Hace
tiempo Sebas
dijo lo que tú haces puede llamarse literatura dispersa. Y sí, tal
vez sea eso. Sentarme a escribir cada mañana, mientras desayuno, el
día amanece, Jero aún duerme y Rebeca, o duerme también o ya hace
unos minutos que se ha marchado al trabajo. Entonces, entre el café
y el pan, la fruta o las galletas, abro el cuaderno por la primera
página en blanco y, en ocasiones, como sucede hoy, me pongo a
escribir sin tener idea de lo que quiero contar ni, mucho menos, del
lugar al que quiero llegar. Y, a menudo, esta incapacidad manifiesta
para encontrar el camino por el que quiero que discurran las palabras
me provoca una rabia contenida pero intensa. Es esta ausencia de
planificación la que Sebas, en una ocasión, sentados en el banco
del Cantábrico frente al atardecer o en la mesa del rincón en El
Arca, ya de madrugada y ligeramente azumbrados, definió como
literatura dispersa. De todos modos, continuó, no se puede negar que
la tuya es una forma de escribir muy vital, en el sentido de que así
se conduce la vida la mayor parte del tiempo; se va construyendo con
un desconocimiento total del fin que perseguimos. No digo yo, con
esto, que la buena literatura sea la que se asemeja a la vida, sólo
digo que si lo que escribes es literatura dispersa, está muy apegada
a la forma en la que vives, al modo en como lo haces. Y eso tiene sus
ventajas y sus inconvenientes, claro, tanto para ti, escritor, como
para nosotros, lectores. Yo bebí un sorbo de la cerveza con idea de
ganar tiempo, pensar en lo que había dicho Sebas y darle una
contestación a la altura de sus exposiciones. Quizás tengas razón,
respondí al final. Literatura dispersa. Contestaciones dispersas,
pensé después.
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