Sólo Jandro sabía escribir. A su lado, los demás éramos luces
apagadas. De Jandro eran cosas tan bellas como en tus manos aterrizan
los aviones perdidos o las cigüeñas ya no emigran por el miedo de
perderte. Cómo no íbamos a admirarlo. Cómo no iba a sentirse
querido. Pero, claro, todos sabemos que las frases bonitas no
construyen relatos, no generan novelas, no convierten poemas en
declaraciones de amor o en epitafios. Y por eso Jandro no llegó a
ser escritor. El resto de la clase, ya ves, párbulos retrasados a su
lado, todos. Mal que bien, periodistas, críticos, un novelista de
mil doscientos lectores, un premio de poesía en provincias, la
subdirección de un periódico regional o nacional en alguna de las
colonias, como Cosme, con su fantasía erótica de follarse negras
convertida a estas alturas en costumbre. Pero Jandro, nada. Sólo
frases bonitas. Como tengo tus ojos pintados en el cabecero de mi
cama o la luna crece hasta explotar de envidia para no verte.
Qué
tristeza ver su foto esta mañana en las noticias, detenido después
de participar en el atraco a un banco. Algo más gordo, algo más
calvo; pero con esa melancolía de genio desubicado en los ojos que
ya tenía cuando nos sentábamos en las escaleras de Anaya a fumar
marihuana y veíamos como el sol se escondía detrás de la copa
inalcanzable de la secuoya y de las agujas ambarinas de la catedral
nueva. Jandro, le decía a veces para arrebatárselo al silencio, ¿en
qué piensas? En quiénes seremos mañana, contestaba antes de darle
una calada profunda al porro.
salamanca.abril2014.
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