viernes, agosto 15

Lo de la novela


Aquel invierno en La Habana fue el más frío de cuantos se recuerdan. Desprovista de cualquier ingenio que generase calor, la gente soportaba el helor que se colaba por las junturas de las puertas y por las grietas de los muros de las viejas mansiones permaneciendo muy quietos bajo las mantas o moviéndose sin parar. Cuentan que, en los últimos meses de ese año, la tasa de natalidad se duplicó en la isla.
Mi padre llegó a la ciudad, procedente del este, el cinco de enero. Como un regalo de reyes, se presentó en la casa que mis abuelos ocuparon en Centro Habana y, junto a mi madre, una tarde que el frío era más intenso, en la habitación de ella consumaron un noviazgo epistolar que se alargaba ya más de dos años, desde que se conocieran en una zafra de otoño y mi madre accediera a recibir correspondencia. Después mi padre escribió de seguido, en cuarenta días, una novela de trescientas páginas. La entregó en el comité del barrio para que aprobaran su publicación y se echó a dormir un sueño que la escritura le negaba.
Cuando mi abuelo supo que su hija estaba embarazada, corrió con todos los gastos de la boda y le encontró a mi padre un trabajo de chófer en una de esas calesas que pasean a los turistas desde el Capitolio hasta la Rampa. Mi padre sólo quería esperar a que la primavera trajese la noticia de la publicación de la novela y, con ella, el comienzo de una prometedora carrera de escritor. Pero no supo negarse.
El nueve de septiembre vinimos al mundo mi hermano y yo. Los pegados, nos bautizaron en el barrio, porque nacimos siameses unidos por el índice, razón por la que ni yo en el derecho ni mi hermano en el izquierdo tenemos huella dactilar.

Este invierno está siendo cálido. Nada que ver con aquel, por lo que cuentan. En el año que comienza, mi hermano y yo cumpliremos cuarenta y cinco años y lo celebraremos por
separado, un año más y ya van veinte. Él, con su mujer, sus tres hijos y mis padres, en la casa que mis abuelos ocuparon en Centro Habana. Yo, con mi mujer y mi hija en Miami.
Mi padre, ya jubilado, pasa todas las mañanas por el comité a preguntar cómo va lo de la
novela. Pronto, compadre, pronto ya se va a resolver, le contestan. A veces, cuando hablamos por teléfono le pregunto ¿cómo va lo de la novela, pa? Pronto, mijo, pronto, me contesta. No van a ser tan comemierdas de esperar a que me muera.

lahabanaviejadegijón.marzo2014

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