Hasta llegar a esta habitación de
hotel con vistas al parque del Retiro y que la organización de la
Feria del Libro se encargó de pagar, el recuento: setenta y cuatro
años, tres divorcios, cinco hijos, más de cien ciudades, una buena
novela escrita a los cuarenta, otras dos decentes que, dijeron,
completaban una trilogía y después mierda. Mierda que, firmada por
mí, Román Rancel, dijeron máximo exponente de la vanguardia
postmoderna en castellano, huele mejor.
Y ahora, antes de dormir, pensaba tal vez en marcar el número de la recepción y pedir, mediante contraseñas del tipo necesito una almohada o sería posible que el servicio de habitaciones me subiera el postre, el teléfono de una de esas putitas de trescientos la mamada que, después a cuatro patas, si los restos de la viagra mecidos en el fondo de las venas por el bombeo de la sangre cumplen su función, me llamará papi por no llamarme abuelo o vejestorio o, peor, momia. Mujeres de pechos demasiado turgentes como para ejercer su oficio en los asientos de atrás de los coches, pero de piernas demasiado cortas como para acompañarte, depositarias de envidas y maldiciones, colgadas del brazo en las fiestas trimestrales del Círculo de Bellas Artes.
O quizás conseguir de algún modo,
y conozco muchos, los dos gramos de cocaína que me mantendrán
despierto durante toda la noche para poder escribir las memeces que
el año que viene los dos o tres críticos que la editorial mantiene
en nómina convertirán en la novela del año, en lo mejor que he
escrito hasta la fecha, en el culmen literario del mejor escritor
español de la segunda mitad de siglo, la obra donde autores jóvenes,
a los que probablemente sus putitas también llaman papi, se
inspirarán para escribir las gilipolleces pretenciosas que escriben,
seguros todos, como yo lo estuve, de perdurar, de alcanzar la
inmortalidad sin que ésta les pida nada a cambio, convencidos de ser
los mejores de una generación de imbéciles de campeonato.
O, mejor, llamar a Mónica, la
única de los cinco que aún contesta a mis llamadas, sospecho más
por tocarle los cojones a su madre que por hablar conmigo, y
preguntarle qué tal todo y qué tal todos, aunque todos, excepto
ella, me importen un carajo, ahora ya sí, ahora que ya comprendí
que no van a perdonarme uno solo de los errores que, al parecer, he
cometido en estos años y que aguardan con paciencia y fingido
desinterés el día de mi muerte, mamarrachos mis cuatro hijos y su
estirpe, para empezar a cobrar los derechos de autor con los que
creen van a poder vivir una vida mejor de la que viven, vida podrida
de seres grises que se conforman con quemar los domingos con sus
mujeres gordas y con sus hijos gritones subiendo y bajando las
escaleras mecánicas de los centros comerciales.
O, por qué no, tomar un vaso de
agua en el que previamente habré sumergido seis orfidales y aguantar
la duermevela oscura en que se convierten las noches gobernadas por
una dosis excesiva de benzodiacepinas y despertar aturdido, mediado
ya el día, por los golpes insistentes que el puño de mi agente
literario estampará en la puerta de la habitación para no llegar
tarde a la entrevista, a la firma de ejemplares, a la mesa redonda
donde sentiré la boca seca, como toda repleta de arena, la cabeza
doliente, transida de nubes y de sueños que seré incapaz de
recordar, escenas inasibles que duran apenas un par de segundos para
después desvanecerse como tinta en agua y sentirme entonces torpe y
viejo, ser gris acabado, incapaz ya de desprenderme, a pesar de los
afeites, de las lociones para después del afeitado, del desodorante
de piedra de alumbre o de la colonia francesa, de este intenso olor a
viejo, de este pito flojo que las putas ya no sienten o de las
arrugas que arroyan mis mejillas, de los hongos que, atrincherados en
los espacios interdigitales de los pies, alancean constantes las
horas con un picor inconsolable, de las hemorroides sangrantes, del
par de dientes flojos, funámbulos a punto de desprenderse de las
encías, de la piel de papel de fumar de la tripa, de las rodillas
deformes y temblonas, de las manos consteladas de manchas parduzcas
que, como una plaga divina o como un ejército imparable, avanzan
hasta las tierras de mi pecho donde un vello blanco, ralo y, estoy
seguro, ya muerto, me aguarda, o de los ojos brillantes, de mirada
bovina por culpa de una miopía de décadas, lacustres, desprovistos
ya de alegría, pero también de tristeza, ojos patéticos,
desencantados, cuya imagen está presente en mi cabeza todos los días
para someterme.
Lo mejor será bajar al bar y, en
silencio sentado en la barra mientras la luna mengua, macerarme en
güisqui libado a sorbos de vasos de culo ancho, sin agua ni hielo, o
ingerido de un trago hasta sentir en el gollete el calor metálico
del veneno y después la náusea, cuando ya estaré borracho y
alguien se acercará al reconocer mi cara e intentará saludarme y
dirá que ha leído mis libros, algunos o, quién sabe, quizás
todos, y que le gustan y entonces yo, sin mirarle siquiera a los
ojos, le gritaré que me deje en paz y que se vaya, por ejemplo, a
follar a su madre y golpearé airado la barra con las manos y, al
intentar ponerme en pie, perderé el equilibrio y tras tropezar con
la pata del taburete o con el aire, tal vez caiga al suelo y allí,
tendido y entre risas, aguardaré que dos trabajadores serviciales
del hotel me recojan para acompañarme en un abrazo de tres hasta
esta habitación de hotel con vistas al parque del Buen Retiro donde,
después de quitarme la ropa, tumbarán mi cuerpo que tiembla. Y
entonces yo, al fin dormido, sin putas, sin hijos, sin pastillas ni
cocaína y, sobre todo, sin haber escrito desde hace años una sola
palabra, lastrado por una fama de pequeñas dimensiones que me otorgó
una novela escrita con rabia cuando era joven y, a ratos, feliz y
tenía una mujer que me amaba, embarazada de nuestro segundo hijo, y
un trabajo de corrector decente y, por ello, aburrido y una casa
alquilada cerca del centro y un coche azul de segunda mano, los
domingos descalzos en el parque, una vez al mes una pizza en un
restaurante de las afueras en una capital de provincias, las
vacaciones de verano con mis padres, el sexo esporádico sin dinero,
ni a cuatro patas ni viagra ni papi, aguardaré la mañana de Madrid
en la que, de nuevo, habré de despertarme solo.
madrid.alanochecer.
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