Le siguen. Está seguro.
Camina
por las calles de la ciudad y cada cien metros o tres escaparates da media vuelta. Al doblar la esquina se detiene y, apoyada la espalda contra la pared,
aguarda el instante en que su perseguidor aparezca sudoroso e inquieto. Un
puñetazo certero en el estómago y un empujón decidido contra la pared le
esperan. Un rodillazo en los testículos y, por último, un par de preguntas.
Cada
mañana lleva a su hijo al colegio por una ruta diferente. Comprueba que están
limpios los bajos del coche. Nunca usa el teléfono fijo. Estudia con
minuciosidad obsesiva que no hayan sido abiertas con anterioridad las cartas
que llegan al buzón. Mira con desconfianza a los ojos del cartero. Cambia cada
siete días las contraseñas del ordenador.
Los
domingos por la tarde se disfraza con un sombrero y unas enormes gafas de sol
y, sentado en la terraza de algún bar en el centro de la ciudad, entre las
palomas y los mendigos, el periódico y un café solo, escruta la calle
intentando descubrir a quienes le acechan.
Regresa
a casa, ya de noche. Su novia y su hijo le observan en silencio. Hace meses ya
que no entienden nada. Todo empezó el día que aquel tipo le apuntó con la mano
en el paso de cebra. Y de eso hace ya más de tres meses.
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