sábado, octubre 13

El guardián del fuego


No puedo volver a subir. El doctor Almán dice que no debo repetir la misma acción más de tres veces. Y sería la cuarta. Desde que tomo las pastillas pequeñas y azules que me recomendó estoy más calmado. Aunque no recuerdo haberla tomado esta mañana. Si duermo mal por la noche, el día siguiente es extraño. Pero no, no puedo volver a subir y comprobar si he cerrado la puerta de casa con dos vueltas de llave. Ya lo he hecho tres veces. Tres es el número, Ismael, me dice siempre el doctor Almán. Si tus rituales se repiten más de tres veces, tienes que venir a verme. Tres veces he abatido la ventana de la habitación, tres veces he cerrado la manija del gas, tres veces he abierto el grifo de la ducha, creo, no, estoy seguro, tres veces he apagado la televisión. Y tres veces, estando ya en la calle, he subido a comprobar si había cerrado la puerta de casa. No habrá una cuarta, Ismael, recuérdalo. Camina.


Desde esta cristal puedo ver como la ciudad se ha curvado. Las líneas paralelas y perpendiculares han desaparecido y todo parece temblar y estar a punto de desmoronarse. Lo mismo sucede con los colores. Han mudado los neutros. Este paisaje urbano del Vedado es una mezcla policroma, como paleta de pintor. Los jacarandaes, que florecieron el mes pasado, ahora tienen el mismo color que el del caribe que baila con el muro de los Desamparados, al final de las calles. Las ventanas, con las jambas curvadas y ondulantes, parecen aguardar, como lo hicieron hace años los francotiradores, que la danza de colores de la tarde, rojos, pardos y anaranjados, apacigüe este calor y el tiempo se detenga en el estuco desconchado de las mansiones sin derecho a permuta, en el pecho desnudo de las cariátides que sostienen noviembre y las bóvedas agrietadas de los palacios comunales.
Qué dulce despertar he tenido. Por fin he dejado atrás las noches insomnes. Quizás pueda desprenderme al fin de esta tristeza, ahora que las cenizas de mi hijo vuelan en el viento y estarán siempre conmigo. Me siento más tranquila. Anoche, antes de dormir, me pregunté si las cenizas de un niño de nueve años serían más livianas que de las de un hombre de setenta. No tiene importancia, ya lo sé, lo único cierto es que el viento las mantendrá suspendidas en el aire para que formen parte de La Habana y de mí. Quizá este sea uno de esos pensamientos que el doctor Almán dice que debo intentar aflorar, afrontar... no conozco más palabras que empiecen por a y por efe. Tal vez la medicación está comenzando a funcionar. Voy a bajar a la calle, por primera vez desde que Raúl murió. Quiero temblar con la ciudad. Quiero que el guardián del fuego sepa que las cenizas de mi hijo forman parte de La Habana. Para que cada noche le cuide y le libere al amanecer.


Todo va bien. El seis aún no ha pasado. Si soy más rápido que él, si soy capaz de llegar a la 23 con la L antes de que el autobús lo haga, será un buen día. Es la señal. Pero hace demasiado calor. Ayer en la asociación, aquel tipo que ganó la partida en seis movimientos dijo que hoy bajarían las temperaturas; pero no ha sido así. Tal vez no tengan nada que ver el ajedrez y la meteorología. Y ahora estoy pasando calor con esta chaqueta. No puedo quitármela. No puedo llevarla sobre los hombros ni, mucho menos, atadas las mangas a la cintura. No, definitivamente no puedo. ¿Dónde he metido la cartilla de abastecimiento?


Lo que observaba desde la ventana era cierto. Las líneas de la ciudad se han desdibujado. Y algunas personas siguen siendo tan pequeñas como vistas desde el segundo piso. Puedo atraparlas en el espacio entre el índice y el pulgar. Sin embargo otras no, otras son grandes como lo soy yo, tal vez seres humanos de una raza distinta. Así habrá de ser el guardián del fuego. Debo encontrarlo.
Qué lindo está el día. El sol aún no calienta demasiado, pero su luz es maravillosa. Tal vez pueda ver las cenizas de Raúl en los remolinos que las corrientes de aire forman al entrechocar en las esquinas, donde los rayos oblicuos iluminan las líneas curvas y cambiantes que han transformado los perfiles de las calles. Tal parecen hilos de cobre incandescentes tras el fuego de estos días. Caminaré por la L, hasta el Yara, el mismo trayecto que hacíamos cada mañana. Yo le acompañaba hasta la esquina y le veía cruzar la 23. Cuando alcanzaba la otra vereda se daba media vuelta y, levantando la mano derecha, se despedía de mí antes de desaparecer entre la gente que a esas horas caminaba por la avenida, a los pies del hotel. Yo daba media vuelta y regresaba a casa. Raúl caminaba hasta Universidad. Cerca de allí estaba su escuela.


Tomates. Manzanas. Cebollas. Queso. Bien. La lista está bien escrita. Todas las palabras empiezan por mayúscula. Un kilogramo de las dos primeras, medio de cebollas y un cuarto de queso. Sólo espero que el ángulo sea recto. Si vuelve a cortarlo como el mes pasado, tan torcido, no lo quiero. Bien. Ya estoy llegando a la esquina. Sin rastro del seis. Llegaré antes que él y será un buen día. Encenderé un cigarrillo. Tengo ganas de fumar. ¿Por qué ese hombre, sentado en el portal, me está mirando? ¿Tengo alguna mancha en el pantalón? No ¿Olvidé peinarme? ¿Olvidé peinarme?


Raúl se reía como yo y tenía los ojos de mi padre. Si en su cara o en su cuerpo o en su infantil forma de ser había algo de su padre, yo no supe descifrarlo, no supe reconocerlo. De todos modos, fue muy poco el tiempo que Javier y yo estuvimos juntos, un par de meses quizás, o menos. Desapareció como ahora lo hace su hijo. Yo estaba sentada en la cocina y lo vi salir con la maleta. No recuerdo si me dijo adiós, pero sí estoy segura de que dijo que no volvería. Tenía una familia en otra parte, cerca de Santa Clara, al parecer. Otra casa, otra mujer, otros hijos. Aquí dejó uno; pero no dejó nada. Ni en mí ni en Raúl. Y Raúl ahora ya no está. Un día comenzó a adelgazar y a ponerse pálido, mucho antes de que me diera cuenta de que esas dos cosas estaban sucediendo. Después yo me quedaba a su lado todas la noches porque a veces despertaba llorando. Entonces yo le abrazaba hasta que se calmaba y, es curioso, a la vez eso me tranquilizaba a mí. Los dos dejábamos de temblar al mismo tiempo. Después se fue, sin más. Aquel médico en el hospital dijo que todo estaba muy avanzado. Y se fue. Yo no pregunté nada. Sus cenizas forman ahora parte de la ciudad porque yo las coloqué en el alféizar y, durante días, el viento se las fue llevando poco a poco. Y ahora que vuelvo a tener fuerzas, salgo a buscar al guardián del fuego, para darle a conocer el nombre de mi hijo. Cuando lo haga, podré vivir con esta tristeza. No hasta entonces. El doctor Almán dijo que las pastillas podrían ayudarme.


El doctor Almán dice que aún es pronto para intentar dejar de fumar, que podría hacer que empeorara. Debo estar más estable y calmado, reducir al mínimo los rituales y, entonces sí, desengancharme. Un momento, esas dos chicas, las que están sentadas en el banco, me miran, murmuran, se ríen. ¿Por qué lo hacen? Yo estoy bien. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueve y diez. Todos los dedos de la mano. Estoy bien. Genial. He llegado a la esquina. En un par de minutos estaré en el colmado. Ni rastro del seis. Hoy he ganado. Tranquilo, Ismael, tranquilo. Aspira profundo. Siente el sabor amargo del tabaco en el paladar. Traspasa el humo. No te detengas. Estás haciéndolo muy bien.


Si extiendo las manos y las observo detenidamente aún tiemblan. A pesar de la medicación. Pero me siento mejor, más tranquila. Sólo debo caminar hasta encontrar al guardián del fuego. ¿Sabrá ya que las cenizas de Raúl forman parte de la ciudad? Debo informarle, de todos modos, para que pueda custodiarlas, igual que tantas otras. El guardián del fuego recorre las calles desde el amanecer hasta el ocaso. Después regresa a su morada y hace recuento. Le encontraré y entonces podré dormir tranquila, dejar esta tristeza, olvidar aquel día y el de después, cuando todas las madres y todos los padres y todos los que estaban me miraban con pena, pero también, lo sé, con alegría porque sus hijos y sus hijas estaban a salvo, sólo Raúl se había ido. Debo calmarme. Si no lo hago, mis manos comenzarán a temblar y no podré dominarlas. Debo calmarme y seguir caminando, encontrar al guardián del fuego y explicarle, en un idioma que comprenda, que las cenizas de Raúl vuelan en el aire de La Habana porque durante días el viento se las fue llevando del alféizar. Escribiré el nombre de mi hijo en la palma de su mano.


Trescientos metros. Desde la esquina trescientos metros hasta llegar al colmado. Ni rastro del seis. Espero que no se haya averiado. En ese caso, no valdría. Todo va bien, Ismael, ahora sólo encuentra tu línea, la línea recta por la que has de caminar hasta el colmado. Y que sea tuya, por la que sólo tú camines. Los demás pueden atravesarla; pero no caminar por ella. No puedes compartirla. Si alguien lo hace, debes apartarte y buscar una nueva. Una calada. Una calada profunda. Vas bien, Ismael, vas bien. Eso es, ya la tienes. Continúa por ella, como un equilibrista a ras del suelo. Ese hombre ha dicho algo sobre ti. No lo escuches, da lo mismo. Tararea, llora si quieres, ve más deprisa o más despacio, pero no lo escuches. Continúa. Un kilo de tomates, uno de cebollas, un cuarto de queso cortado en un ángulo recto perfecto, noventa grados, líneas perpendiculares como las que buscaba el Babirusa en El Camino de los Ingleses. Pero no te pares, Ismael, por lo que más quieras. No te pares.


Puedo verle. Es él, estoy segura. Sostiene el fuego entre las manos y las volutas de humo gris rodean su rostro, como un aura etéreo y cambiante. Le he encontrado. Antes de lo que yo esperaba. Tal vez él también me estaba buscando. Tal vez ya sepa que Raúl vuela en el aire de la ciudad. Ya sólo debo acercarme, ir a su encuentro y revelarle el nombre de mi hijo. Así podré regresar a casa, ya más tranquila, con el tiempo detenido o a una velocidad adecuada y, desde el alféizar de la ventana contemplar la ciudad que mengua cuando las sombras que ya no son negras crecen y sentir que formo parte de La Habana porque mi hijo, que murió porque estaba todo muy avanzado, me dijeron y yo no pregunté nada, formará parte de La Habana para siempre.


Mierda. Peligro. Esa mujer camina por mi línea. ¿Qué hago? No se detiene, no cambia de dirección, continúa por ella y me mira. Debo ser rápido, buscar otra línea y seguir avanzando. Estoy muy cerca del colmado, apenas unos pasos. Detente, Ismael, piensa un segundo, da una calada, respira hondo. Se acerca. ¿Qué hago?

Es él, estoy segura. Y se ha detenido. Aguarda. Tal vez me haya reconocido, sepa quien soy, sepa cual es mi misión. Estoy frente a él.

¿Qué dice? ¿El guardián del fuego? Oh, Dios, me coge del brazo. ¿Qué es eso? Un bolígrafo. No puedo moverme. Estoy perdido. ¿Qué hace? Me estoy mareando.

Ya está. He cumplido mi misión. Regreso a casa.

Da media vuelta y se aleja por la línea que era mía. ¿Qué pone aquí? No entiendo nada. ¿Quién es Raúl? Mierda, joder, ostias, si no subí una cuarta vez a comprobar la cerradura, si llegué a la esquina antes que el seis, si caminé por mi línea, sin compartirla con nadie. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué todo ha salido mal? El seis estaba averiado, seguro. De no ser así, hubiera alcanzado la esquina antes que yo y entonces yo hubiera dado media vuelta, hubiera vuelto a casa y nada de esto habría sucedido. Nada. Y, ahora, ¿qué hago?

gijón.unlunesdeverano.olahabanaendíasdeinvierno.

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