Aquel invierno en La
Habana fue el más frío de cuantos se recuerdan. Desprovista de
cualquier ingenio que generase calor, la gente soportaba el helor que
se colaba por las junturas de las puertas y por las grietas de los
muros de las viejas mansiones permaneciendo muy quietos bajo las
mantas o moviéndose sin parar. Cuentan que, en los últimos meses de
ese año, la tasa de natalidad se duplicó en la isla.
Mi padre llegó a la
ciudad, procedente del este, el cinco de enero. Como un regalo de
reyes, se presentó en la casa que mis abuelos ocuparon en Centro
Habana y, junto a mi madre, una tarde que el frío era más intenso,
en la habitación de ella consumaron un noviazgo epistolar que se
alargaba ya más de dos años, desde que se conocieran en una zafra
de otoño y mi madre accediera a recibir correspondencia. Después mi
padre escribió de seguido, en cuarenta días, una novela de
trescientas páginas. La entregó en el comité del barrio para que
aprobaran su publicación y se echó a dormir un sueño que la
escritura le negaba.
Cuando mi abuelo supo que
su hija estaba embarazada, corrió con todos los gastos de la boda y
le encontró a mi padre un trabajo de chófer en una de esas calesas
que pasean a los turistas desde el Capitolio hasta la Rampa. Mi padre
sólo quería esperar a que la primavera trajese la noticia de la
publicación de la novela y, con ella, el comienzo de una prometedora
carrera de escritor. Pero no supo negarse.
El nueve de septiembre
vinimos al mundo mi hermano y yo. Los pegados, nos bautizaron en el
barrio, porque nacimos siameses unidos por el índice, razón por la
que ni yo en el derecho ni mi hermano en el izquierdo tenemos huella
dactilar.
Este invierno está
siendo cálido. Nada que ver con aquel, por lo que cuentan. En el año
que comienza, mi hermano y yo cumpliremos cuarenta y cinco años y lo
celebraremos por
separado, un año más y
ya van veinte. Él, con su mujer, sus tres hijos y mis padres, en la
casa que mis abuelos ocuparon en Centro Habana. Yo, con mi mujer y mi
hija en Miami.
Mi padre, ya jubilado,
pasa todas las mañanas por el comité a preguntar cómo va lo de la
novela.
Pronto, compadre, pronto ya se va a resolver, le contestan. A veces,
cuando hablamos por teléfono le pregunto ¿cómo va lo de la novela,
pa?
Pronto, mijo,
pronto, me contesta. No van a ser tan comemierdas
de esperar a que me muera.
lahabanaviejadegijón.marzo2014
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