Bailamos
poco. Dedicamos poco tiempo
a
escuchar música.
La casa
en silencio.
Las
ventanas abiertas. Ropa sucia tirada
por el
suelo. Las camas deshechas.
Sábanas
tendidas danzando
al viento
y a la lluvia.
Los
platos sin fregar desde hace tres cenas.
Seis
coches aparcados en el sofá y un gran oso rojo dirigiendo el
tráfico.
Y tú que
no estás.
Me quito los zapatos. Me cambio
de ropa.
A duras
penas consigo un espacio libre en la encimera.
Pongo la
radio y suena una canción
de Julio
de la Rosa. Comienza el agua a hervir, elijo la pasta,
busco los
ingredientes de algo parecido a una ensalada.
Abro una
botella, aclaro dos copas.
Al tiempo
que cierro el grifo,
suena la
puerta de casa y apareces incandescente en la cocina,
me besas,
sonríes y dices
anduve de
rebajas.
Nos
sentamos, viertes el vino que compramos
hace año
y medio en Oporto y brindamos.
Por las
tardes sucias de verano,
por la
casa que está viva,
por los
mapas de los caminos que recorreremos
durante
las vacaciones y que acabas de encontrar
en el
buzón.
Le falta
un poco de sal, le sobra manzana.
Y más
platos sucios pendientes de fregar.
El viento
baila en las cortinas y se oye
la calle:
voces, motores, pasos, ladridos.
Nos
desnudamos para dormir la siesta
sin tiempo. Y te acaricio, tan lento
como soy
capaz, repasando la superficie
de un
cuerpo que, poco a poco,
vuelve a
brillar:
las
marcas del biquini en el bronceado,
las
arrugas de tus labios.
Te quedas
dormida. Te observo.
Despertarás
horas más tarde, cuando anochece,
para ser
y estar, para tener, para formar y deformar
por
acción de una fuerza más antigua que la estirpe
que nos
nombra.
Dejaremos
después que el agua de la ducha
arrastre
lo que acabamos de ser y lo que
del
cuerpo del otro nos pertenece. Una pieza de fruta,
un café,
un beso de despedida antes de marchar al trabajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario