lunes, agosto 3

Quimera

Tenía un perro al que puso por nombre Quimera.
Y aunque no tenía cabeza de león,
vientre de cabra, ni cola de dragón,
sino más bien era chico y feo; y aunque,
en vez de vomitar llamas,
emitía unos ladridos agudos e hirientes
que animaban a apartarlo de tu lado a patadas,
disfrutaba viéndolo correr por el parque y,
cuando se alejaba, poder gritar Quimera, ven aquí; Quimera vuelve,
como una especie de catarsis o de atrevimiento,
de conjura de planetas o equilibrio de estructuras
intangibles mediante el cual pudiera ocurrir
lo imposible, lo no posible (que no es igual), lo oculto,
lo impreciso, lo no verdadero.

Quimera regresaba a su lado, mansamente, bien domado,
agachaba su cabeza jamás leonina, se dejaba
acariciar el lomo a contrapelo, le temblaban
un poco los cuartos traseros y agitaba
con gracia la cola, animal sometido.
No te vayas lejos, Quimera, no te alejes demasiado,
le susurraba sin mirarle,

y el perro se tumbaba a sus pies,
ya algo cansado, de perseguir ardillas,
de olfatear aromas amargos de raíces y frutos purgantes,
de pisar la tierra húmeda y fría, tan distinta a las alfombras
que vestían los suelos de casa.

Mañana saldré a nombrarte de nuevo, pensaba él, de regreso.
Quimera, dócil, caminaba a su lado.

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