En
el verano de mil novecientos ochenta y seis mis padres cumplían once
años de casados, llevaban diez en el pueblo y yo tenía nueve.
Vivíamos los tres en el cuarto piso de un edificio de ladrillos
rojos construido a finales de la década de los setenta junto a la
carretera por la que el mundo llegaba y la mayoría de las veces
terminaba por marcharse. Mis padres se decidieron a comprar porque el
piso estaba orientado al sur, en él cabían todos los muebles del
ajuar y, por un gran ventanal en el salón, se accedía a una terraza
de cinco metros cuadrados desde la que mi padre siempre dijo que se
podía ver el mar; aunque fuera un mar de terrenos baldíos regados
torpemente por las escasas aguas de los ríos Adaja y Arevalillo,
bosques de coníferas que resistían inmutables el asedio de las
estaciones y hectáreas infinitas de matorral y monte bajo que mayo
y octubre cambiaban de color a su antojo. Lo que mis
padres no supieron entonces, porque era diciembre cuando llegamos, es
que cada julio por esa terraza entraba en el pueblo un verano que
olía a resina y a pino, a tomillo, a humus en descomposición de
tamujas, a ritmo fluvial lentificado, la tierra cuarteada de los
meandros, lenguas de agua en el cauce seco como islas invertidas cada tarde más estrechas, donde tencas y calendinos se disputaban de
un modo feroz el oxígeno que menguaba y barrancos agostados con las raíces de los arbustos expuestas y
escuálidas quemándose al aire del mediodía. Y el verano olía
también a alegría, porque los sentimientos huelen como huele el
miedo o la indiferencia, la tristeza o la determinación. Y a tiempo
detenido en los relojes, a despertador mudo, a destierro de palabras
como madrugar, deberes, trabajos. Y mi padre olía a trigo. Y mi
madre olía a nivea.
Los
días transcurrían lentos y libres, como la miel que abandona el
bote de cristal para extenderse sobre la rebanada de pan blanco. Por
la mañana, mi madre cocinaba gazpacho y pisto antes de llevarme a la
piscina. Al volver preparábamos batidos de cacao con hielo que yo
bebía al día siguiente. A esa hora en los trigales, combada la mies
a punto de madurar, las avutardas detenían su caminar elegante para
ahuecar las plumas y permitir que el aire abrasador del día se
enfriara bajo sus alas. La siesta era el refugio de los
adultos y la coartada que yo poseía para continuar los juegos dentro
de casa, los coches, las chapas, los libros blancos y, al fin, el
sueño leve sobre el suelo fresco de madera pulida y el sudor en la
nuca al despertar, a la hora exacta del coche fantástico. En las
choperas, los milanos negros planeaban en círculos hasta detenerse en una corriente de aire para aguardar pacientes el error de
la presa. Cuando el canto de los grillos se escuchaba en la tarde era
el tiempo del paseo, los juegos al aire libre, la bicicleta, el
balón, el cansancio desconocido, las
fotografías dentro de una polaroid, la música en sordina de las
fiestas del pueblo, el crotorar de cigüeñas encendidas en los
campanarios a la hora de la cena, marcada por el color naranja del
sol diluido en un cielo azul intenso o pálido, según la mezcolanza
gaseosa de nubes.
Al
anochecer, mi padre salía a la terraza y, sentado en una silla de
playa, a salvo del calor asfixiante del día, la luna prendida sobre
los tejados, encendía un ducados que fumaba lentamente con deleite, casi dejándolo consumir. Y pensaba, quizás, cómo
sería el color del cielo en Chernóbil o qué habría sido de los
siete del Challenger. Yo salía muchas noches con él, después de
recoger los platos de la cena, y me quedaba de pie a su lado,
apoyando los brazos en la barandilla a la que el año anterior no
llegaba, intentando mirar donde él miraba y ver lo que él veía;
aunque eso, ahora lo sé, era imposible. Una inspiración prolongada
y audible preludiaba el final. Mi padre apagaba el cigarrillo en la
tierra de los tiestos, despeinaba mi pelo con una
caricia leve y decía qué pena ¿eh?, desde aquí se podía ver el
mar. Porque para entonces, la fábrica de muebles había modificado
la vista y en lugar del mar lo que veíamos era el
cartel de neón de Muebles Gasch. Decía es hora de que los cárabos
despierten, Santiago, que era la frase que mi padre, a modo de contraseña,
usaba para mandarme a la cama. Y me acompañaba a la habitación y
apagaba la luz después de besarme en la frente. Regresaba entonces
al salón, colocaba en el plato un vinilo de Franco Battiato y
aguardaba a que mi madre, limpiándose las manos con un trapo,
volviera de la cocina para salir a su encuentro. La abrazaba
dulcemente por el talle y, en la noche ya madura que ocupaba todos
los rincones de la casa, bailaban con los ojos cerrados "La estación
de los amores". Y como los deseos no envejecen, esa noche o
cualquier otra de aquel verano, mi madre se quedó de nuevo
embarazada. Y tal vez esa noche o cualquier otra, después ya de
madrugada, mi padre entró en la habitación para decirme al oído Santiago, hijo, levántate. Tienes que ver esto. El Buitre acaba de
meterle el cuarto a los daneses.
Ahora
tengo la edad que en mil novecientos ochenta y seis tenía mi padre.
Y algunas noches, si Rebeca fuma un ducados, huelo a verano y huelo a
alegría, a tiempo detenido, a los goles de Butragueño, a gazpacho y
a piscina. Y me quedo un rato en silencio, mirando la calle, los
coches que pasan, la noche que vence y, a veces, sólo a veces, soy
capaz de ver lo que en el verano de mil novecientos ochenta y seis no
veía. Entonces dejo lo que esté haciendo, coloco el
disco de Battiato en el plato, apago las luces del salón y aguardo
a que Rebeca regrese de la cocina o a que termine el cigarrillo
para abrazarla dulcemente por el talle al tiempo que se escuchan los
primeros acordes de "La estación de los amores", rayada en la segunda
estrofa después de tanto uso. Battiato tartamudea y Rebeca sonríe mientras bailamos abrazados en silencio, cada vez más cerca y más despacio,
dichosos de haber encontrado otros horizontes porque los perdidos no
regresan jamás. Y como los deseos no envejecen, es cierto, aunque
no sea julio, no haga calor, el cielo no tenga el color del uranio y
en él permanezcan ingrávidos quién sabe cuántos astronautas, no juegue España contra los
daneses en Querétaro, ni yo despierte a Jero, que sólo tiene un
año, para contarle que ganamos, su madre y yo, felices por un rato,
nos iremos a la cama y, quién sabe, quizás una noche de estas,
cualquiera, Rebeca vuelva a quedarse embarazada.
gijon.verano2012

1 comentario:
Para romper el hielo te diré que
"Los días transcurrían lentos y libres, como la miel que abandona el bote de cristal para extenderse sobre la rebanada de pan blanco" me ha recordado a este refrán:
"slower than molasses going uphill in january"
Si no, pues me ha gustado mucho y que espero, ya no con mi tío Javier porque no está, pero sí volver a ese porche de granito en Cercedilla en una casa de verano volver a mirar las estrellas buscando cada cual lo suyo.
Un abrazo
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