lunes, abril 25

Otur

Otur es una playa de arena negra.
Hacía años que no me asomaba.
La mañana estaba nublada y el calor
del sol tardó horas en imponerse.
En el agua había más surferos que bañistas,
al menos una decena de chicos y chicas,
vestidos con trajes de neopreno y armados
con sus tablas, aguardaban detenidos en la superficie
del mar, a pocos metros de la orilla,
la llegada del collar de olas sobre el que ponerse en pie.


Me fijé en un tipo que vestía un bañador rosa.
Se acercó a la orilla. En su brazo izquierdo
abrazaba una tabla de surf marrón y negra,
más ancha y más larga que las que se ven
con frecuencia en las playas.
(Quizá sea una tabla normal; pero yo no entiendo nada de surf).
Se adentró en el agua. Tumbado sobre la tabla, nadó
hasta alejarse de la orilla y se detuvo. Dejó pasar,
sin moverse, las primeras olas que le mecían.
De pronto, como si hubiera recibido una orden o una señal,
con un golpe de brazo varió su rumbo y comenzó
a nadar en dirección a la costa. Una pequeña ondulación
del agua, preludio de lo que sería una ola, le alcanzó,
haciéndole aumentar su velocidad.
La ola se elevó hasta su cima y, en ese instante,
el tipo del bañador rosa se puso en pie sobre la tabla,
el pie derecho delante, las piernas flexionadas,
los brazos abiertos. Y sobre esa tabla grande y larga,
y sobre esa ola que él esperó paciente a que naciera,
alcanzó la orilla en segundos, se dejó caer, recuperó
su posición, tumbado sobre la tabla, y regresó en busca
de la siguiente, a la que esperaría, aunque pasaran horas.


¿Cómo no va a influir la luna en la locura de los hombres
si es capaz de mover océanos?, me dijo J. esta mañana.

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