Ariel encuentra entre las
páginas del libro que está leyendo una fotografía en blanco y
negro y recuerda una ciudad y recuerda un tiempo.
Septiembre pinta de
amarillo las aceras. Ariel camina durante horas bajo la lluvia. El
crujido que sus pasos provocan al quebrar con su peso el armazón
seco de las hojas caducas de plátanos y álamos temblones le
acompaña. Hace días que se siente Horacio en esa espiral literaria
que dibujara Cortázar. Desde el pretil del puente contempla la
imagen de la ciudad como una aguja y el río, oscuro y veloz, el hilo
que atraviesa su ojo. Al doblar la esquina, un viento frío arrastra
el cadáver de un paraguas y, tras él, un gendarme, al que Ariel
apenas ve aparecer, le pide la documentación antes de dejar que
continúe su camino. Tiene hambre. Decide ocupar la única silla
vacía en la terraza abarrotada de un café en Rue Mazarine. Beatriz,
que sería desde entonces y para siempre su Maga y todas las
beatrices que después conocería, está sentada a su lado. Ariel
moja una galleta de canela en un vino caliente y ácido, la observa
y, al cabo de unos minutos, descubre que, si no se ha enamorado,
siente por esa mujer de pelo largo, negro y rizado, ojos oscuros y
labios redondos y gruesos, india morena en un París tan pálido, una
curiosidad y un deseo que nunca antes ha sentido y que, aún hoy, es
incapaz de describir con palabras. Y la aborda sin ambages. ¿Te
vienes conmigo?
Durante
aquel otoño de hojas vencidas por la fuerza de la gravedad no
desperdiciaron una noche,
una cama, una sonrisa, una caricia, un beso. Se creyeron invencibles,
inmortales, poderosos, convencidos de permanecer en ese estado
cualquiera que fuese la medida del paso del tiempo. Pero se
equivocaron. El amor no dura por la misma razón por la que no dura
el otoño y, en el café de Rue Mazarine donde se conocieron,
decidieron separarse antes de que el invierno lo hiciera por ellos.
Ahora ella mira
desafiante a la cámara, atrapada y desnuda, bellísima, seria,
joven, a salvo del paso imparable del tiempo. Ariel deja que la luz
que se filtra por el cristal de la ventana alcance la superficie de
la fotografía. Las yemas de sus dedos van tras ella y acarician los
perfiles del cuerpo de Beatriz mientras, con la otra mano, cierra
lentamente el libro.
parís.noviembre2013.
parís.noviembre2013.
No hay comentarios:
Publicar un comentario