sábado, octubre 26

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio. En pocos minutos, las nubes bajas que se agrupan en el horizonte velan la luz del atardecer y el sol desaparece lentamente detrás de los tejados. Bebo una copa de vino tinto y escucho un disco de Rubén Pozo. Estoy solo. Rebeca trabaja y Jero duerme en casa de los abuelos. Pienso en los últimos años de mi vida hasta llegar a esta ventana abierta y a este anochecer. Todas las ventanas, todas las tardes, todas las ciudades. Nueva Orleans y La Habana. La playa, cerca de casa, donde Rebeca y yo nos bañábamos desnudos. Cuando supe que estaba embarazada. Donde me lo contó al oído. Pienso en la película de Aristarain y en ese lugar del mundo que no podrás abandonar. Recuerdo aquello de que ser feliz es despertar y no querer estar en otro lado. 
 
Ya es de noche, apuro el vino de la copa, bajo las persianas, abandono el plan de masturbarme con alguna de las páginas pornográficas de internet que frecuento y me meto en la cama. Apago la luz y escucho, por unos instantes, el silencio. Y me duermo pensando en el lugar donde quiero estar al despertar por la mañana. O el cuerpo.

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