sábado, julio 9

Tercer principio. Principio de inercia.


Un amanecer de marzo, el sueño de Tobías de llegar a ser un asesino a sueldo se desvaneció por completo. Ocurrió cuando su primera víctima imploraba de rodillas que le perdonara la vida.
            Si te dieron dinero por matarme, yo te doy el doble por dejarme con vida. No me mates, cabrón, no me mates. Y se echó a llorar.
            Pero Tobías no le escuchaba. No podía. Acababa de mearse encima. Qué mejor evidencia que esa sonrojante humedad en la entrepierna para comprobar que no había nacido para andar matando por ahí a gente desconocida a cambio de dinero.

Devolvió la mitad del dinero pactado al buzón donde debía recoger la segunda mitad, una vez la bala estuviera alojada en el cuerpo adecuado. Regresó a casa, se cambió de pantalones, metió en una bolsa de viaje la pistola, una jericho semiautomática de nueve milímetros de calibre, dos camisetas negras, una sudadera gris y un pantalón vaquero. Antes de cerrar la puerta, prendió fuego a la vivienda.

El tipo en hinojos aún no se atrevía a levantar la cabeza y Tobías ya estaba sentado en el asiento veinticinco be. Fingía leer para ocultarse, como había visto hacer en las películas, un periódico que había encontrado abandonado en uno de los bancos del andén. Cerró los ojos. El convoy inició la marcha lentamente.

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