Un amanecer de
marzo, el sueño de Tobías de llegar a ser un asesino a sueldo se desvaneció por
completo. Ocurrió cuando su primera víctima imploraba de rodillas que le
perdonara la vida.
Si te dieron dinero por matarme, yo
te doy el doble por dejarme con vida. No me mates, cabrón, no me mates. Y se
echó a llorar.
Pero Tobías no le escuchaba. No
podía. Acababa de mearse encima. Qué mejor evidencia que esa sonrojante humedad
en la entrepierna para comprobar que no había nacido para andar matando por ahí
a gente desconocida a cambio de dinero.
Devolvió la
mitad del dinero pactado al buzón donde debía recoger la segunda mitad, una vez
la bala estuviera alojada en el cuerpo adecuado. Regresó a casa, se cambió de
pantalones, metió en una bolsa de viaje la pistola, una jericho semiautomática
de nueve milímetros de calibre, dos camisetas negras, una sudadera gris y un
pantalón vaquero. Antes de cerrar la puerta, prendió fuego a la vivienda.
Salió corriendo. Sin mirar atrás, Tobías se dirigió a la
estación para coger un tren que le llevaría a una ciudad levantada a
ochocientos kilómetros de la que le había visto nacer y mearse encima con una
pistola en la mano derecha. La sirena del camión de los bomberos se
escuchaba en la calle a un volumen cada vez más alto. Las llamas alcanzaban las
ventanas.
El tipo en hinojos aún no se atrevía a levantar la
cabeza y Tobías ya estaba sentado en el asiento veinticinco be. Fingía leer
para ocultarse, como había visto hacer en las películas, un periódico que había
encontrado abandonado en uno de los bancos del andén. Cerró los ojos. El convoy
inició la marcha lentamente.
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