viernes, julio 6

Décimo principio. Principio de fuerzas.

A Martín le sentaron en una silla de ruedas tres días después de cumplir los
dieciocho años. Una maleta mal colocada en el asiento trasero del coche le
partió el espinazo tras el frenazo previo a la colisión contra el árbol que Lucía
no pudo esquivar. Ella murió en el acto. Atravesó el cristal del parabrisas y el
asfalto detuvo su vuelo.

En el lavabo de discapacitados de la terminal uno del aeropuerto de Ranón,
Cosme, que entraba a orinar, encontró el cadáver de Martín, sentado en la silla
de ruedas donde lo posaron hace cinco años.

Rosaura condujo hasta el aeropuerto, sin poder olvidar, un instante siquiera, los
senos de Amparo, exangües, pálidos, manchados de tierra y de sangre. A la
espera del informe definitivo del forense, había aceptado encargarse del
asesinato de un parapléjico en los lavabos del aeropuerto, con la frágil
esperanza de encontrar alguna relación entre ambos crímenes. Pensar que lo
hacía para intentar borrar de su mente el cuerpo semidesnudo, asolado y sucio
de Amparo era absurdo. No podía.

Una herida lineal que recorre todo el contorno anterior y lateral de su
cuello revela que, con toda probabilidad, ha sido estrangulado, bien por un
cordel, bien por un cable que no hemos encontrado en el escenario del crimen,
relató Rosaura sin atreverse a mirar a los ojos de la madre de Martín.
Iba a coger un avión a Casablanca, con escala en Madrid, respondió
ella. Y, antes de que me lo pregunte, no, no tenía enemigos. Un hombre que
vive sentado en una silla de ruedas tiene que procurar no tener enemigos,
sobre todo si éstos pueden caminar.

Casablanca, remarcó Rosaura, como si pensara.

En Casablanca se celebraban los campeonatos mundiales de esgrima.
Él quería viajar unos días antes para entrenar. Se sentía bajo de forma y
aspiraba a conseguir la medalla de bronce, como ya hiciera en los
campeonatos anteriores, o la de plata con un poco de suerte. Decía que ganar
el oro, en su estado, era absurdo. Un tipo en silla de ruedas con una medalla
de oro colgada al cuello. Absurdo. Menudo triunfo.

No hay comentarios:

días

cuadernos