He
dejado de acostarme con putas y de leer libros de Vila Matas. Me
ducho todas las noches y me afeito cada mañana, excepto los
domingos. He conseguido un trabajo como repartidor de golosinas y,
cada día, mañana y tarde recorro la ciudad de punta a punta, al
menos tres o cuatro veces. Me gusta el trabajo porque estoy solo. A
las seis llego al almacén y el jefe, un tipo que siempre finge estar
de buen humor, me entrega el recorrido del día y las llaves de la
furgoneta. Y me pongo en camino. A ratos escucho la radio y, a ratos,
la ciudad. Odio a los tipos de las tiendas que quieren darme
conversación. Prefiero dejar la mercancía encima del mostrador,
cobrar, recoger el albarán firmado y desaparecer. Tengo derecho a
una parada de treinta minutos a las doce, para tomar el café, pero
nunca lo hago. A las tres tengo una hora para comer. Aparco en
cualquier parte, me ventilo en dos minutos el bocadillo que hice en
casa por la mañana después de desayunar, reclino el asiento y
duermo hasta las cuatro. Nunca sueño. Las tardes son más tranquilas
si no llueve. Cuando lo hace, el tráfico es caótico en la ciudad. A
las ocho regreso al almacén. A esas horas, el jefe ya no está, que
para eso es el jefe. Dejo las llaves y la carpeta con los albaranes
firmados en la consigna que tiene mi nombre.
Salgo
del trabajo y regreso caminando a casa. Ya no me quedo en los bares
bebiendo cerveza hasta la madrugada. Algunas noches veo la
televisión. Otras hago pesas en el salón mientras escucho uno de
los dos vinilos que tengo, el de Tom Waits o el de Tom Jones.
Después, apago las luces para que el recibo a fin de mes no me
destroce el presupuesto y enciendo un par de velas. Leo un libro, que
nunca es de Vila Matas como ya te he contado, o escribo en cualquier
papel, que después engullo, algún poema pensando en ti o en
cualquier otra. Cuando empiezo a bostezar, y no tardo demasiado, dejo
lo que estoy haciendo, apago de un soplo las llamas diminutas y me
meto en la cama. Casi todas las noches sueño que me quedo dormido y
olvido apagar las velas y, en mitad de la noche, la casa primero y
después mi cuerpo arden. Despierto y no siento miedo. No me parece
tan mala idea.
Esta
mañana, el encargado de una tienda salió a buscar el deneí al
coche. El cajón de la caja registradora estaba abierto y pude contar
dos billetes de cien, seis de cincuenta, cinco de veinte y doce de
diez. Sentí tan fuertes las ganas de meter el dinero en los
bolsillos, esperar a que el encargado regresara, partirle el cuello y
salir de la tienda como si nada, que me temblaron durante unos
segundos las piernas y las palmas de las manos se llenaron de
agua. Pero me acordé de ti y de los libros de Vila Matas y decidí alejarme unos pasos del mostrador, sonreír al encargado que
regresaba, como si nada, y estarme quietecito. Estate quietecito,
Jacinto, cuántas veces me decías.
gijón.mayo2012
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