domingo, noviembre 13

Quinto principio. Principio de dureza.


Era el único cine de la ciudad que todavía ponía películas del oeste y Daniel era el único acomodador que trabajaba en él desde hacía seis años. En tres meses, el cine cerraría y en la oscuridad de la sala vacía residiría para siempre, o al menos hasta que el edificio fuera demolido, el oficio de acomodador y las películas de indios y vaqueros proyectadas en pantalla grande.
El mundo de Daniel era un sueldo mínimo interprofesional, una linterna con pilas de petaca que corrían a cuenta del trabajador a partir de la tercera anual, descanso de lunes dos veces al mes, quince días de vacaciones en navidad, cuando la gente se cree demasiado buena como para sentirse identificada con tipos tocados por sombreros de ala ancha y que, a lomos de caballos, asesinan a sangre fía, sin preguntar antes el nombre de sus víctimas, y un manojo de llaves que abrían todas las puertas para concederle a Daniel el poder de sentirse Cleant Eastwwod, John Wayne, Bud Spencer, Lee Van Cleef o, la mayoría de las veces porque era su actor preferido desde que vio el árbol del ahorcado, Gary Cooper. Al terminar la última sesión, Daniel cerraba la puerta del proyector, la de los baños y, por último, la de entrada al cine y caminaba despacio los quince minutos que le separaban de su apartamento en Quevedo.             

En los pasos de cebra en rojo se detenía, abría un poco las piernas para sentir el peso de su cuerpo en las plantas de los pies, acercaba la mano izquierda, Daniel era diestro pero los pistoleros zurdos eran más rápidos y certeros, al bolsillo del pantalón, elegía, mirándole a los ojos, a alguno de los transeúntes que aguardaban en la acera de enfrente el verde para cruzar la calle, levantaba el brazo hasta colocarlo paralelo al suelo, extendía el índice y el pulgar, apuntaba al corazón de su víctima y una bala de aire acababa con la vida de aquel que osó cruzarse en su camino. Soplaba entonces, satisfecho, la punta del segundo de los dedos y devolvía la mano al bolsillo del pantalón para continuar la marcha.

Sentado en la cocina mientras cenaba, sonreía en silencio al recordar las caras de sus víctimas. Apuraba de un trago el vino que aguardaba en el fondo del vaso y pensaba que, a pesar de los años limpios, siempre había un momento del día en el que echaba de menos un pico.

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