamente con el agua salada que el viento roba al mar. Una anciana le llama desde la ventana de un primer piso. Se le ha caído una pinza de la ropa y le pide que se la lance. Horacio se agacha, saca la mano derecha del bolsillo, coge la pinza, una pinza de plástico de color naranja, se pone en pie y la hace volar hacia el hueco de la ventana donde la anciana aguarda expectante. La pinza choca contra la pared del edificio, veinte centímetros a la derecha de la ventana, y cae de nuevo al suelo. Horacio sonríe azorado, se desabrocha el abrigo, recoge la pinza y la observa durante unos segundos en la palma de su mano izquierda. Está rota, le dice a la anciana. Ella frunce el ceño con una mueca de fastidio, cierra la ventana sin despedirse y desaparece tras el cristal. Horacio se encoge de hombros, piensa que debería haberle dado a la anciana en la cabeza con la pinza, la guarda en el bolsillo derecho del abrigo y sigue su camino. Veinte pasos después descubre con satisfacción que está perdido.
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