domingo, julio 24

Aplastadas por el quince

Por aquel tiempo yo estaba convencido de que el vecino del tercero era caníbal. En pocos años, tres o cuatro como mucho, habían muerto los tres familiares que vivían con él y lo habían hecho en extrañas circunstancias, a pesar de que los tres ya no cumplían los ochenta y cinco. Su madre, de ochenta y seis, cayó desplomada en la acera, a dos manzanas de nuestro portal, cuando volvía de comprar un kilo de naranjas que rodaron libremente para intentar cruzar la calle. Todas, menos una, fueron aplastadas por el quince, que para enfrente de nuestro portal y te lleva a la Plaza de Europa. Su padre, de noventa y dos, fue encontrado muerto, sentado en la taza del váter, con los pantalones y los calzoncillos en los tobillos y la razón entre las piernas. Se había metido en el baño por la mañana y nadie lo echó de menos hasta la hora de comer. Su tío, hermano de su padre, de ochenta y ocho, fue el último de los tres en morir y lo hizo, hinchado de mar y algas, tras ahogarse una mañana de resaca en la que, cinco minutos después de entrar en el agua, alguien cambió la bandera amarilla por la de color rojo. Ninguno de los tres, que yo recuerde, fue enterrado como dios y la iglesia mandan. El hijo y sobrino pidió que los incinerasen para, según contaron mis padres una noche durante la cena, llevar las cenizas al lugar de sus orígenes, al parecer toda la familia descendía de un pueblo, a escasos diez kilómetros de aquí y en el que ya no vive nadie, y esparcirlas por los caminos. Quizás a mis padres sí, pero a mí el vecino no me engañaba, porque en esos botes se pueden meter muchas clases de polvos.

La prueba que confirmó mis sospechas e iluminó mi inteligencia de detective iniciado se me reveló de repente, como sucede en estos casos, cuando, una tarde en la que llegaba del colegio calado hasta los huesos por una lluvia impenitente que no cesaba desde hacía días, entré corriendo en el ascensor que aguardaba con la puerta abierta a que yo entrara. Dentro del cubículo, que siempre produjo en mí una desazón que no alcanzaba el miedo, me di de bruces con una mujer alta, delgada y vestida de invierno, con gorro y bufanda a juego, que me saludó con la amabilidad de un buenas tardes, estudiante, y me preguntó a qué piso iba. Le dije que al quinto y ella se dispuso a quitarse el guante, del mismo color que la bufanda y el gorro, para pulsar los botones del ascensor.

A la vez que observaba como con el índice marcaba el botón que tenía el número tres tallado en su centro, descubrí, con los ojos y la boca bien abiertos, que le faltaban el cuarto y el quinto dedo de la mano derecha. Dios mío, el del tercero se la estaba comiendo a pedazos.

cimadevilla.junio2011

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