Era el único
cine de la ciudad que todavía ponía películas del oeste y Daniel era el único
acomodador que trabajaba en él desde hacía seis años. En tres meses, el cine
cerraría y en la oscuridad de la sala vacía residiría para siempre, o al menos
hasta que el edificio fuera demolido, el oficio de acomodador y las películas
de indios y vaqueros proyectadas en pantalla grande.
El
mundo de Daniel era un sueldo mínimo interprofesional, una linterna con pilas
de petaca que corrían a cuenta del trabajador a partir de la tercera anual,
descanso de lunes dos veces al mes, quince días de vacaciones en navidad,
cuando la gente se cree demasiado buena como para sentirse identificada con
tipos tocados por sombreros de ala ancha y que, a lomos de caballos, asesinan a
sangre fía, sin preguntar antes el nombre de sus víctimas, y un manojo de
llaves que abrían todas las puertas para concederle a Daniel el poder de
sentirse Cleant Eastwwod, John Wayne, Bud Spencer, Lee Van Cleef o, la mayoría
de las veces porque era su actor preferido desde que vio el árbol del
ahorcado, Gary Cooper. Al terminar la última sesión, Daniel cerraba la
puerta del proyector, la de los baños y, por último, la de entrada al cine y
caminaba despacio los quince minutos que le separaban de su apartamento en
Quevedo.
En los pasos de
cebra en rojo se detenía, abría un poco las piernas para sentir el peso de su
cuerpo en las plantas de los pies, acercaba la mano izquierda, Daniel era
diestro pero los pistoleros zurdos eran más rápidos y certeros, al bolsillo del
pantalón, elegía, mirándole a los ojos, a alguno de los transeúntes que
aguardaban en la acera de enfrente el verde para cruzar la calle, levantaba el
brazo hasta colocarlo paralelo al suelo, extendía el índice y el pulgar,
apuntaba al corazón de su víctima y una bala de aire acababa con la vida de
aquel que osó cruzarse en su camino. Soplaba entonces, satisfecho, la punta del
segundo de los dedos y devolvía la mano al bolsillo del pantalón para continuar
la marcha.
Sentado en la
cocina mientras cenaba, sonreía en silencio al recordar las caras de sus
víctimas. Apuraba de un trago el vino que aguardaba en el fondo del vaso y
pensaba que, a pesar de los años limpios, siempre había un momento del día en
el que echaba de menos un pico.
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