domingo, noviembre 27

Sexto principio. Principio de masa y peso


Le siguen. Está seguro.
             Camina por las calles de la ciudad y cada cien metros o tres escaparates da media vuelta. Al doblar la esquina se detiene y, apoyada la espalda contra la pared, aguarda el instante en que su perseguidor aparezca sudoroso e inquieto. Un puñetazo certero en el estómago y un empujón decidido contra la pared le esperan. Un rodillazo en los testículos y, por último, un par de preguntas.
            Cada mañana lleva a su hijo al colegio por una ruta diferente. Comprueba que están limpios los bajos del coche. Nunca usa el teléfono fijo. Estudia con minuciosidad obsesiva que no hayan sido abiertas con anterioridad las cartas que llegan al buzón. Mira con desconfianza a los ojos del cartero. Cambia cada siete días las contraseñas del ordenador.
            Los domingos por la tarde se disfraza con un sombrero y unas enormes gafas de sol y, sentado en la terraza de algún bar en el centro de la ciudad, entre las palomas y los mendigos, el periódico y un café solo, escruta la calle intentando descubrir a quienes le acechan.
             Regresa a casa, ya de noche. Su novia y su hijo le observan en silencio. Hace meses ya que no entienden nada. Todo empezó el día que aquel tipo le apuntó con la mano en el paso de cebra. Y de eso hace ya más de tres meses.

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