Y
qué, si los coches invaden las calles y quedan
parados
en mitad de los cruces y suenan
las
bocinas y los motores en punto muerto. Un tipo cruza
el
paso de peatones, armado con dos muletas
porque
una férula de metal le abraza la rodilla desde la ingle
hasta
el tobillo. Y un día más no va a llover.
Y
qué, si en este bar el ruido que las tazas limpias
hacen
cuando el camarero las coloca en columnas encima
de
la cafetera y los restos de ginebra que aún conservo
diluidos
en la sangre aguijonean mis sienes y me obligan a cerrar
por
un instante los ojos. Fuerte.
Y
qué, si después de todo, lo único
que
quedará de estos días será subir las escaleras,
salir
a la calle de madrugada, pedirte un cigarrillo que encenderán
otros
y caminar en silencio hasta la parada de taxis, sonriente,
aplacado,
un poco borracho, casi feliz.
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