sábado, agosto 18

La estación de los amores



En el verano de mil novecientos ochenta y seis mis padres cumplían once años de casados, llevaban diez en el pueblo y yo tenía nueve. Vivíamos los tres en el cuarto piso de un edificio de ladrillos rojos construido a finales de la década de los setenta junto a la carretera por la que el mundo llegaba y la mayoría de las veces terminaba por marcharse. Mis padres se decidieron a comprar porque el piso estaba orientado al sur, en él cabían todos los muebles del ajuar y, por un gran ventanal en el salón, se accedía a una terraza de cinco metros cuadrados desde la que mi padre siempre dijo que se podía ver el mar; aunque fuera un mar de terrenos baldíos regados torpemente por las escasas aguas de los ríos Adaja y Arevalillo, bosques de coníferas que resistían inmutables el asedio de las estaciones y hectáreas infinitas de matorral y monte bajo que mayo y octubre cambiaban de color a su antojo. Lo que mis padres no supieron entonces, porque era diciembre cuando llegamos, es que cada julio por esa terraza entraba en el pueblo un verano que olía a resina y a pino, a tomillo, a humus en descomposición de tamujas, a ritmo fluvial lentificado, la tierra cuarteada de los meandros, lenguas de agua en el cauce seco como islas invertidas cada tarde más estrechas, donde tencas y calendinos se disputaban de un modo feroz el oxígeno que menguaba y barrancos agostados con las raíces de los arbustos expuestas y escuálidas quemándose al aire del mediodía. Y el verano olía también a alegría, porque los sentimientos huelen como huele el miedo o la indiferencia, la tristeza o la determinación. Y a tiempo detenido en los relojes, a despertador mudo, a destierro de palabras como madrugar, deberes, trabajos. Y mi padre olía a trigo. Y mi madre olía a nivea.

Los días transcurrían lentos y libres, como la miel que abandona el bote de cristal para extenderse sobre la rebanada de pan blanco. Por la mañana, mi madre cocinaba gazpacho y pisto antes de llevarme a la piscina. Al volver preparábamos batidos de cacao con hielo que yo bebía al día siguiente. A esa hora en los trigales, combada la mies a punto de madurar, las avutardas detenían su caminar elegante para ahuecar las plumas y permitir que el aire abrasador del día se enfriara bajo sus alas. La siesta era el refugio de los adultos y la coartada que yo poseía para continuar los juegos dentro de casa, los coches, las chapas, los libros blancos y, al fin, el sueño leve sobre el suelo fresco de madera pulida y el sudor en la nuca al despertar, a la hora exacta del coche fantástico. En las choperas, los milanos negros planeaban en círculos hasta detenerse en una corriente de aire para aguardar pacientes el error de la presa. Cuando el canto de los grillos se escuchaba en la tarde era el tiempo del paseo, los juegos al aire libre, la bicicleta, el balón, el cansancio desconocido, las fotografías dentro de una polaroid, la música en sordina de las fiestas del pueblo, el crotorar de cigüeñas encendidas en los campanarios a la hora de la cena, marcada por el color naranja del sol diluido en un cielo azul intenso o pálido, según la mezcolanza gaseosa de nubes.

Al anochecer, mi padre salía a la terraza y, sentado en una silla de playa, a salvo del calor asfixiante del día, la luna prendida sobre los tejados, encendía un ducados que fumaba lentamente con deleite, casi dejándolo consumir. Y pensaba, quizás, cómo sería el color del cielo en Chernóbil o qué habría sido de los siete del Challenger. Yo salía muchas noches con él, después de recoger los platos de la cena, y me quedaba de pie a su lado, apoyando los brazos en la barandilla a la que el año anterior no llegaba, intentando mirar donde él miraba y ver lo que él veía; aunque eso, ahora lo sé, era imposible. Una inspiración prolongada y audible preludiaba el final. Mi padre apagaba el cigarrillo en la tierra de los tiestos, despeinaba mi pelo con una caricia leve y decía qué pena ¿eh?, desde aquí se podía ver el mar. Porque para entonces, la fábrica de muebles había modificado la vista y en lugar del mar lo que veíamos era el cartel de neón de Muebles Gasch. Decía es hora de que los cárabos despierten, Santiago, que era la frase que mi padre, a modo de contraseña, usaba para mandarme a la cama. Y me acompañaba a la habitación y apagaba la luz después de besarme en la frente. Regresaba entonces al salón, colocaba en el plato un vinilo de Franco Battiato y aguardaba a que mi madre, limpiándose las manos con un trapo, volviera de la cocina para salir a su encuentro. La abrazaba dulcemente por el talle y, en la noche ya madura que ocupaba todos los rincones de la casa, bailaban con los ojos cerrados "La estación de los amores". Y como los deseos no envejecen, esa noche o cualquier otra de aquel verano, mi madre se quedó de nuevo embarazada. Y tal vez esa noche o cualquier otra, después ya de madrugada, mi padre entró en la habitación para decirme al oído Santiago, hijo, levántate. Tienes que ver esto. El Buitre acaba de meterle el cuarto a los daneses.

Ahora tengo la edad que en mil novecientos ochenta y seis tenía mi padre. Y algunas noches, si Rebeca fuma un ducados, huelo a verano y huelo a alegría, a tiempo detenido, a los goles de Butragueño, a gazpacho y a piscina. Y me quedo un rato en silencio, mirando la calle, los coches que pasan, la noche que vence y, a veces, sólo a veces, soy capaz de ver lo que en el verano de mil novecientos ochenta y seis no veía. Entonces dejo lo que esté haciendo, coloco el disco de Battiato en el plato, apago las luces del salón y aguardo a que Rebeca regrese de la cocina o a que termine el cigarrillo para abrazarla dulcemente por el talle al tiempo que se escuchan los primeros acordes de "La estación de los amores", rayada en la segunda estrofa después de tanto uso. Battiato tartamudea y Rebeca sonríe mientras bailamos abrazados en silencio, cada vez más cerca y más despacio, dichosos de haber encontrado otros horizontes porque los perdidos no regresan jamás. Y como los deseos no envejecen, es cierto, aunque no sea julio, no haga calor, el cielo no tenga el color del uranio y en él permanezcan ingrávidos quién sabe cuántos astronautas, no juegue España contra los daneses en Querétaro, ni yo despierte a Jero, que sólo tiene un año, para contarle que ganamos, su madre y yo, felices por un rato, nos iremos a la cama y, quién sabe, quizás una noche de estas, cualquiera, Rebeca vuelva a quedarse embarazada. 

gijon.verano2012 

1 comentario:

Unknown dijo...

Para romper el hielo te diré que
"Los días transcurrían lentos y libres, como la miel que abandona el bote de cristal para extenderse sobre la rebanada de pan blanco" me ha recordado a este refrán:

"slower than molasses going uphill in january"

Si no, pues me ha gustado mucho y que espero, ya no con mi tío Javier porque no está, pero sí volver a ese porche de granito en Cercedilla en una casa de verano volver a mirar las estrellas buscando cada cual lo suyo.
Un abrazo

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