viernes, agosto 19

Recluta

Yo caminaba por las calles húmedas del barrio a media tarde, cuando ya no hacía frío, cuando la esfera del reloj maduraba y se abría con facilidad por la mitad ante el empuje de los pulgares y por las palmas de las manos corría libre el jugo fresco de un tiempo que, ya sabía de aquella, no se volvería a repetir. Doblaba la esquina y, en la plaza, la luz del sol me cegaba. Cerraba doloridos entonces los ojos para volver a abrilos y los dirigía a la ventana del segundo piso donde durante meses vivió ella, la que una noche me contó el médico esta mañana me dijo que tenía el sida, ya ves, ahora que ya nadie se contagia, ahora que ya no está de moda. Yo la besé en los labios sin importarme otra cosa que no fuera hacerla feliz y que la tristeza se diluyera como un azucarillo en el café. Sus labios se abrieron como la esfera del reloj, como una fruta madura, como las puertas del cielo. Después me llevó de la mano hasta su casa y follamos en la cama y lo hicimos, primero yo encima, después ella hasta que dijo que se iba a dar la vuelta porque le daba vergüenza que la viera correrse. Y se corrió. Nos quedamos dormidos y cuando desperté, ella me miraba y sonreía triste. Supe entonces que había fracasado a pesar de los besos. Ella acercó su boca a la mía y pude sentir su aliento caliente y dulce. Me pidió que cerrara los ojos y fue deslizándose despacio hacia abajo mientras yo me excitaba imaginando donde terminaría su boca. Entonces ella, de repente, se plantó de nuevo frente a mi boca y, fingiendo un beso, mordió mi labio inferior hasta que de él brotó sangre. Grité sorprendido pero evité moverme para no hacer más agudo el dolor. No vuelvas a cerrar los ojos. Aunque yo te lo pida, me dijo. Cuando estés en la cama conmigo, quiero que sólo pienses en mí. Ella se levantó y desapareció en un segundo. Escuché después sonidos que provenían de la cocina: los pasos descalzos, el agua del grifo, el fuego encendido, el golpe de la cucharilla contra el fondo vacío del tarro de cristal.

Me gustaba cuando me llamaba recluta. Por eso nunca le dije mi nombre. Una vez fuimos juntos a la comisaría. Ella quería denunciar que le habían robado el bolso en un bar y allí dentro nadie la trató bien. Recuerdo que era verano y que estaba descalza. Tenía las uñas pintadas de blanco y tatuada en el empeine derecho una flor negra diminuta. Me gustan tus pies. Creo, dije. Ella sonrió, sin tristeza esta vez. Podía haber dicho cualquier otra cosa. Podía haber dicho hace demasiado calor y tal vez llueva esta tarde. O el policía que vigila la puerta de entrada tiene descosido el dobladillo del pantalón. O tengo hambre. Pero dije que me gustaban sus pies. Ella se acercó para besarme y, en un lugar de eso, acarició con la yema de los dedos la cicatriz que sus dientes dejaron en mi labio inferior. Sonrió mirándome a los ojos y yo los cerré, para fastidiarla tal vez. Vámonos de aquí, anda, recluta. Estos no van a ser capaces de encontrarlo. El bolso nunca apareció.

Recluta, tú nunca hablas demasiado. No, contesté. La miré primero a los ojos y después a sus pies desnudos y dije hace calor y tal vez llueva esta tarde. Ella puso cara de sorpresa, sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió. Mañana tengo que ir al hospital. ¿Tú me acompañarías? Bueno. Pasamos la tarde en la cama. Dormimos, follamos y comimos a medias una manzana y un pedazo de pan. Después ella dijo si quieres, puedes ducharte. Lo hice con agua fría porque sabía que andaba mal de dinero. Me sequé con una toalla que estaba colgada en la pared y que tenía impregnado su olor. Me vestí, volví al cuarto donde ella, tumbada en la cama, leía una revista. Me acerqué y le pedí que cerrara los ojos, la besé en los labios despacio y después le mordí el inferior, pero sin hacerle daño. Salí de casa y no he vuelto a verla jamás.


gijón.mayo2011

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