Abro la ventana y me
siento frente a las azoteas del barrio. En pocos minutos, las nubes
bajas que se agrupan en el horizonte velan la luz del atardecer y el
sol desaparece lentamente detrás de los tejados. Bebo una copa de
vino tinto y escucho un disco de Rubén Pozo. Estoy solo. Rebeca
trabaja y Jero duerme en casa de los abuelos. Pienso en los últimos
años de mi vida hasta llegar a esta ventana abierta y a este
anochecer. Todas las ventanas, todas las tardes, todas las ciudades.
Nueva Orleans y La Habana. La playa, cerca de casa, donde Rebeca y yo
nos bañábamos desnudos. Cuando supe que estaba embarazada. Donde me
lo contó al oído. Pienso en la película de Aristarain y en ese
lugar del mundo que no podrás abandonar. Recuerdo aquello de que ser
feliz es despertar y no querer estar en otro lado.
Ya es de noche, apuro el
vino de la copa, bajo las persianas, abandono el plan de masturbarme
con alguna de las páginas pornográficas de internet que frecuento y
me meto en la cama. Apago la luz y escucho, por unos instantes, el
silencio. Y me duermo pensando en el lugar donde quiero estar al
despertar por la mañana. O el cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario